sábado, 23 de enero de 2010

Vestidos para morir. Sendero Luminoso en las prisiones a inicios de la década de los 90

Comparto un breve artículo sobre cultura, vestido, violencia política y sendero luminoso (si). En esta entrada aparece completo. Para ver toda la revista, muy bonita, acá abajo (artículo a partir de la página 20).

JC Agüero
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Algunos temas de la historiografía cultural, como la historia de la indumentaria, de la cocina, de los sueños, del humor, de los gestos, han sido duramente criticados por promover una supuesta banalización del pasado, pero esta banalidad solo proviene de estudios eruditos que no vinculan su indagación específica sobre, digamos, la dieta entre las mujeres de la clase media limeña de fines del siglo XIX, con otros aspectos fundamentales de la cultura de su grupo social, su género, su entorno social más amplio y lo que podemos denominar “su momento histórico” (Burke 2000).

Pero si asumimos que la dieta, como el vestido, la etiqueta o la decoración —el detalle social— pueden aportar claves para entender mejor lo general e importante, entonces su observación se justifica (Ginzburg 1990). Y más, si partimos de considerar que estos productos, procesos o artefactos son subsistemas de un más amplio sistema de comunicación denominado cultura. Y que la ciencia social ha aprendido a entender incluso los más naturales actos corporales, como el caminar, como acciones aprendidas y cambiantes.

En este breve artículo quiero comentar, desde este enfoque, el sentido y función del vestido en los presos y presas de Sendero Luminoso en Lima, a fines de los años 80 e inicios de los 90, en tanto elemento que puede ayudarnos a comprender mejor la cultura o culturas que ponían en juego los actores de este colectivo durante un período de conflicto armado.

¿Pueden considerarse banales para Sendero Luminoso la representación y el vestido? Sugiero vincular la reflexión sobre el vestido de los miembros de Sendero Luminoso con la importancia que dieron al uso de los gestos, de las arengas, de las performances y de su iconografía: lo que se ha denominado su proyecto e intención pedagógica. Su afán demostrativo (Biondi y Zapata 1989). Su batalla discursiva (Vich 2002).

Si bien se ha argumentado que para Sendero Luminoso la cultura no era algo relevante para fundar su acción ni explicar el mundo, pues le bastaba con un enfoque dogmático del clasismo, y que esto se expresó en el modo en que despreció la organización comunal y la “educó en la guerra popular” (Degregori 1989, CVR 2003), considero que en realidad lo que Sendero demostró fue una forma extrema de agresión cultural. Un modo bárbaro de etnocentrismo. Y que sí dio una importancia fundamental a la cultura, solo que a la suya, exclusiva, auténtica y salvadora. Y que fue muy consciente de la disputa del ámbito cultural y discursivo. Del combate ideológico (Rénique 2003).

Esto lo he desarrollado un poco en el estudio del que fuera su periódico oficioso entre 1987 y 1993 (Agüero 2009). Desde allí, aun en las peores condiciones de producción y de persecución policial, El Diario no dejó de dedicar un espacio amplio para la página cultural. Manifiestos, reproducción de cuadros, grabados y múltiple iconografía. Canciones, poemas, cartas. Recordatorios y efemérides revolucionarias, suplementos. El Diario era también en papel, para los senderistas, una luminosa trinchera de combate cultural contra lo que denominaban no solo el viejo Estado, sino la decadente cultura burguesa (ver ejemplares de El Diario 1988, 1989).

Para el militante senderista en prisión, no había espacio para lo trivial. La ropa no era una banalidad ni un capricho, menos durante los días de visita. Y menos aún cuando cabía la posibilidad de ser vistos afuera, ya fuera por la presencia de visitantes ilustres, defensores de derechos, periodistas o extranjeros. Las prisiones eran luminosas trincheras de combate y su combate, que no podía ser armado (aunque terminó siéndolo), era simbólico (Rénique 2003).

