viernes 16 de marzo de 2012



51

¿Entonces somos del PPC? ¿Somos de Bedoya? Mi padre me sonrió. Ven, me dijo, y me levantó según su costumbre, lanzándome hasta el techo y capturándome en el aire. No me gustaba que hiciera eso, pero como sabía que él pensaba que me encantaba, lo dejaba hacer.

Me sentó en su cama. Allí, muy serio, pero didáctico, me dio mi primera clase de política. Me explicó la diferencia entre los partidos. Me explicó la izquierda y la derecha. Me explicó la justicia y la injusticia. Me explicó la pobreza y que no era normal. Que tenía causas y que se podían modificar. Me puso muchos ejemplos.

Fue una clase afectiva, porque mi joven padre me contó su izquierda con cariño y pasión. Porque me explicó por qué era nuestra obligación compartir con los que menos tenían y defender a los más débiles. También me explicó por qué debíamos ser amables y cariñosos con los amigos que llegaban a la casa. Porque ellos a veces no tenían que comer ni dónde dormir, y que no era porque fueran unos vagos –como decía mi tío-, sino porque estaban luchando por los pobres. El pueblo nos necesita ¿comprendes? “El pueblo - unido - jamás será vencido”, canturreó, mostrando todos los dientes. Y me enseñó a levantar el brazo. Así, ¿vez?

Recuerdo que entonces, a los 5 años y medio, me parecía que a nosotros nos faltaban muchas cosas y que no teníamos mucho que compartir. Pero le creí. Le creí todo lo que me dijo. Me dio un golpecito en el hombro y me mandó a dormir. Me regaló un volante y un chicle. Me advirtió que no me lo fuera a tragar.

Partí el chicle por la mitad y le alcancé una parte a mi hermano menor, que ya estaba medio dormido, con su moco eterno en la nariz. Antes de apagar la luz le di una última miradita al volante, de letras negras (no, no eran rojas, estoy seguro de eso).

Pensé que cualquiera se podía confundir entre PPC y PCP, sólo con cambiar el orden de las letras. “Mañana le diré a mi papá que su partido debe cambiar de nombre”. Me sorprendía que algo tan simple, no lo hubieran resuelto hace tiempo. Quise llamarlo en ese momento y decirle mi idea, pero mis ojos se cerraban. Lo llegué a llamar un par de veces. Pero ya estaba soñando. Y no vino.

domingo 4 de marzo de 2012



50

La envidia cómo mueve mi mundo. Desde que escuché cantar a Salgueiro no vivo en paz (decir esto es en realidad exagerado, pero es mejor decirlo así para no perder el tiempo buscando las palabras exactas). Lo cierto es que intento mejorar mi técnica. Primero lo hice llevando clases, luego, sin mucho tiempo y plata para invertir, practicando de modo artesanal en el hogar. Algo debo haber mejorado, pues mis hermanos se quejan menos de mis ensayos. Pero no soy tan tonto. Sé que jamás cantaré así. No es sólo practicar, es talento. No por mucho practicar con ecuaciones descubres la teoría de la relatividad. 


Pero como la envidia es poderosa y creativa, ha buscado modos de desplazar mi frustración. Debo cantar como Salgueiro o aproximarme a ese nivel, al hacer cosas al alcance de mis fuerzas. Últimamente me concentro mucho en caminar. Caminar bien, con estilo, derecho, sin empujar a nadie, fluyendo por las veredas como una nota fluye del diafragma a los labios del luso. Quise hacer lo mismo con el respirar. Pero es más difícil. Mientras más me concentro en respirar peor me sale. Y me asfixio. Más de lo que ya es común que me asfixie desde mi niñez.

Pero no importa, no todo tiene que salir bien. Como proyecto tengo lo de saludar. Ya lo estoy planificando. Dentro de un tiempo, seré un gran saludador, con todos los registros del saludo social y comercial dominados. Por ahora debo caminar, perfeccionarme, hasta que mis cien pasos hasta la panadería sean una analogía modesta del magnífico falsete del final de “Lagrima”.

