viernes, 23 de diciembre de 2011



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En plena contemplación. Ojos cerrados para que no se escape ni un pedacito de música. Disco sonando a buen volumen para que el mundo no interrumpa el esfuerzo por sentir. Ansiedad por el placer anticipado que produce el admirado final. Ese final como un arrullo intenso. Taza de té tibio en la mano, suspendida entre la mesa y los labios, muy quietos. La última frase, compuesta hace más de un siglo, cantada nuevamente, suspendiendo también, el tiempo.

Y la voz a mi lado, nasal y estrepitosa, acompañando la obertura de la bolsa del D’Onofrio con toda la alegría de la navidad: “la verdad, cuando pones esa música, me vienen unas ganas bravazas de empujar panetón”. Y sucede. Un Mascagni interruptus. Uno más. A quién no le ocurre. Sobre todo en estos tiempos de fiestas, comida, regalos, estrés y sobre todo, familia (con la curiosa e inútil ganancia de descubrir que entre esos italianos existía un puente: de pasas y frutas).  


miércoles, 21 de diciembre de 2011


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Entusiastas, desde el TEM, dictamos un aguerrido y pionero curso sobre el campo de estudios de memoria para estudiantes de pre grado de San Marcos. Los sábados por la mañana, con resaca o medio adormilados, ojerosos o legañosos, sin desayunar y hambrientos, allí estuvimos cinco semanas sin fallar. Para ser primera vez, para qué, el curso tiró su gato.

Algo me dejó pensando, hasta hora, que escribo en la madrugada. Los participantes, especialmente los que eran víctimas de la violencia, en repetidas ocasiones se apropiaron de la palabra por largos minutos, y al usarla era difícil contradecirlos, cortarlos, interpelarlos. Su condición de víctimas los legitimaba de tal forma que hacía casi imposible un cuestionamiento a su prédica. Y ello, ya fuere que su prédica sea consistente o no (finalmente qué es eso), hacía muy difícil que se estableciera un diálogo en términos más reflexivos.

Cuando pedían la palabra, lo que pedían y obtenían era la autoridad de la víctima. Su discurso reclamaba un deber y su propio ejemplo, su presencia, encarnaba ese deber cumplido: luchar por la verdad, por la justicia, la memoria pues, como un arma contra la impunidad. “Hacer memoria nos hace ciudadanos, nos ayuda a sanar, nos da agencia… y es nuestra obligación esclarecer lo ocurrido”.

Pero no sólo eran ellos, la mayoría de asistentes había llegado con alguna expectativa de aprender algo más de la memoria como un arma del activismo social.

Dudamos en el poderoso TEM, conversamos sobre qué hacer. No queríamos que nuestro curso cayera en una cadencia de lugares comunes sobre los derechos humanos y la justicia transicional. Tampoco que se agotara en el comentario de la coyuntura política que esta perspectiva suele generar. Queríamos pensar y proponer algunas ideas para que los demás se animaran a explorar más sobre las múltiples memorias, sobre las cambiantes memorias, sobre las viejas memorias y las nuevas y las que parecían antiguas tradiciones pero apenas si tenían meses de vida. En fin. Abrir.

Qué difícil abrir en ese momento. Y qué difícil decir frente a los afectados, que los investigadores y los jóvenes que estaban presentes, futuros investigadores, los acompañaban en su luchas, pero tenían también la obligación de dudar, de criticar, de evaluar las fuentes, de cruzar la información, de seleccionar sus intereses, de ser políticamente incorrectos para obtener hipótesis sugerentes que los motivaran a seguirles el rastro.

Pensamos mucho en eso los chicos y chicas del TEM, mientras evaluábamos la sesión comiendo chifa de menú a 7 soles el plato sin gaseosa. Al final, quizá por ser el viejo del grupo, tuve que decir algo así como “los afectados son dueños de sus experiencias, pero no de lo que podemos reflexionar sobre ellas”. Y creo que es cierto pero al mismo tiempo ¿cómo se puede comprender más sustancialmente una experiencia que alguien que la ha vivido, la ha sentido (y la siente) y que además está allí, pensando sobre esa experiencia, es decir, no está simplemente marchando en las calles?

Como sea, fue un avance. Porque pudimos a partir de entonces hablar más libremente.

Pero aún sigo pensando en la pasión de la exigencia de los familiares. El deber de hacer memoria. Y me sentía algo desamparado ante ese poder de la justicia. Cómo oponerte ante un mandato tan valioso. Pero develar es a veces sinónimo de desnudar, que es dejar indefenso. Si rompes el silencio o el secreto, después, ¿cómo se repara?

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(Cierto, cierto, pero, ¿cómo olvidar a los muertos?)

Dice Cohen: 
"Una anciana nos dio cobijo
nos escondió en el desván
entonces llegaron los soldados
murió sin un susurro
ni siquiera un susurro (...)

El viento está soplando
por entre las tumbas está soplando
pronto llegará la libertad
y saldremos de estas sombras
quiero decir de estas sombras..." 

sábado, 17 de diciembre de 2011

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43

1998. Primavera. “Saudade es una palabra que no se pude traducir. Es como estar deprimido, como también sentir nostalgia de lo añorado y morirte en eso”. Se retorcía las manos, hacía gestos de tristeza y desesperación para poder expresar la saudade. “Nunca entenderán”, sentenció. El jefe, en realidad el dueño de la ONG, había vivido en Portugal varios años. Y ahora tenía un nuevo motivo para desparramar su vanidad. Era el traductor cultural de Cesária Évora.

Estaban celebrando algún cumpleaños. Y sonaba el CD, lo que también era notable, porque entonces la mayoría de los trabajadores seguía usando radios con toca casetes. El Jefe hacía pocos minutos había gritado a una de las secretarias, luego había torturado psicológicamente a la administradora y había impuesto una reunión de coordinación hasta las 9 de la noche, porque sí. Pero ahora estaba embargado de World Music y se sentía generoso compartiendo su cultura.

Y sonaba la hermosa voz de la mujer de Cabo Verde en este recinto de oenegé limeña. La música suave de su pueblo lejano, historias recientes de pobreza, colonia, esclavos y migrantes. Canciones que sonaban de la casa, cercanas, propias, familiares. Acomodado en su sofá, fumando un puro y en la mano un ron Habana Club, el jefe rebajaba ese vínculo de belleza y herencia, a un símbolo de su poder. Y todo parecía tan normal. Tan cool, rodeado por sus chupes sonrientes.   

-Ya, o sea, una especie de melancolía entonces, tanta vaina ese saudade-.

Rompiendo el hechizo, un practicante, chibolo despeinado y raquítico, gritó con voz de pato. “A ver súbele el volumen, no se escucha bien qué canta esa tía”. El jefe se quedó callado un momento, estupefacto ante ese ataque desde el pueblo ignorante, bárbaro, no cultivado. Una distracción y zas, alguien aprovechó para cambiar de disco. Seguro otro cholo. Eso, gritó el chibolo saliendo a bailar, un poco de chicharra pa’ la gente bacán.  

Todo mejoró sin Cesária Évora esa noche. Al chibolo lo botaron un tiempo  después de esa ONG. Pero muchos años acompañó su soledad con la voz de esa mujer sencilla, de conciertos magníficos que fluían como si estuviera caminando descalza, por la cocina de su casa. Pero no hubo nunca más un intermediario. Todo fue modesto, cálido, callado (aunque musical), como deben ser las cosas cuando son entre familia.


martes, 13 de diciembre de 2011


42

“Esos parecen dos muñecos de trapo, de esos que son para quemar en año nuevo, ¿no tío”. Por sobre mi hombro, una inquieta sobrina fisgonea la maltratada imagen de Luis Pardo y Celedonio Gamarra. Apoyados en barandas de fierro, rodeados por sus captores, los cadáveres siguen allí, en la fría foto, despatarrados, exhibidos en la plaza de armas de Chiquian, hoy mismo, 5 de enero de 1909, eternizados en su escarnio de papel cuché.

Publicada en El Comercio 29.1.1909. Este fragmento tomado de este sitio  


Chiquian, espejito de cielo, dicen sus paisanos. En el lugar donde los bandoleros dieron su última batalla, hay un gran letrero “PTE. LUIS PARDO, CARGA MÁXIMA 36 TN” y las barandas del puente son gruesas y amarillas y están algo cochinas. Cuando se pasa con los buses interprovinciales, no se lee nada porque está muy alto y se cruza rápido.