El prisionero en cualquier lugar del mundo, privado de su libertad, se rebela frente al uso del uniforme, finalmente una forma de estigma, aun cuando desde el orden se considere una simple forma de la administración (sí, en tanto la administración de la vida acaba siendo un modo de disciplinar. Foucault 1975).

Pero el senderista preso en el penal de Canto Grande fue en contra de esta actitud que tendemos a asumir casi de naturaleza humana. Y buscó el uniforme. Confeccionó su ropa, se disfrazó de guardia rojo chino, y usó este uniforme en momentos ritualizados bien preparados. Y la “moda” del senderista preso fue en contra de su propia usanza normal. En la ciudad y el campo, los militantes de Sendero buscaban sobre todo la invisibilidad sobre la base de la homogeneidad con su entorno. El célebre pez en el agua. A diferencia de otros movimientos subversivos, como el MRTA o incluso la propia versión del Sendero Luminoso de hoy, al mando de los hermanos Quispe Palomino, que visten ropa militar o “guerrillera”, los senderistas iban de paisano, y según el medio en que debían activar.

Incluso inicialmente, antes de su traslado al penal de máxima seguridad de Canto Grande en 1986, mientras los varones estuvieron recluidos en la isla penal de El Frontón o en el penal de Lurigancho, los presos tampoco usaban uniforme. Así que fue un proceso de una década hacia la representación cada vez más pulida del revolucionario, del “preso político”, cumpliendo su papel de avanzado o abanderado o vitrina del nuevo mundo. Imagen del nuevo hombre, habitante de una futura república popular de nueva democracia pronta a instaurarse.

Así que fue un proceso de construcción de la imagen y de perfeccionamiento de su actuación, en el sentido de que, al actuar, se convertían en el género de revolucionarios que debían ser o estaba previsto que fueran (tomando el sentido de performatividad de Butler 1990). Porque incluso la prisión y la historia de la ropa de los presos tiene su estilización.

Hasta poco antes del traslado a Canto Grande, hasta junio de 1986, los senderistas recibían a sus familiares, la prensa y otros visitantes cumpliendo un protocolo que se fue ritualizando cada vez más. Limpieza extrema, marcialidad, disciplina, gesto adusto y búsqueda del gesto heroico y de lo majestuoso. Toda la intención de mostrar optimismo y voluntad.

Poco antes de los sucesos de 1986, en la isla penal de El Frontón, las canciones, muchas de las cuales eran adaptaciones de cantos andinos o de la izquierda revolucionaria de otros tiempos y lugares, eran entonadas con la intención de ser escuchadas por los guardias de la garita de control apostados a decenas de metros de distancia y por los propios visitantes que llegaban en la lancha. Buscaban que el canto llegara hasta el mar, traspasara las fronteras de la isla y el límite simbólico de su confinamiento. Las filas formadas para recibir a los familiares no solo entonaban canciones y daban palmas, sino que portaban enormes carteles con letras que reproducían diferentes arengas, que podían ser leídas desde decenas de metros mar afuera, desde la lancha que arribaba (testimonio de familiar senderista 1).

La “voluntad heroica y majestuosa” también afectó la geografía de la isla. Entre 1983 y 1986 los presos se dedicaron tenazmente a ganarle terreno no solo a los controles de la Policía (expulsada finalmente), sino al mar. Poco antes de la matanza no solo habían ganado decenas de metros, sino que habían construido con rocas una especie de muelle y playa y estaban iniciando una especie de espigón. Ni el océano debería ser obstáculo para la expresión de su voluntad.

Pero la ropa era aún heterogénea. Lo cual no quiere decir que no tendiera hacia la uniformización. Había cierto estilo que se resume en la austeridad, la limpieza, y la consciente intención de eliminar expresiones individuales de gusto o preferencia. La ropa pertenecía a todos. Aun lo que los familiares llevaban pasaba a dominio comunal. Se daba ejemplo de lo que consideraban debía ser una vida comunista. Este pulir la individualidad y adaptarse al estereotipo se dio en todas las áreas, no solo en la vestimenta. Fue conocido el padecer inicial del joven poeta “Jovaldo”, tildado de pequeño burgués por sus compañeros hasta que, reeducado y autoconvencido, se convirtió en un “auténtico poeta del pueblo” (testimonio de familiar senderista 2).