Y quizá un día alguien muy sensible, un alter ego improbable, comente al verme pasar con mi bolsa de plaza vea: ése pata cuando camina canta un bello fado.


jueves 1 de marzo de 2012



49


Esta noche me fui al cine solo. No es que no lo haya hecho muchas veces antes, pero sobre todo ha sido en cine clubes. No fue bueno mi malo, fue algo raro. Quizá el error fue ir al festivo cine de citas del Centro Comercial Risso. Pero sobre todo, comprar canchita y coca cola. Si compras el combo dos, entonces sí, parece que está pasando algo a medias. La canchita está pensada para compartir.

La cajera ya había empezado mal. “¿Una entrada?”, remarcó algo desconcertada. Pero no hice caso. Subí, hice cola, compré, me senté en un buen lugar, miré, me conmoví, como siempre intenté recordar el nombre de las canciones que me gustaron, por fin, salí.

La avenida Arenales a media noche. Hice un gran esfuerzo de voluntad para superar mi timidez y regalarle la canchita que casi no comí a una señora que pedía dinero en la acera. Regresé a casa, saqué a mi perra, la vi correr por el parque. Volví a casa. Vi como entrevistaban en la tele a un viejo amigo al que frecuento ahora poco y sentí orgullo. Lo extrañé. Le escribí un mensaje felicitándolo. Me llamó. No contesté porque vencer dos veces la timidez en tan poco tiempo ya era demasiado. Y más aún por el teléfono. Ese instrumento temible.

Luego prendí la tele y vi el final de otra película, que siempre agarro empezada. Sus canciones, tan buenas, me motivaron a escribir esto. Las busqué en Internet.

Fue una buena noche después de todo, si pudo acabar con una bella canción. Iré a ver las películas ganadoras del Oscar, solo o acompañado, no importa, lo difícil fue empezar. Pero por si acaso, evitaré la excesiva energía de Risso. Ojalá y hubiera un cine de pueblo cerca. Como el de Cinema Paradisso. O como la filmoteca del Museo de Arte en los 90, cuando perdidos en la inmensa sala que me daba alergía, 10 personas veían desperdigadas, por unos cuantos soles, algún retazo de lo que entonces no sabían, serían sus recuerdos.

martes 21 de febrero de 2012



48

Como siempre, se aseguró que ella tomara sus pastillas, las dos, la blanca y la roja, bandera peruana para hacer patria en el cerebro imperfecto. Ella no se hacía problemas, abría la boca, mostraba su lengua azul, jugueteaba con las pastillas, se las tragaba sin agua. Él pensaba que ella era condescendiente, le recordaba a Jack Nicholson en “Atrapado sin salida”, burlona. Las pastillas para que me quieras más, para estar sana de toda sanidad, le decía. Normalita.

Habían comprado una película francesa, “Recursos Humanos”. El plan era simple: mirar, comer torta de chocolate y desde allí algunas alternativas: sexo o dormir o leer o hablar. Lo que sea estaba bien. Quizá él prefería dormir. Quizá ella más sexo. Pero hablar en la oscuridad acomodándose siempre quedaba ok.

Ella lo miró fijamente y le dijo, marcando bien cada palabra: lo-mejor-será-no-vernos-nunca-más. Luego dejó de mirarlo. Y repitió muchas veces nunca-más, nunca-más, nunca más. Él intentó bromear: ¿sabes que el nunca más está bastante desprestigiado? Ella fue brutal. Me cago en tu nunca más. Y sonrío, mirándolo con profunda malicia: quiero que desaparezcas para que nunca más vuelva a suceder.

Él se fue esa noche. Regresaron al poco tiempo, fueron juntos al médico, le ajustaron el tratamiento, hablaron mucho. Nunca vieron Recursos humanos. Ella lloró mucho su muerte, lleva un pañuelo blanco en la cabeza. Él aún la recuerda, a veces le escribe mensajes de correo. Ella no lee cartas de extraños.

viernes 17 de febrero de 2012



47

¿Cómo se coloca de nuevo la columna vertebral en su lugar?