Los bandoleros fueron rodeados en una cueva, un lugar sin salida, por un invencible contingente de gendarmes venidos desde Lima, la lejana y temible capital. No tenían ninguna esperanza. Cuando pienso en ese instante de decisión: salimos o no salimos, no lo puedo evitar, veo a Robert Redford y Paul Newman, a los derrotados y fatales Butch Cassidy y the Sundance Kid. Así, gringos, recuerdo falsamente a los chiquianos corriendo contra las balas y hacia la muerte.


Vuelvo a mirar la foto. No es como ver fantasmas. La foto parece no poseer más que una dimensión, la del presente repetido, ciego, crudo.

Si mamita, son muñecos para el fin de año, pero sabes, tienen su historia. Y le canto un pedacito de “La andarita”. ¿Te gusta? No me hace caso. Le canto otro pedacito, no me sé bien la letra y eso la divierte. Me mira cachacienta. Ya no está interesada. Está pintando en su cuaderno grande, con plumones. Esa es música para viejos tío. Este año muchísimo más lindo es que quememos un Goku. Y sigue dibujando ya olvidada por completo de mí y mi valse de 100 años de antigüedad.

Un Goku. Por qué no. Algo así quemaremos en casa si nos animamos. Hace tiempo que estamos ecológicos pero quién sabe. Pero no ataremos a los muñecos a nada. No serán exhibidos así. Sólo arderán libres, con alegría, echando chispas, brillando, iluminando un nuevo año repetido. Y tomaremos fotos. 


sábado, 10 de diciembre de 2011



41

Faltan tres semanas para el día de las elecciones. Y se cae la campaña de El Presidente. Las encuestas bien podrían mentir, pero en este caso, para qué hacerse los tontos: caída libre, desastre. Lima, la gran capital que tiene un tercio de los votos del país, le da la espalda.

En un intento desesperado por recuperar puntos, el comando de campaña nacional decide recurrir al viejo método de regalar comida en las zonas más pobres de la ciudad.

El Candidato 36 ha dormido un par de horas, mal, con sobresaltos. Se levanta, con la sensación de apenas haber pestañeado. Se lava la cara. Abre su correo:

“Todos los señores aspirantes al Congreso de la República deben pasar a recoger 1 tonelada de arroz y 2 de azúcar en un depósito a las afueras de la ciudad. Deben distribuir el contenido en bolsas individuales (de 3 kilos) con propaganda y el rostro de El Presidente. Deberán repartir los alimentos en sus bajadas a bases, en sus mítines y todas sus actividades, inscribiendo en un padrón el nombre de cada persona beneficiaria”.

El Candidato 36 relee el mensaje, incrédulo.

Está cansado, misio, harto. Quiere descansar un poco más, algo, y le salen con esta tontería. Piensa un poco en dónde quedará ese almacén a las afueras de la ciudad y no se imagina nada peor en la vida que ir hasta allí para recoger toneladas de algo. Pero reúne fuerzas y llama a su pequeño club de amigos, su raquítico equipo de campaña. Y plantea el tema.

Las reacciones son rápidas, de fastidio, con el sarcasmo de los que ya no esperan nada de los políticos. Repartir comida carajo, qué mediocres. O sea, igual que Fujimori. Cambiar votos por papas. Por arroz y azúcar sería, más bien. Es lo mismo pe gil. Pollito por botella. Que no jodan. ¿No querrán que te metas una cumbia, para que salgas igualito al baile del chino? ¿Y de dónde vamos a sacar un carro para traer esa vaina? Imposible. ¿Quién va a cargar eso? Tres toneladas deben pesar un poco. ¿Nosotros? Entre los tres sumamos un humano estándar. Y uno flacazo. Bah. ¿Ok, decisión? Que se jodan con su comida. Hazte el loco.

Al día siguiente, por la tarde, domingo soleado, el Candidato 36 y sus dos musculosos compañeros se dirigen a las afueras de la ciudad y recogen las toneladas de alimentos. Todavía antes de salir, en la Plaza San José, el Candidato 36 pregunta a su colaborador, en lo que ya va siendo cada vez más un rito que una pregunta real: ¿alcanza la plata para alquilar la movilidad? Claro que no alcanza. Hace rato que se ha acabado lo poco que había en la cuenta. Pero hace rato que la respuesta es siempre igual: algo queda. Ya se verá.

Sentados sobre los sacos de comida, en la parte trasera del camión, mirando al cielo de Lima, regresan sucios y contentos los amigos, hablando de cualquier cosa. Qué raro haber leído recién un poema rumano, o un libro con jurisprudencia de la corte, o un artículo sobre racismo, y estar ahora viajando sobre costales, dando saltos, comiendo polvo. Qué raro puede ser un domingo cualquiera.

Así fue ese verano loco.

En pocos días todo fue repartido. No tuvieron tiempo de felicitarse, apenas un informe apurado, entre tanto ajetreo. ¿Ya está? Sí, ya tienen todo. Ellos van a llenar los padrones y nos los entregaran. Chévere.

Y el Candidato 36 y sus amigos siguieron esas semanas, embarcados en una dura carrera rumbo a la derrota electoral, pero con garra, sin dejar de pelear. Como caballeros. O más bien, como gente normal embarcada en algo.

Las organizaciones de afectados que recibieron los alimentos llevaron todo a su local, separaron una parte para hacer una rifa y pagar algo de su alquiler atrasado. El resto lo dividieron por asentamientos humanos y lo entregaron familia por familia, escrupulosamente. Sin propaganda, sin pedidos. El dirigente, viejo amigo, reía al despedirse: gracias cholitos, pero acá la mayoría igual va a votar por la China ah. Y se rieron juntos, a carcajadas, dándose palmadas en la espalda como ogros flacos. Al diablo viejo, que la gente vote por quien quiera.

El Candidato 36 recibió una felicitación por parte del partido gracias a su eficiencia en la distribución y su compromiso con la campaña de El Presidente. Así que le ofrecieron otras tres toneladas. Y nuevamente, la campaña sirvió para algo. Aunque no para comprar un puto voto.


martes, 29 de noviembre de 2011



40

Hoy no sale la lancha. No hay lancha.

La multitud de familiares se exalta. ¿Y el agua? ¿Y la comida? ¿Y las medicinas? Avanzan rápidamente hacia el gordo funcionario de la capitanía del puerto. Este no muestra ningún temor. Está acostumbrado a lidiar con estas viejas terrucas. El griterío no lo altera. Sabe que se van a poner a cantar, a meter unas arengas. Por si acaso, porque no es ningún tonto, mira hacia un carrito que está a unos treinta metros, estacionado en la esquina de la plaza.

Las mujeres lo rodean. En sus rostros hay rabia e impotencia. Huelen a comida, a humo, a sudor. Gritan frustradas: sino botan el agua, es la comida que se la roban, o cambian el horario, o reducen los cupos cuando queda mucho espacio en las lanchas, siempre algo para hostilizarnos.

Huelen a culpa. A eso huelen estas viejas locas.     

El gordo las mira impasible. Ahora se quejan, pero ¿por qué no criaron bien a sus hijos para que no se metieran en huevadas?  Estas polleronas que ni saben hablar bien cómo joden ahora. Así debían haber gritado a sus hijos, les hubieran quitado el comunismo a palazos. Y esas otras, las más jóvenes, esas son otras terrucas. O las putas de los presos. Pero se jodieron. No hay lancha. Y punto.

Empiezan a lanzar sus arengas. Ya cansa repetir esta comedia: a ver señoras, por favor, cálmense, no depende de mí, yo no soy dueño de las lanchas. Mejor hacemos una lista con los bidones del agua, y cuando haya alguna lancha, que puede ser por la noche, yo me comprometo a hacerla llegar. Pero ahora no hay lancha.

Ahora cantan. No quieren razonar. Necias. Las dirigentes, esas jóvenes, tienen todo apuntado. Se van a acercar con sus demandas. Todo lo ven pliegos y demandas. Las muy putas. Se acercan. Entregan un papel, pero añaden: una de nosotras va con la lancha a cualquier hora, sino ya sabemos, ustedes botan el agua o nunca la entregan. De acá no nos movemos hasta que salga por lo menos el agua.