Aun las emociones debían ser controladas. Como los gestos, las emociones que las muestran debían ser sujetadas por la disciplina externa y el autocontrol. Como menciona un familiar, entonces niño de 11 años, quien sufrió un accidente en la playa y que esperaba la atención de su padre. Conducido adentro del pabellón, fue diligentemente atendido, pero se encontró con una respuesta formal, la atención de personas desconocidas que le decían “compañero” y cuando, finalmente, exigió la presencia de su padre, recibió una atención breve y fría y una exigencia tranquila de que debía comportarse de acuerdo a lo que se esperaba de él. Una amonestación moral por comportarse sentimentalmente (testimonio de familiar senderista 3). En la cultura política de Sendero Luminoso ni el humor ni los afectos tenían lugar (véanse los testimonios de la CVR sobre la supresión no solo del duelo, sino de la expresión misma de la pena en las llamadas retiradas. Sobre el humor, mi trabajo citado antes).

Fue después de la matanza de los penales, ya con los senderistas en Canto Grande, que las presas dieron un gran salto y se aproximaron hacia su ideal. Para cuando el país vio las imágenes del documental transmitido en 1992 por la BBC, con las presas desfilando ataviadas con la famosa “moda mao”, cantando “Salvo el poder”, con faldas largas azules muy austeras, blusas de manga larga rojas, boinas con una estrella roja en la frente, zapatos de taco bajo, portando antorchas y grandes banderas con la hoz y el martillo, bajo grandes carteles de las cuatro espadas de la revolución, este proceso había concluido. Los varones aparecen en este video vistiendo de modo similar: camisas de manga larga roja o camisetas verdes de cuello alto, pantalones azules, portando carteles rojos o amarillos con los cuales luego formarían figuras para ser vistas desde lejos y desde arriba, como la hoz y el martillo o la bandera roja.

Y es curioso pensar que la “moda mao”, realmente existente en el mundo bajola influencia de la revolución China, especialmente en los años de la revolución cultural (y que goza ahora de su propia onda retro, aunque sea hoy una ropa “despojada” de su sentido ideológico), prendiera en el Perú recién a inicios de 1990 y en una prisión de sentenciadas por terrorismo. Y quizá lo más importante es que en realidad no fuera parte de este fenómeno, que no fuera una expresión tardía de esta tendencia en el vestir de los izquierdistas en el mundo. Porque en realidad no fue una moda. Los senderistas, al momento de realizar estas ceremonias, se vestían de acuerdo con una pauta congelada, un estereotipo cultural. La ropa era parte de un esquema y jugaba un rol. Y este vestir tenía fuentes literarias y gráficas identificables: las revistas chinas, desde luego, pero sobre todo (y este énfasis tendría que corroborarse) la propia iconografía senderista. Es decir, el senderista preso se fue pareciendo cada vez más al senderista representado (y cada vez menos al senderista real, andrajoso, hambriento, brutal y comido de piojos en la sierra y la selva del Perú).

Existen grupos sociales que conservan sus recuerdos aunque su sede haya sido destruida. Hacen una reconstrucción simbólica del espacio perdido (Burke 2000). Las senderistas que vimos por televisión marchando marcialmente, en un acto de construcción de memoria inversa, invocaban un espacio mítico (la China revolucionaria), pero también un espacio
aún inexistente. Una utopía que no era andina.

Comentaba en otro momento cómo incluso en este video las mujeres senderistas, ataviadas al modo mao y portando banderas, en determinados momentos construían cuadros vivos: componían diligentemente, con un remedo muy esmerado, los grabados y pinturas donde una vanguardia se inclina hacia adelante con sus estandartes, demostrando la convicción de ir, de avanzar. La realidad copiando al arte.