Estos días tan lentos, sin futuro, sin posibilidad de que mejoren, sin poder encontrarle un truco, un “gatillador” de vida, como suelen decir huachafamente los amigos memoriosos, cuando quieren decir activador. Antes funcionaban mejor los trucos pero últimamente fallan, con más frecuencia sólo es chapotear en la nada, la inconsistencia, el dolor flojo, sin precisión.

Cosa de ajustar las pastillas, dice el bestia del doctor. Debería ser. Pero tantos años de ajustes significan lo obvio. Esto es así. No hay más que momentos mejores y peores. Y la edad, eso parece estar jugando su rol. Por eso quizá los trucos tan usados, ya no funcionan. Porque los trucos son para engañarme a mí y ya me los conozco todos y antes no importaba. Pero hoy este desaguarse no se detiene.

Fingiendo vivir, trabajando, conversando. Pero en realidad, imitando a alguien que conversa, que trabaja, que camina. Dormir, dormir es la solución. Pero dormir es caer a un mundo de horror, asfixia y sobresalto. Y sin embargo, es lo único posible, pues seguir despierto así, sin energías, dándole vueltas a las mismas ideas fantasmas, al mismo desaliento, es como dormir de otro modo, un sueño podrido. Pero hasta para dormir hay que tomar decisiones. Y cómo. Cómo si no puedo pensar.

Ni siquiera tener la fuerza para desear morir en serio. Sólo pensarlo, soñarlo, acariciar el borde del fin. No es cobardía. Es simple lógica. Es sólo que hasta para morir hace falta un poco de energía, un último esfuerzo vital. Y no hay cómo. Sería como fingir mi suicidio mientras otro que soy yo, pero vulgar y miserable, se muere sin pena ni gloria, sin sentir a plenitud su propia masacre. Debería dormir.

Caminé, usé ese viejo truco de caminar largo rato escuchando música, viendo aparecer los colores en mi mente como si cada uno representara una nota, como faroles de sonido. Pero caminar ya no está funcionando. Veo a cada momento que en cada esquina puedo morir, esa es la forma más sencilla de decirlo. En cada esquina se puede acabar todo. Y cruzar la esquina no tiene relevancia. Solo significa que todavía no. No hay valor alguno en seguir caminando. No hay real valor en sólo existir.

Quizá el nuevo truco consista en no intentar tanto, en tener menos expectativas de normalidad, cada vez menos. Hoy tuve reuniones, fui a comer con amigos por la noche. El esfuerzo fue frustrante. La antigua sensación de no encontrar un contacto, de que esta especie de derrumbe que me ahoga no pase de un chiste, de que sea etiquetado como un mal hábito, casi de un capricho de niño. Esa sensación de separación, con lo vieja que es, siempre duele.

Pero nada es tan fuerte. Es ese dolor que tengo ahora, etéreo y soñoliento, pero que está allí. Para recordarme que pese a todo, es mejor dormir. Porque lo cierto es que en lo sueños siempre muero. Y eso por lo menos ya es vivir algo.

jueves 16 de febrero de 2012

GÉNESIS

GÉNESIS

viernes 10 de febrero de 2012

imagen tomada de acá 


46

La luz cede a las seis de la tarde de hace 20 años.

La segunda lancha está a punto de salir de regreso al Callao. Su cargamento de niños y mujeres apiñado mira hacia la reja que dejan atrás. Se va la visita.

Su padre usa esa tarde una chompa celeste, que luego, cuando murió, le dejó como herencia. También le dejó unos libros que aún conserva. No le dejó nada más. Pero los libros son fuertes, de Editorial Progreso, con tapa dura. Siempre los relee. Sobre todo “Poema pedagógico”.

Avanzan hacia la salida, como tantas veces. Todos cantando. Pero él callado siente la mano de su padre como una rama. Manos que son bordes, que unen, que confunden y mezclan, que parece que nunca se sabe dónde empieza y dónde acaba una persona, por la culpa de las manos.