Mezclados en este barullo, un montón de niños grita apoyando a sus madres y abuelas. Se agitan, saltan, señalan hacia la costa, hay tantas lanchas allí cerca del muelle, de todos los tamaños, un montón para escoger: veleros, lanchitas de pescadores, bolicheras, hasta barcos hay, ¿cómo no van a poder conseguir unita? ¡Miente, miente ese gordo!

Miente, gritan también desde un grupito que procura mantenerse unido en medio del caos. Van y vienen junto al resto de chiquillos, pero no pierden de vista a su madre. Sienten una ansiedad a estas alturas ya familiar: saben que si se necesitan voluntarias para llevar el agua, o para alguna otra acción heroica, ella se apuntará. Y luego tendrán que esperarla hasta que regrese. Que regrese del mar. De la oscuridad. De la isla. Sana. En esos momentos la odian. Por anormal. Porque no puede ser como todas las otras madres normales.

Pero todo acabó rápido esa mañana de fines del siglo XX, en el puerto de El Callao.

Un par de disparos. El gordo corrió hasta el auto estacionado en la esquina de la plaza. La multitud escapó. Más disparos al aire para asegurarse. Los policías rodearon al gordo. Sano y salvo. Ganador.

En vez de huir, el grupito de hermanos también corrió, pero en sentido contrario al resto de la gente. Sabían dónde buscar. Vieron a su madre materializarse como por arte de magia al lado del carro, coger del pecho al gordo, zarandearlo, increpar a los policías que la miraban asustados (que de pronto  ahora se veían tan muchachitos). Vieron como se quitaba su gorro de colores, de todos los colores del arco iris, y como si fuera una bandera, agitarlo acompañando sus palabras: valientes para disparar a ancianas, abusivos, matones, ¡la visita es un derecho! Por fin, el gordo pudo zafarse y corrió asustado, mudo, pálido, corrió con todas sus fuerzas hacia el edificio de la capitanía, seguido por sus guardias.

Hace 20 años que el gordo salió corriendo hacia algún lugar. Hace 20 años que no llegó la lancha. Otras veces tampoco llegaría. Esa mañana en la isla se quedaron esperando la visita, esperando el agua y la comida. Un año después morirían casi todos. Pero eso entonces no lo sabían. Entonces la sed era simple.

Hace poco en un diario apareció una noticia, completamente técnica. Ahora la isla es una isla guanera, se analizaba si podía ser una zona de amortiguamiento y se pedía un buen estudio de impacto ambiental. Así es el tiempo. Como un hechizo. O como una lancha vacía.  


sábado, 19 de noviembre de 2011

lugares comunes


39


Lo peor de estos sueños es su realismo. Si por lo menos hubiera un letrero, como en los dibujos animados: fin del sueño, pasando esta raya, es la vigilia marca ACME.

Ella me habla de cosas cotidianas. Me sonríe, se peina, toma su nescafé. A veces se molesta porque me ve muy relajado, muy señorito, sus ojos marrones brillando, pidiéndome más garra, estar a la altura de los tiempos. Un poco más de compromiso de clase pes chibolo. Pero muchas veces sólo se relaja. Y hablamos de tonteras, de cosas de familia, de canciones viejas, de Serrat, y de planes para cuando la revolución triunfe, realmente no sé qué vas a hacer tú que eres un vago entonces, seré un reaccionario, ni para eso sirves así sin plata, seré un reaccionario de nuevo tipo, los reaccionarios no aceptan cualquier cosa, tu manchita bolchevique si acepta a cualquier huevón ah, me consta, pásame la mantequilla malcriado, ten, gracias, en vez de estudiar historia y cojudeces ya deberías cambiarte a estadística, ¿y si mejor hablamos de las últimas canciones de Perales?, estadísticos, ingenieros, eso vamos a necesitar en el futuro, no poetas, puedo ser cantante, me sé varias bien guerreras, a tu papá habrás salido carajo, igual de inmaduro, grande por las huevas, grande por las huevas, sí, no eras tú la que cantaba en minifalda en la peña Ferrando, calla, eso era cuando era revisionista, ya pásame otro pan, tu pasado te condena, eres un chibolo necio, a ver, cantante un valsesito, a ver.

Y reímos, comiendo pan con margarina a la que llamamos mantequilla.         

Y cada cosa está en su lugar. El tiempo diez años atrás. Y nadie lo sabe. Ni ella ni yo. Sólo vivimos. La realidad en mi cabeza, verdaderamente real.

Me despierto a mitad de alguna conversación banal, sobre la mantequilla, sobre el precio del arroz, sobre un libro, sobre algún futuro plan. Que la conversación no pueda continuar, es absurdo.

Por eso hablo solo. Por eso. Pero sólo parece.  Parece.

viernes, 11 de noviembre de 2011

lugares comunes


38


Nos ayudaron a quitarnos los guantes, me limpié la sangre de la nariz y le di la mano al Chino. No tenía aire para decir nada, sonreía, apenas. Digno.

El profesor Fernández nos pescó peleando fuera del recreo y aplicó su antigua fórmula. Sacó sus viejísimos guantes de box y nos dijo cachaciento: ahora sí, a ver si son tan machitos en frente de todos. Hasta entonces sólo había sido parte del público de estos espectáculos deportivo-pedagógicos. Parado frente al Chino (50 kilos, puro hueso durísimo), de golpe me enfrenté al miedo, la máxima alerta mezclada con la máxima confusión, el barrullo de 40 adolescentes haciendo chacota, gritando consejos. Un gran caos y el sudor por todos lados, sudor en los ojos que no se pueden limpiar por los guantes, agacharse, abrazo, vueltas, sudor, sangre en los labios, muchos brazos, recto, retroceder, sudor, sin campanas salvadoras, sudor y brazos huesudos del Chino. Perdí. Por puntos. El profesor paró la pelea y me miró la nariz. Ya váyanse a lavar, así vas a salpicarnos a todos. Y encima me cagas los guantes.

Un golpe sobre Romerito y la familia entera se encogía, sufriéndolo. Cuando él pegaba, sus golpes eran acompañados por miles haciendo fuerza, un gancho en coro. Había electricidad pero más. Qué, algo, algo que la narración del eterno comentarista panameño había agregado como al vuelo: “el peruano ha sorprendido al mundo, está ganando, le está peleando al famoso niño mimado...” Frente a nuestra tele a blanco y negro de 14 pulgadas, rogábamos que no explotaran las torres de alta tensión y un apagón cortara la transmisión de la pelea. Porque no era una más. En pleno centro del mundo (eso era para nosotros los mocosos el Madison Square Garden entonces) un cholo desconocido estaba fajándose, de igual a igual, con el famoso Bum Bum Mancini. Y podía ganar. Le estaba ganando.    

Perdió. Cómo nos dolió ese octavo round, ese mal golpe, esa caída, ese corte. Y esos brazos levantados del Kid. Reventó la burbuja y otra vez a los apagones, a la leche de soya, a las cuentas para el pan e irla pasando en casa.

Perdió. En el penúltimo asalto la esquina de Joe pensó que ya era suficiente. Se habían destruido sin descanso, sistemáticamente, por tercera vez en sus vidas. Apenas si se podían tener en pie. Asfixiados, hinchados, al borde del desmayo, se fueron tambaleando a sus esquinas. Luego se ha sabido que en la esquina de Alí estaban pensando hacer lo mismo, tirar la toalla. Pero la otra esquina se les adelantó. Joe perdió por puesta de trapo. Se acercó al campeón, lo saludó, saltó sobre las sogas, se fue caminando hacia su camerino seguido de su gente. Alí se quedó sentado, ganador pero ido, sin  poder levantarse del banquito de madera para celebrar su mayor triunfo en quizá, la mejor pelea de box de todos los tiempos. Mucho se ha dicho por décadas sobre ellos. Que aunque luego hicieran las paces, Joe nunca perdonó a Alí del todo. Quizá no tanto la derrota, sino la humillación. Que lo hubiera llamado Tío Tom y gorila, que lo hubiera sometido a la comparación: yo bonito-inteligente-progresista, tú feo-torpe-simplón. Alí pidió disculpas. Y Joe que no era un simplón, las aceptó. Pero en una entrevista más bien reciente, Joe Frazier recordó con respeto a sus grandes rivales, pero al final, un destello terrible pareció reconfortarlo: allí está –dijo refiriéndose a Alí y su parkinson- Yo estoy entero, sano. Mírenlo a él. Esos golpes lo destruyeron. Miren quién ganó al final.   