Para terminar, quiero decir que hay una relación de fondo y de estilo entre productos como la página cultural de El Diario, fea y esquemática, editada y distribuida desafiando a la Policía de modo casi suicida, con los cantos lanzados para ser oídos desde el mar en El Frontón. Que guardan relación los manifiestos y editoriales sobre lo que debía entenderse como el auténtico arte revolucionario (siguiendo preceptos de Mao, ver El Diario 1989) y entre la pintura, la escultura, tallado en piedra y el grabado senderistas, con sus representaciones heroicas, legendarias, épicas. Algunas casi olímpicas. Que hay una misma aspiración de sentido entre el espigón de la isla penal y los poemas despersonalizados de Jovaldo y otros, cuyo ideal hubiera sido que fueran escritos o que “emanaran” directamente de la dialéctica (véase el poemario Tiempos de guerra de una supuesta Rosa Murinache, que en realidad es un intento por solamente dar forma de verso a documentos escritos por Abimael Guzmán). Y que todos estos guardan también relación con las celebraciones, efemérides, arengas, cantos y, cómo no, con la ropa. Con el uso ceremonial del vestido, el uso propagandístico y el uso de autodefinición, identitario.

Ni las presas en Canto Grande ataviadas con serias blusas y boinas, ni Abimael Guzmán y sus dirigentes vestidos de negro y bailando la música de Theodorakis usada en “Zorba, El Griego” usaron lo primero que se les vino a la mente, ni lo preferido de su ajuar. Se vistieron para otros, finalmente, para la cámara. Solo que unas imágenes se compusieron esperando que llegaran a la opinión pública y, las otras, que llegaran quizá a la posteridad.

¿Vale la pena tomar en serio la ropa de los senderistas? Considero que sí, en tanto ellos no pensaron que fuera una trivialidad, en tanto ellos mismos la tomaron en serio. Y sí, en tanto finalmente esta “moda”, esta performance, fue lo que desencadenó su muerte violenta. Transmitidas las imágenes de la teatral y uniformada “trinchera de combate”, el gobierno de Fujimori decidió acabar con esta representación de una vez para siempre.



REFERENCIAS

Agüero, José Carlos (2009) “Humor en tiempos de horror”. La caricatura en el Diario de Marka. Ponencia en el Seminario sobre Memoria y etnicidad, Ayacucho, agosto de 2009.

Biondi, Juan y Eduardo Zapata (1989 ) El discurso de Sendero Luminoso: contratexto educativo. Lima, CONCYTEC.

Burke, Peter (2000) Formas de historia cultural. Madrid, Alianza Editorial.

Butler, Judith (1999) El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. México, PAIDOS.

Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003) Informe final. Lima.

Degregori, Carlos Iván (1989) Qué difícil es ser dios. Ideología y violencia política en Sendero Luminoso. Lima, El Zorro de abajo.

Ginzburg, Carlo (1990) “Deciphering the Sabbath”. En Bengt Ankarloo y Gustav Henningsen (eds.), Early modern European witchcraft. Oxford.

Foucault, Michel (1975) Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Buenos Aires, Siglo XXI.

Murinache, Rosa (s/f ) Tiempos de guerra.

Rénique, José Luis (2003) La voluntad encarcelada. Las “ luminosas trincheras de combate” de Sendero Luminoso del Perú. Lima, IEP.

Vich, Víctor (2002) El caníbal es el otro. Violencia y cultura en el Perú contemporáneo. Lima, IEP.

Documentos citados
Testimonios de familiares de senderista presos en el Frontón antes de 1986: 1, 2 y 3

1 comentario:

  1. Memoria para que no se repitan esas situaciones espantosas, responsabilidad de todos. Hace poco leí un libro bastante aleccionador sobre aquellos terribles días donde el cabecilla terrrista Abimael Guzman tiño de sangre y dolor el Peru, se llama “Memorias de la Guerra con Sendero Luminoso”, espero que les sirva.
    http://memoriasdelaguerraconsenderoluminoso.blogspot.com

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