No se dicen nada al llegar a la reja. No se despiden especialmente. Él niño sale, camina hacia el muelle destartalado de la isla. Su padre lo mira desde el otro lado. Le hace el gesto de chau.

Quedándose es una palabra que vale por todas las batallas sobre memorias que se publican con tanto estilo. Quedándose es una forma pueril de decir lo negativo, la mano, el sueño repetido. Usarla es reconocer la derrota: recordar con palabras gastadas aquello que no se gasta.

Al final, tomar la lancha hace 20 años es como tomarla hoy por la mañana. No lleva lejos.

viernes 23 de diciembre de 2011



45


En plena contemplación. Ojos cerrados para que no se escape ni un pedacito de música. Disco sonando a buen volumen para que el mundo no interrumpa el esfuerzo por sentir. Ansiedad por el placer anticipado que produce el admirado final. Ese final como un arrullo intenso. Taza de té tibio en la mano, suspendida entre la mesa y los labios, muy quietos. La última frase, compuesta hace más de un siglo, cantada nuevamente, suspendiendo también, el tiempo.

Y la voz a mi lado, nasal y estrepitosa, acompañando la obertura de la bolsa del D’Onofrio con toda la alegría de la navidad: “la verdad, cuando pones esa música, me vienen unas ganas bravazas de empujar panetón”. Y sucede. Un Mascagni interruptus. Uno más. A quién no le ocurre. Sobre todo en estos tiempos de fiestas, comida, regalos, estrés y sobre todo, familia (con la curiosa e inútil ganancia de descubrir que entre esos italianos existía un puente: de pasas y frutas).  


miércoles 21 de diciembre de 2011


44

Entusiastas, desde el TEM, dictamos un aguerrido y pionero curso sobre el campo de estudios de memoria para estudiantes de pre grado de San Marcos. Los sábados por la mañana, con resaca o medio adormilados, ojerosos o legañosos, sin desayunar y hambrientos, allí estuvimos cinco semanas sin fallar. Para ser primera vez, para qué, el curso tiró su gato.

Algo me dejó pensando, hasta hora, que escribo en la madrugada. Los participantes, especialmente los que eran víctimas de la violencia, en repetidas ocasiones se apropiaron de la palabra por largos minutos, y al usarla era difícil contradecirlos, cortarlos, interpelarlos. Su condición de víctimas los legitimaba de tal forma que hacía casi imposible un cuestionamiento a su prédica. Y ello, ya fuere que su prédica sea consistente o no (finalmente qué es eso), hacía muy difícil que se estableciera un diálogo en términos más reflexivos.

Cuando pedían la palabra, lo que pedían y obtenían era la autoridad de la víctima. Su discurso reclamaba un deber y su propio ejemplo, su presencia, encarnaba ese deber cumplido: luchar por la verdad, por la justicia, la memoria pues, como un arma contra la impunidad. “Hacer memoria nos hace ciudadanos, nos ayuda a sanar, nos da agencia… y es nuestra obligación esclarecer lo ocurrido”.

Pero no sólo eran ellos, la mayoría de asistentes había llegado con alguna expectativa de aprender algo más de la memoria como un arma del activismo social.

Dudamos en el poderoso TEM, conversamos sobre qué hacer. No queríamos que nuestro curso cayera en una cadencia de lugares comunes sobre los derechos humanos y la justicia transicional. Tampoco que se agotara en el comentario de la coyuntura política que esta perspectiva suele generar. Queríamos pensar y proponer algunas ideas para que los demás se animaran a explorar más sobre las múltiples memorias, sobre las cambiantes memorias, sobre las viejas memorias y las nuevas y las que parecían antiguas tradiciones pero apenas si tenían meses de vida. En fin. Abrir.

Qué difícil abrir en ese momento. Y qué difícil decir frente a los afectados, que los investigadores y los jóvenes que estaban presentes, futuros investigadores, los acompañaban en su luchas, pero tenían también la obligación de dudar, de criticar, de evaluar las fuentes, de cruzar la información, de seleccionar sus intereses, de ser políticamente incorrectos para obtener hipótesis sugerentes que los motivaran a seguirles el rastro.