Aún no ha perdido. Pocos saben. Pero en el Perú vive casi anónimo un campeón invicto desde hace 15 años. Ha ganado todos los campeonatos que existen, nacionales, sudamericanos, latinoamericanos, en diferentes categorías. Pero este negocio sucio de agentes, mercados, arreglos, este box de cuerpos machacados y empresarios lujosos, no le dio hasta hoy la oportunidad de entrar al ranking mundial. Quizá porque no vende. Porque es serio y no tiene carisma. Quizá. Hace más de una década fue seleccionado para ir a la olimpiada. Pero fue desembarcado a los pocos días del viaje, por una jugada corrupta que puso a otro en su lugar. Otro al que el campeón había ganado más de una vez. Nadie lo supo. Una mini historia de esas que en el país hay muchas, de abuso e impotencia. Aguantó en silencio la injusticia. Desde entonces sigue reinando, invariablemente el mejor. Pero sin plata, sin cartel, sin relaciones, como cualquier peruanito de Villa María del Triunfo. Allí está. Ahora tiene casi 40 años.

Tendría 17 cuando lo vi por primera vez por la época de mi pelea con el Chino. Entonces él era una joven promesa que llegó al colegio a dar una exhibición como campeón de los “guantes de oro” y de paso, promocionar el gimnasio de un antiguo rival del gran Ringo Bonavena. En el patio del colegio nacional mixto Juan Guerrero Químper, bajo un sol radiante, le dio una catana con sencillez y sin abuso, al temible Asín, que casi le doblaba el peso. Era bueno. Es bueno aún. Trabaja duro para su familia. Da clases y entrena gente. De vez en cuando le programan algunas peleas. Quizá tenga para un par de años más. Podría ser el caso extraordinario de un boxeador extraordinario, que se retire invicto en un país extra- ordinario.   

Una noche en un taxi, escuché al Veco contar desde la radio que amaba el box desde chico. Pero que una jornada en el Luna Park de Buenos Aires cambió su mirada. Terminado el combate, entró al vestuario del derrotado, con la idea de hacerle una nota y darle su saludo. Era un chico al que conocía bien. Un valiente. Un bravo del arroyo. Se acercó. Estaba tendido de espaldas sobre una banca. Semiinconsciente, movía los brazos como una marioneta, como sí aún peleara contra sombras temibles. Y llamaba a su padre. Los chicos pobres, los más pobres de los barrios, triturándose hasta morir para poder salir adelante. Peleando con sombras. Y para el Veco, el box no fue más lo mismo.     

Clint Eastwood, él podría contar la historia de un campeón que aguardó veinte años por una pelea. Un campeón de un país pobre donde su familia, sus amigos y los amigos de sus amigos, esperaron y envejecieron con él, soñando con ese gran momento. Y entonces veríamos esa pelea en las pantallas, épica y sensible, no de doce asaltos, sino asaltada por una vida que es la de los trabajadores de los conos, de nuestros barrios. Y quizá, sea más hermosa que esa que nunca se dio sobre el ring, sino en los cines que también están habitados de leyendas. Como la mía y la del Chino, que perdí por puntos. Injustamente detenida. O quizá al final, sí haya una pelea. Una más.      


domingo, 30 de octubre de 2011

lugares comunes


37


Claro que llega temprano, como le indicaron. Recién bañado. Oliendo a perfume Antonio Banderas. Con una buena combinación de colores desde las medias hasta el polo, sonrisa simpática y modales impecables. Pura vibra positiva y el mp3 a buen volumen, subrayando la imagen de normalidad, de acá no pasa nada.

Y para subrayar más, no usa el ascensor, sube por las escaleras, demostrando vitalidad. Pero no dura. No hay tipo, monse, estándar o galán, que sobreviva a unos pocos días de análisis, radiografías, ecografías, endoscopías, pinchazos, manoseos y a esa sensación de vulnerabilidad y ridículo que trae colgarse una bata abierta por la espalda de talla gigante.

El segundo día aún se esfuerza por llegar a su hora. Es el día de las ecografías y aguantarse las ganas de ir al baño. Que por fin, acaba. Al tercer día ya no le importa el horario, aunque igual se baña y se pone algo de colonia cítrica. Porque la clínica está llena de mujeres y... Pero por la tarde, leen tantas veces en voz alta sus males, han traspasado de mano en mano tantas veces sus fluidos secretos que…

En otras circunstancias le hubiera gustado conversar con esta doctora que se ve simpática, preguntarle por su trabajo, pero luego de la tortura de la sonda, de escucharla ordenar ya, ya no se mueva, tranquilo, ya acabamos. Luego de eso ya qué importa nada. Todas, en recepción, informes, caja, consultorios y laboratorios sólo tienen hacia él una mirada de cosa, de qué desperdicio. O no tienen ninguna mirada, porque están ocupadas con las partes de él que no son él. Trabajando.  

Y haber ido solo, otro punto en contra, porque la enfermera, muy jovencita, una chiquilla menuda, lo recrimina frente al resto de pacientes. Siéntese allí, descanse hasta que se le pase el mareo y ya yo lo voy a llamar para que la doctora le lea todos sus resultados.

Ya con su ropa puesta, busca el mp3 y cierra los ojos. Canción tras canción. Esperando la llamada, cómodo en las bancas acolchadas. Y se duerme. Primero soñando con que ya lo llaman y sobresaltándose. Pero luego, colapsando profundamente. Y encontrarla otra vez: la mujer de cabello enredado, canas amarillas y verdes, que come galletas como el muñeco de Plaza Sésamo, que le canta con voz profunda de bajo una canción que se repite y se repite.

Y se pasa su turno. Se pasan todos los turnos. Y las enfermeras que ya están por irse a sus casas lo descubren, lo despiertan, enfadadas, recriminándolo, la doctora ya se fue, cómo se ha quedado dormido usted, ya tiene que venir mañana señor.

Así que sale a la avenida, un rescoldo del sueño sobreviviendo aún, como un susurro. Levanta la mano para subir al bus. Pero se detiene. Calcula: veinte cuadras, no es tan tarde, sí se puede. Con un ojo mirando hacia el sueño y el otro adivinando la borrosa vía de Jesús María hacia Lince, camina, despacio, Lady Midnight sonando vez tras vez, cuadra a cuadra, 20 veces repetida. Y en algunas repeticiones, está.


miércoles, 26 de octubre de 2011

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36

¿En serio nadie ha hecho una pizarra?

Sara, sorprendida, pasea su mirada por el grupo y cariñosamente recrimina a sus compañeros del Taller de Memoria, al parecer, demasiado modernos.

Miren –dice con paciencia- hacer la pizarra para anunciar nuestro evento quiere decir que hablamos en el idioma del estudiante, así es como se comunican las cosas importantes desde hace décadas en la universidad. Es una tradición.

No hay consenso. Parece un tema secundario, pero se enciende la polémica. Todos en el taller tienen poco tiempo libre. Dedicarle una noche a dibujar letras chuecas en un pizarrón viejo que se mojará con la lluvia no parece razonable. Intentan disuadirla.

Mira Sara, será tradición ¿ya?, pero son feas, no vas a decir que no, se ven como de otra época, todas mal escritas… Eso depende de la gracia que le pongamos. Pero nosotros precisamente no tenemos gracia, no sabemos hacerla. Yo sí sé hacer ah, ustedes que son inútiles señoritos. Pero si se ven, cómo decirlo… marxistoides. No todas son así. No lo niegues Sara, parecen dazibaos de la revolución cultural China. No, no, no, ya no son así, ¿o no Karen, di si ahora también no hay alegres, con figuras y colores, con esas zonzeras que a ti te gustan? Ah, o sea que ponerles algo de diseño es zonzera? No quise decir eso, pero estos hombres pues que no saben nada y sólo critican. Pero ya pues Sara, de verdad, es obvio que son feas. Acá lo obvio es que tú no sabes nada. Bueno, pero además para qué nos vamos a cansar si podemos mandar a imprimir una gigantografía. Ahí está. Eso es lo práctico. Eso es indiscutible, la historia avanza, antes eran pizarras, ahora son afiches. No hay que hacer dramas. Pasemos de una vez al otro punto de la agenda.

Sara toma aire, toma un sorbo de su manzanilla. Acomoda sus lentes. Se inclina. Miren, dice con su voz cansada, los alumnos se detienen a leer las pizarras, sí las leen, no es como la publicidad. La pizarra precisamente, así, chueca, con sus horrores ortográficos, con su pobreza de medios, es parte de una identidad. Todos saben que es para decir las cosas importantes.

La escuchan, aún indecisos. Ella termina con el lapidario: “la verdad, no parecen sanmarquinos”.

¿Y bien?

El compañero lo palmea, entusiasmado. Le muestra la obra terminada. Alberto observa cómo ha quedado la pizarra. Grandes letras rojas. Una par de consignas. El llamado a un evento cultural en homenaje a la mujer revolucionaria. En medio de la pizarra, pintado a plumón rojo sobre papel IBM, una mujer con el puño levantado mira hacia adelante, hacia el horizonte, la victoria o el futuro.  

La noche anterior la dibujó. Lo convocaron al dormitorio de estudiantes porque “tú sabes dibujar pes compañero, apoya la causa”. Y la pasó bien con esos muchachos un poco bastos, que le invitaron mandarinas y le hablaron del gran plan del partido, del equilibrio estratégico y varias cosas más. Puso empeño. Quiso plasmar una mujer sencilla, del pueblo, como cualquier mujer valiente que trabaja duro y que se decide a luchar por una causa.

Acabó. Le gustaba esa mujer, bella pero firme. Como a él le gustaban quizá, sin saberlo. Pero estaba satisfecho.  

Quizá por eso no esperaba la andanada de críticas que recibió de inmediato. Era unánime el rechazo. La has hecho muy femenina. No refleja la voluntad de nuestras combatientes. Debe ser más dura. Sobre todo compañero, debe reflejar su “odio de clase”. Le dieron el plumón para corregir. Pero algo así como un confuso sentido de libertad creativa y de amor propio se lo impidió. No lo presionaron, le agradecieron su colaboración y lo despidieron con mucha amabilidad. Aunque él sintió en realidad, condescendencia, algo como “que se puede esperar de este pequeño burgués”.

En la pared de la facultad está pegada su obra, mutilada. Una mujer a la que han agregado a punta de trazos gruesos, con poca destreza, una mirada oscura, un gesto iracundo. Y a la que han quitado toda su belleza. No podía ser una mujer bonita. Debía odiar.

Alberto se despidió. Se alejó callado.  

20 años después, los jóvenes del Taller trabajan hasta muy tarde un jueves por la noche. Plumones, goma, papel, lápiz, bromas, disputas estéticas, fotos. Sacan adelante, siguiendo una vieja tradición, la pizarra más grande que jamás haya visto la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Y aunque en efecto, quedó chueca, se nota que tiene otro espíritu. Apoyada en la pared, dando la bienvenida a la facultad, enorme, parece indicar, para el que sabe ver, que las pizarras también tienen una forma de memoria. Fea. 


viernes, 14 de octubre de 2011

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35

Llegó al café un poco tarde. Ella ya estaba allí, leyendo. No se encontraban desde que terminaron, hacía ya cinco meses. No se habían hablado, ni llamado o escrito; se eliminaron del FB, se bloquearon en el chat. Buscaron dar vuelta a la página del modo más tajante. “Por salud mental” decía él. Ella se concentró en el trabajo, aún más.

Pero sorpresivamente, le escribió un correo muy cortés preguntando si podían verse un ratito, unos minutos, si no era una molestia. Y él dijo cómo crees, no es ninguna molestia. A las cuatro está bien. Sí. Y cruzo todo el tráfico de Lima para llegar sólo 10 minutos tarde al café de siempre.

Rieron mucho. No existió ningún silencio incómodo. La misma química, pero con cuatro meses de cosas que contarse. En cada pausa se miraban, se reconocían. Sonreían. Ella sacó una bolsa verde, dentro, envuelto en papel rojo, un gorro de lana, de muchos colores. “Quiero agradecerte por todo lo que me regalaste”. Sus ojos ahora sí, mirando hacia un lado.

Él se probó el gorro. Se miró en el espejo. Hizo muecas. Le dijo que era lindo. Ella lo cogió de la  mano, de la izquierda. Él mecánicamente le revisó si se había comido las uñas o jalado la piel de los dedos. “Ya no me jalo los padrastros” se río ella. Le apretó la mano más fuerte: “me voy a Ayacucho, ya acabó mi trabajo acá. Me voy mañana. Quería verte, despedirme”.

Hablaron todavía un rato más. De sus buenos momentos, también de los malos. Pero sus reproches estaban cargados de añoranza, de cariño hasta por las peleas. No se querían ir de la cafetería, porque afuera ya no habría sino la calle, el camino de cada cual. Pidieron una manzanilla más. Pero la manzanilla se acabó. Y salieron.

Se abrazaron, con fuerza. Suerte, suerte en todo. Ella le metió un papelito en el bolsillo. Léelo después por favor, le susurró. Y se separaron. Uno, caminando muy tarde hacia un seminario sobre memoria y violencia, que parecía ahora un evento tan ajeno y extravagante. Otra, hacia su cuartito alquilado, a acabar de ordenar sus pocas cosas, camino ya hacia la lejana provincia donde la esperaba su verdadero hogar.

No voltearon para darse una última mirada, sólo se fueron. Él no ha leído aún el papelito. Está guardado en su billetera, hace ya varios meses. Lo toca de vez en cuando, se asegura que sigue allí. Se trasluce un garrapateo de tinta azul y letra escolar. Sabe, siente, que no debe gastarlo.

No abrir sino en caso de extrema necesidad.  


lunes, 10 de octubre de 2011

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34

Ha estado semanas, meses, soportando. Atendiendo la enfermedad de la anciana que ahora suda y se queja desde su catre. Corre la cortina que separa el dormitorio de la sala y se sienta un momento a descansar. Mira hacia fuera, hacia el barrio podrido y criollo donde pelean unos perros. Cierra los ojos. Han regresado de una última sesión de diálisis. Una sesión de tortura.    

Los mocosos alborotan para ver a la abuelita. Quieren darle una tarjeta donde dice que se ponga bien pronto. Pero hay rabia en su corazón. Rabia negra que la aturde, porque necesita ayuda y no hay. Y los bota. Largo, dejen descansar a la abuelita. Vayan a jugar a la calle. Ya fuera. Y les cierra la cortina, justo a tiempo, porque la vieja se incorpora bruscamente, con el dolor en el rostro, la boca abierta. Simplemente sufriendo. Sin remedio. Buscando a la hija sólo para que le sostenga el brazo. Porque no se pude hacer nada más. 

La deja otra vez dormida. Sale a caminar un poco, una vuelta a la manzana. Quisiera explotar y mandar a la mierda a su familia, a su esposo el político que no gana un sol y se pasa de una reunión a un mitin, a su tío que se la pasa de los caballos a la timba, a su hermano que se mantiene al margen, a sus hijos que no han lavado los platos, a los primos, tías, madrinas, padrinos, compadres que no existen más que para mandar saludos, los mierdas.

Pero no, tiene que resolver, encontrar cama, conseguir plata para la próxima diálisis, rogar, hacer colas, subir y bajar, meter mil papeleos. Y luego la parte del cuerpo. Lavarla, vestirla, llevarla, traerla. Escuchar cómo la vieja se queja bajito, aguantando, porque la conoce y sabe que no quiere molestar a nadie. Porque sabe que ha generado un problema imposible de resolver en esta casa miserable y se siente culpable. Y ella se siente más culpable porque es cierto.  