Pensamos mucho en eso los chicos y chicas del TEM, mientras evaluábamos la sesión comiendo chifa de menú a 7 soles el plato sin gaseosa. Al final, quizá por ser el viejo del grupo, tuve que decir algo así como “los afectados son dueños de sus experiencias, pero no de lo que podemos reflexionar sobre ellas”. Y creo que es cierto pero al mismo tiempo ¿cómo se puede comprender más sustancialmente una experiencia que alguien que la ha vivido, la ha sentido (y la siente) y que además está allí, pensando sobre esa experiencia, es decir, no está simplemente marchando en las calles?

Como sea, fue un avance. Porque pudimos a partir de entonces hablar más libremente.

Pero aún sigo pensando en la pasión de la exigencia de los familiares. El deber de hacer memoria. Y me sentía algo desamparado ante ese poder de la justicia. Cómo oponerte ante un mandato tan valioso. Pero develar es a veces sinónimo de desnudar, que es dejar indefenso. Si rompes el silencio o el secreto, después, ¿cómo se repara?

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(Cierto, cierto, pero, ¿cómo olvidar a los muertos?)

Dice Cohen: 
"Una anciana nos dio cobijo
nos escondió en el desván
entonces llegaron los soldados
murió sin un susurro
ni siquiera un susurro (...)

El viento está soplando
por entre las tumbas está soplando
pronto llegará la libertad
y saldremos de estas sombras
quiero decir de estas sombras..." 

sábado 17 de diciembre de 2011




43

1998. Primavera. “Saudade es una palabra que no se pude traducir. Es como estar deprimido, como también sentir nostalgia de lo añorado y morirte en eso”. Se retorcía las manos, hacía gestos de tristeza y desesperación para poder expresar la saudade. “Nunca entenderán”, sentenció. El jefe, en realidad el dueño de la ONG, había vivido en Portugal varios años. Y ahora tenía un nuevo motivo para desparramar su vanidad. Era el traductor cultural de Cesária Évora.

Estaban celebrando algún cumpleaños. Y sonaba el CD, lo que también era notable, porque entonces la mayoría de los trabajadores seguía usando radios con toca casetes. El Jefe hacía pocos minutos había gritado a una de las secretarias, luego había torturado psicológicamente a la administradora y había impuesto una reunión de coordinación hasta las 9 de la noche, porque sí. Pero ahora estaba embargado de World Music y se sentía generoso compartiendo su cultura.

Y sonaba la hermosa voz de la mujer de Cabo Verde en este recinto de oenegé limeña. La música suave de su pueblo lejano, historias recientes de pobreza, colonia, esclavos y migrantes. Canciones que sonaban de la casa, cercanas, propias, familiares. Acomodado en su sofá, fumando un puro y en la mano un ron Habana Club, el jefe rebajaba ese vínculo de belleza y herencia, a un símbolo de su poder. Y todo parecía tan normal. Tan cool, rodeado por sus chupes sonrientes.   

-Ya, o sea, una especie de melancolía entonces, tanta vaina ese saudade-.

Rompiendo el hechizo, un practicante, chibolo despeinado y raquítico, gritó con voz de pato. “A ver súbele el volumen, no se escucha bien qué canta esa tía”. El jefe se quedó callado un momento, estupefacto ante ese ataque desde el pueblo ignorante, bárbaro, no cultivado. Una distracción y zas, alguien aprovechó para cambiar de disco. Seguro otro cholo. Eso, gritó el chibolo saliendo a bailar, un poco de chicharra pa’ la gente bacán.  

Todo mejoró sin Cesária Évora esa noche. Al chibolo lo botaron un tiempo  después de esa ONG. Pero muchos años acompañó su soledad con la voz de esa mujer sencilla, de conciertos magníficos que fluían como si estuviera caminando descalza, por la cocina de su casa. Pero no hubo nunca más un intermediario. Todo fue modesto, cálido, callado (aunque musical), como deben ser las cosas cuando son entre familia.