Regresa. Limpia la frente de la anciana. Luego va al cuarto que comparte con los críos, los arropa, les canta algo, los ve dormir. No han hecho su tarea. Quiere despertarlos, castigarlos hasta que acaben toda la tarea. Pero se aguanta. Mejor descansar de una vez. Mañana la anciana habrá muerto. Pero aún no lo sabe. Por eso se alista, prepara la comida, revisa las recetas, deja las cosas en orden. Listas para empezar una nueva batalla. Como si mañana fuera a ser un día normal. Un día completamente nuevo y entero.  


martes, 4 de octubre de 2011



33

Aunque el local no está lleno, la expositora, una psicóloga arrogante, lee su power point muy seria. Recita que “dar testimonio es reparador en sí mismo”, y sigue adelante con otras frases pop memory, bien recibidas por el público. Es curioso imaginar que la gente de algunos pueblos masacrados debe ser la más sana del mundo: han dado sus testimonios decenas de veces en decenas de años. Parece que en su desgracia está arropada, cual oruga, su escuálida sanación. 


jueves, 29 de septiembre de 2011

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32

Le cuento a la doctora lo de las canciones tristes.

Ella es todo optimismo. ¿Cuántos años tendrá? Se ve joven. ¿32, 33?, no muchos más. Se arregla el pelo, negro, brillante, con unas canas amarillas por allí flotando en su enredadera. Acomoda sus lentes de marcos negros. Me habla como si hablara con su pata del barrio. Mira, es normal que las canciones tristes o las baladas nos pongan melancólicos a todos. Para eso son, ¿no? Pero lo que pasa con algunos como tú, que están falladitos, es que se han hecho un hábito y lo usan para sentirse mal. Ni se dan cuenta. Solitos se encadenan las cosas para que acaben sufriendo. ¿Entiendes? ¿Quieres una empanada? Es que no he almorzado hasta ahora.

“Falladito” me dice, con una inclinación graciosa, como un saludito oriental, y se le cae la empanada en la falda. Y es como un click. De pronto se ríe, se ríe, no se puede aguantar más, se carcajea con todo su cuerpo. ¿Cómo era? -dice asfixiándose- ¿cómo era? que le llamaban Manuel… que murió en España… y ese niño Luchín… ay dios, que joda no pues, cómo te van a cantar esas huevadas para hacerte dormir. Pobre niño ay mi diosito.

Y se siguió riendo un par de minutos, hecha un chorro de lágrimas, mocos y rubor. Lo malo es que luego fue un terrible rato de pedido de disculpas, de nunca me pasó antes, de avergonzarse por su maltrato. Y yo, nada, que no ha pasado nada, también yo me he reído. Quién no, con esas canciones, con eso de “no hay extensión más grande que mi herida” para arrullar chiquillos, a quién se le ocurre. Y fue peor, porque se volvió a reír. Pero ahora era una risa fea, como un hipo. Con sus manos tapando su boca culpable.

Una tontería. Yo quería seguir con las sesiones pero ella ya no. Y las pocas que habíamos tenido habían sido tan agradables. Eso fue hace tantos años. Hace una semana me la encontré a la salida de un cine en Miraflores, quise saludarla, pero giró y se puso a mirar una vitrina vacía. En fin. Todo por la culpa de Serrat y Víctor Jara. Esos, los favoritos de mi madre cantadora.


miércoles, 28 de septiembre de 2011

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31

Una fiesta organizada por El Partido, a menos de dos meses de las elecciones. En plena campaña veraniega a todo vapor y sudor. Es un evento colorido, con militantes y simpatizantes de provincia, que han llevado a sus familias a comer, bailar y ver a los famosos. Hay un animador profesional, un representante de la dirigencia nacional y varias cantantes folklóricas que inundan de ande y  fuerte volumen el recinto de Los Olivos.

Y los candidatos van apareciendo, desfilan, sonríen, reparten saludos, regalan polos, gorros, banderines, los más pitucos todo un kit de bolso con vasos, lapiceros, gorros… pero los polos son, de lejos, el bien más preciado. La joya de las elecciones. 

El 36 no tiene nada que regalar y sus muchachos reparten volantes y hacen contactos para luego visitar a los comités de campaña en todos los distritos. Esas famosas “bajadas a bases” tan pesadas pero que también son descubrimientos. Su presentación en la fiesta sería un total fracaso, pero lo salva que sea un hombre de la tele. Lo reconocen, la gente se quiere tomar una foto con él. Además, en esta fiesta ancashina, es un paisano. Y el cariño así corre mejor.

Va pasando de mesa en mesa, saludando, brindando, entre bromas y apretones de manos, convenciendo de marcar el 36 para el Congreso de la República. Allí se entretiene a gritos, abrazos y cervezas.

Pasado un buen rato, el organizador del evento, viejo zorro de las campañas políticas se acerca a su jefe de campaña, tan inexperto como el candidato en este nuevo mundo de la política real. Lo lleva aparte y le instruye, rápido, con buena fe, con una inexplicable buena fe:

“Qué haces acá –increpa- Mira donde está el hombre. Sácalo de allí. Qué hace chupando con esos borrachos, esos no importan. Llévalo donde las mujeres, ellas son, ellas deciden los votos”.

El jefezuelo de campaña mira, ahora de otro modo, hacia las mujeres. Allí están, ancianas, señoras, muchachas, jóvenes, esperando sentadas en sus sillas de plástico blanco, aburriéndose y viendo a sus esposos comprar cerveza tras cerveza. Esperando que los invitados famosos les brinden atención.

Minutos después el 36 baila con energía con una mancha de damas, que agradecen el reconocimiento. Van y vienen huaynos y se lo disputan en pareja, en ronda, lo adornan de serpentinas, lo rodean, ahora sí fiesta, zapateando tomándolo del brazo, abrazándolo, dándole consejos, tarjetas, prometiendo apoyos. Acogido.

Y ellas se llevan los pequeños volantes, los guardan en sus bolsos, carteras, bolsillos, corpiños, dicen cosas como “iba a votar por el 5 o por el 15 o el 2, pero ahora el otro número será el 36”. Y suenan sinceras. Aunque faltan dos meses. Y de esta noche a la tarde frente al ánfora, hay varias fiestas por delante. 

 (*) Vineta de Juan Arguelles, en Pavada de Tinta


jueves, 22 de septiembre de 2011

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Acuarela de Lizette Insunza "Sola frente al mar".



30

Ella caminó por la playa. Serían las 12 de la noche. Pensó que sus hijos iban a esperarla en vano para cenar salchipapas de a sol cincuenta y discutir de política antes de dormir, como era costumbre. Le hubiera gustado avisarles que no llegaría, pero cómo.

Miro hacia abajo, vio la arena, la espuma que llegaba y se iba, sus pies. Sintió los disparos, los tres en la espalda, como las palmadas de un amigo que se ha esperado mucho.

Se tendió junto al mar, respirando fuerte, pensando en su mamá y en cuánto la extrañaba, con sus canciones y sus remedios de hierbas, respirando aún, mal, mal, una pantomima de respirar. Y en sus hijos. Y la angustia súbita.

Y por primera vez ver la sangre corriendo hacia el océano, abandonándola. Desaguándola. Acabándola. Respiro más. Más. Como sea. Respiró apenas.

“Los crié para esto”. Como si alguien le hubiera soplado el pensamiento en la oreja, bajito. “Ellos comprenden”. Y entonces de nuevo la calma. Y ver que su sangre no la abandonaba, que el océano la acogía sereno, para ser en la mirada de sus descendientes.

Y no cerró los ojos para verlos también. Y por fin, no respiró más.


domingo, 18 de septiembre de 2011

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29

Esa noche, al fracasar, supo que estaba fracasando muy profundo. Sentía que en el futuro no sería fácil encontrar a alguien que sintonizará tan bien con él, con quien se sintiera tan cómodo, lo conociera, lo perdonara y lo quisiera igual.  

Jean era sencillo, un lúcido europeo que comía ensaladas, contaba chistes que no hacían reír y por eso eran graciosos, un tipo de treinta años que creía en el aparato del desarrollo mundial, aunque sin ingenuidad. Su carrera estaba por allí, en alguna de las grandes agencias humanitarias, así que seguiría viajando. Perú era una escala y ya vendrían Somalia, Irán o Guatemala.

Carlos era un cholo de veintitantos comedor de chifa. Su experiencia lo había decepcionado de la gente y su educación toscamente marxista colocaba en el rincón de las sospechas cada proceso que sonara a poderes mundiales. Pero le quedaba un pedacito de fe para seguir trabajando en  derechos humanos suspendiendo su sentido crítico. Y en parte por eso se llevaban tan bien. Porque ambos perdonaban al otro o su fe o su escepticismo, pero en el mismo lenguaje.      

Por un año fueron inseparables. Se contaron lo más personal y lo más público. Trabajaron, fueron al cine, al teatro, a correr, a montar bicicleta; se quedaron horas viendo televisión; se quedaron dormidos luego de gemir sus desgracias, sus miedos; se quedaron noches y madrugadas bebiendo pisco y atendiendo como mejor podían (por lo general, simplemente escuchando) sus respectivas angustias. Fueron dos desadaptados, cada uno con su estilo y su motivo, acompañándose. 

Jean temía un futuro solitario, ocultando su homosexualidad porque la burocracia europea aún era hipócrita, porque conocía la suerte de otros funcionarios, viejos y gastados por una historia de máscaras o dobles vidas. Recibió una respuesta laboral excelente, que había aguardado mucho. Le dijo a Carlos que quería que viajara con él. Carlos no quería esa separación, no quería su vida empobreciéndose sin Jean. Y por eso cerró los ojos y apostó todo a sentir. Ojalá, pensó, ojalá.

Pero el beso no fue posible. Carlos lloró, porque lo había intentado, pero sabía que no podría ser la pareja de Jean, que no podría acariciarlo ni hacerle el amor. Que era un simple macho unidimensional. Jean lloró porque comprendió que de nada valía el amor que se tenían y porque tendría que irse otra vez, solo. Y se fue.

Tiempo después Carlos escribió algo de esto en un cuento funesto. Allí puso cosas como: “de modo análogo a la queja de Salieri, para qué puso Dios ese amor dentro mío si no me dio el don para cantarlo”. Y acabó el relato con esta joya de lo cursi: “el amor de su vida había sido un hombre, pero él no había podido ser gay. No todos podían ser perfectos”.

Ahora ya no escribe prosa porque fue conociéndose mejor. Ha tenido novias, las ha querido. No sabe si finalmente fue cierto eso de no poder encontrar a alguien tan compatible, que lo quisiera igual que Jean. En realidad cree que no fue así. Pero lo pensó entonces, hace tantos años. Y sonríe al recodarlo, porque lo importante es que en ese momento, al pensarlo, fue cierto.


viernes, 16 de septiembre de 2011

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Edmundo Camana.
Foto de Óscar Medrano. Revista Caretas N° 2022  



28

Lo que quise decir en el seminario de ayer fue esto:

Una foto emblemática de la violencia, como la del señor Camana de Lucanamarca, tiene una ruta, guiada por sus propias reglas, que tienen que ver con el circuito cultural, el afán de conmemorar de las instituciones, las necesidades políticas y hasta la estética.

El señor Camana también tuvo su propia ruta, paralela a la de su famosa foto. Paralela e inversa. La foto se convirtió en el centro simbólico de la muestra Yuyanapak y por ello, de lo más visible del discurso que dejó la Comisión de la Verdad. El protagonista de la foto pasó a un nivel de invisibilidad sólo comparable al de la muerte: su nombre fue cambiado (así que por años su foto no fue su foto), migró a un lugar desconocido, la CVR no recogió su testimonio y nadie más supo de él por un cuarto de siglo.

Existió para lo público, como ciudadano, sólo en dos momentos accidentales y sin prestigio. Cuando le tomaron la foto en 1983, destrozado, y cuando murió en la miseria y su familia intentó usar la foto para obtener algo de provecho.

Las fotos no son las personas y no deben ser tratadas con inocencia. No son las cosas retratadas, tienen sí la cualidad de generar un efecto de realidad que debe ser analizado y contextualizado.

Siento que una de las cosas más perversas que pueden suceder en estos procesos de memoria es lo que sucedió con Camana. Que su imagen deje de pertenecerle, sirva para que otros jueguen el baile de los derechos, hagan activismo o arte o investigación o periodismo, que pase a ser un símbolo poderoso, mientras el personaje real, nada simbólico, de modesta carne y piel, agoniza abandonado.

En este caso, me cago rotundamente en la madre de todos los símbolos (*).


(*) Las rutas de Edmundo Camana y su foto finalmente se cruzaron. Primero el 2008, cuando Oscar Medrano, el periodista que lo retrató en 1983, lo buscó para demostrar que su foto no era falsa (y le volvió a tomar otra secuencia de fotos). La segunda vez, cuando murió esta vez sí de verdad, el 2009 en el Hospital Militar, donde lo internó el congresista Núñez, un negacionista barato, que lo quería usar para atacar a la CVR.


jueves, 15 de septiembre de 2011

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27

Cómo puedo vencer este sueño que se come mis días, que se los mastica, los acaba. Duermo tanto, y cuando no duermo, estoy apenas medio activo, deshuesado. Con ganas de escaparme para ir a dormir.

Quiero sentir completamente, sentirlas bien, respirar hondo las cosas corrientes, caminar por las calles húmedas, comprar pan, sacar al perro, correr por el parque, trabajar, ver a los amigos, ir al cine, leer. Y lo hago. Todo. Quién lo diría. Pero es como si cada día fuera un milagro endeble, como un espejismo. Con mucha frecuencia solamente duermo. Y me siento culpable porque cómo retroceder luego.

Esta semana he roto todos mis records y un par de días no salí de casa (todo lo que podría producir de ser normal, me dice mi yo castigador, y es una angustia escucharlo, así que un yo que defiende bien, como un líbero certero, un Beckenbauer mental, lo mantienen a raya).

Pero como si fuera alguien más que me dirige sin darme cuenta, también he ido a varias reuniones, a una embajada, he moderado un par de eventos, he escrito un poco de todo, he visto una bella película de Tornatore, he conocido a un nuevo cantante. Así son las cosas, incoherentes pero ciertas. Porque ahora estoy despierto y escribo. Pero pronto dormiré y no sé hasta cuándo.

Porque dormir no es un placer, es un estado del yo. Un estado de miedo al tiempo que corre. Que sobre todo, al correr no me incluye. O me incluye como un ciudadano de segunda categoría.   

Leo lo que acabo de escribir y me siento avergonzado. Me pregunto qué quiero generar, pena, empatía, que me regalen un colchón paraíso. ¿Sonaré como esos dandis de inicios del siglo XX, que se desmoronaban en melancolías huachafas y se esforzaban por sonar decadentes y abúlicos porque era el modo de ser intelectual?

Como sea y como suene, el sueño no me da, viene conmigo, endémico, maldito.

Malditas buenas noches.   



martes, 13 de septiembre de 2011

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26

En la puerta del mercado, tomando impulso. El Candidato y sus amigos intercambian un par de bromas, se dan aliento, esperan a ver si llega alguien más del grupo para hacer mancha. Tienen un paquete de volantes, unas banderitas amarradas a tubos de plástico y un par de cientos de cajitas de fósforo. Luego de un rato está claro que no va a llegar nadie más. Así que el Candidato toma aire: “hay que hacerlo, de una vez”. Se mete una tremenda raspada de garganta, típica en él, sonríe, y entra. A la vida real caliente y apretujada de un nuevo mercado de barrio.

Algunas personas lo reconocen, de la televisión, lo saludan; otras lo miran con escepticismo, “uno  más que viene a palabrearnos” se lee en sus sonrisas de compromiso mientras dicen “deje allí el volantito, sobre la yuca”. Así se pasea la comitiva una hora, sin pensar mucho. El Candidato hace chistes, gesticula, se deja llevar, dejando de lado la vergüenza, la sensación de estar haciendo de payaso, el pudor de ser vendedor de sí mismo.

“¡Hey, regalen polos!”

Rodeados de gatos, de moscas, de sudor flotante, siempre pasa lo mismo. Gorros, encendedores, chalecos, eso piden los electores. “¿Qué regalan?”, gritan las señoras acercándose, apresuradas, ganándose entre ellas. Pero luego se decepcionan “estos no regalan nada”, se quejan, otras, más bravas, reclaman: “siquiera algo trajeran para la gente, a hablar nomás vienen, otros sí traen cosas.”

Nada, ellos no regalan nada, su campaña es miserable. Así se suceden los mercados por algunos meses, una fila interminable de mercados limeños, como escaleras en una ruta cochambrosa hacia el ilustre parlamento republicano.

Al final, contados los votos de la derrota, el verano les deja una lección sobre moda cívica: sin polos no eres nada. La democracia se mueve de mano en mano, en una cadena que la produce (la teje), desde los talleres textiles de Gamarra hasta los hogares humildes, donde visten a un niño, uniforman a un pelotero o calientan a un perrito peruano con o sin pelo, pero ya menos calato, con su 36 bien grande estirado en el pecho orgulloso. 


miércoles, 7 de septiembre de 2011

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25

Los psicólogos (y similares) llevan largos años trabajando sobre los efectos de la guerra interna. Han llegado con sus prácticas, elaboraciones, talleres, cuestionarios, dibujos, test, grupos de ayuda mutua, espacios de memoria o consultas, a los barrios, las comunidades, las organizaciones de afectados. Muchas instituciones pasaron de un supuesto enfoque clínico a uno comunitario sin haber aplicado a fondo ni lo uno ni lo otro. Pero han adornado los archivos de libros elegantes.

La gente no ha dejado de pedir ayuda. Porque las pesadillas continúan, y el dolor de cabeza y de útero, y los insomnios y la angustia, la sensación de sufrir daño, de tener el cuerpo podrido y la mente loca, los descensos de colores y los tumores que sienten como señales de sus males en la cabeza. Pero muchos, si se les recomienda que vayan a una ONG especializada, se espantan.

Tantos clichés, tantos trabajos superficiales, tantas intervenciones sin control. Debería existir un ISO para los trabajos de derechos, especialmente para los que tienen que ver con algo tan profundo como el alma y la mente. Hoy los pueblos están regados de “pacientes” que un día fueron, antiguos beneficiarios de proyectos ahora abandonados por la ciencia, pero que aprendieron el idioma de los traumados del mundo.


Viñeta en The Rut


lunes, 5 de septiembre de 2011

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24

¿Cuántos buitres? ¿Se están comiendo a los campesinos tirados en el río? ¿Son trescientos, los están desapareciendo? Con un rostro desencajado, una mujer activista de derechos humanos grita por el teléfono. Del otro lado de la línea, su contacto desde la lejana provincia parece que le informa sobre montañas de muertos, cuerpos quemados, cadáveres arrojados al río, sobrevivientes asesinados en el hospital, gente comida por aves carroñeras.

En la reunión de emergencia en la oficina, ella demanda denunciar el genocidio, exigir al gobierno la derogación de las normas controversiales, apretar ahora en la coyuntura. Es el momento de salir con la pata en alto.

La situación es grave y tensa. El jefe a cargo, K, un tipo culto, de ánimo sereno y dialogante, pregunta por fuentes, pide detalles, cruza información, muy preocupado, pero sin perder la calma. Pide que se llame a los contactos de la Defensoría del Pueblo, a las instituciones aliadas, a los amigos periodistas. Su posición es tajante aunque transmitida en un lenguaje cortés: no haremos nada que ponga en mayor riesgo a la gente, lo primero antes que señalar culpables o atacar al gobierno, es hacer lo poco que se pueda para detener la violencia. Como sea. Y llama al equipo a poner todas sus capacidades para ello.     

Lo interrumpen con reclamos furiosos. Hace tiempo algunos en la oficina y fuera de ella, en el colectivo de derechos, lo desprecian secretamente, lo llaman liberal (como si fuera una mala palabra), pusilánime (porque no saluda cada toma de carreteras automáticamente), ingenuo (porque se rehúsa a caer en la polítiquería mezquina de las ONG). Pero aunque resiente estos golpes, K no se somete. Tiene el respaldo del jefe y de sus colaboradores más cercanos.

Aquella tarde termina de dar sus indicaciones: escuchen, acá en Lima los rumores son sólo palabras, pero en la zona son como gasolina, pueden matar gente, seamos rigurosos. Vuelve a ser interrumpido con histeria ¡Pero los están arrojando al río! Él responde con amabilidad a los gritos: alertemos que existen estas denuncias, enviemos los datos a las autoridades y corroboremos por nuestra cuenta. Y concluye: recuerden, en crisis como estas, el tratamiento de la información puede ser cosa de vida o muerte. No seamos irresponsables.

A las pocas horas los reportes de primera mano desmintieron la versión apocalíptica. Luego se pudo conocer la real dimensión de la tragedia, moderna en su peor forma, una negligencia criminal de autoridades racistas, su desprecio premiado con muertos bajo arma de fuego y golpe de machete.

Tenía razón K pero no había nada que celebrar. No sólo era por la crisis. Había chocado con una cultura que creía ya casi extinta. Una radicalidad lujuriosa, de machacar en caliente. Aquel día (y luego otros) algunos activistas parecían ansiosos de una causa que justificara sus propias necesidades de revancha, de confrontación, de muertos que echarle en cara al poder. Y había en ellos algo temible, como si pudieran ser capaces de todo por agitar su justicia, su versión oscuramente superior de lo justo.


viernes, 2 de septiembre de 2011

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23

Un día notable. Aprovechando el feriado, fuimos por un perro. Algo muy discutido y postergado por años, pues el departamento que compartimos con mis hermanos y mi sobrino es pequeño. Pero un relato sobre unos perros abandonados, más unas fotos del FB, nos movilizaron.

Fuimos en mancha. Yo tomé por primera vez el Metropolitano. Me pareció que dentro de estos buses la cultura combi cedía. Se sentía amplitud, limpieza, no había prepotencias. Como si bastara cambiar de recipiente para que los limeños también cambiaran un poco. Y  llegamos con rapidez al Cono Norte.

Cogimos un taxi hasta la referencia que nos dieron por teléfono: avenida Canta Callao, cruce con Izaguirre, frente al Grifo Petroperú. Buscamos un buen rato la dirección en un barrio sin urbanizar, sin agua potable, colmado de polvo seco. Tocamos la puerta de un caserón destartalado. Aullidos, ladridos, gruñidos, sin duda, ese era el Albergue Marlene. Confieso que un personaje que cuida 60 perros y 20 gatos en un sitio tan precario, me hacía  esperar alguien un poco tronado.

Nos quedamos unos veinte minutos, asistiendo por una ventanita cómoda y pasajera a la vida ruidosa, alocada, olorosa y carente de todo del albergue. Con los perros buscándonos las manos para lamerlas, queríamos llevarnos dos, tres, cuatro (la sensación es que hay que salvar. Y ese mandato es poderoso). Pero Finalmente recobramos la razón y cogimos el cachorrote que había estado enfermo de neumonía, el nuevo Jaky de la casa (*), un tranquilo perro mestizo. No chusco, nada de chusco acá. Mestizo.

Marlene dedica casi todo su tiempo y dinero a cuidar a los animales abandonados. Nos cuenta rápido algunos detalles de su vida cotidiana. Y no habla como mártir ni pidiendo medallas, es práctica, quizá incluso, algo fatalista (“ya que puedo hacer, ya no puedo dejar esto, qué voy a hacer”). Necesita arrocillo (el arroz más molido y barato), menudencia, comprar agua, medicinas, vacunas. “Pero sobre todo que adopten, que se lleven los perros”. Mi hermano la graba un poco desde su celular.

Golpea el suelo a cada momento con una rama de árbol de metro y medio, con la que procura hacer algo de orden. “Hice lo que pude por ti” le dice a Jaky, al despedirnos. Y la dejamos con su rama en la mano, el pelo desordenado, la ropa sucia, la voz cansada, peleando y renegando con los perros, jodida, toda ella como un ejemplo de la diferencia abismal entre un activista buena gente y alguien que se metió al fondo del abismo. Dejándome la intuición de que cierta santidad es posible, pero que no es algo magnífico, de milagros ni levitaciones, sino algo casi vulgar, asunto de gente imperfecta, con su pizca de locura, la necesaria para amar de un modo fatal y absolutamente entregado.  


(*) Desde que somos pequeños, nuestros perros se han llamado igual. Una larga cadena de Jakys con algo de destino trágico. Esta es la primera hembra. 


jueves, 1 de septiembre de 2011

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22

Cerca de la una de la mañana. Por fin llega a la primera cuadra de la avenida Riva Agüero. Agotado, quisiera cerrar los ojos y teletransportarse al cuartito que sus tíos le prestan como alojamiento hasta que termine de estudiar. Pero todavía faltan unas cuadras.

Ha caminado desde la universidad porque no le alcanza para los pasajes. Ya está acostumbrado pero hay noches más pesadas que otras. Piensa vagamente en la importancia de los zapatos cómodos, cómo no se los valora realmente hasta que no se tiene una rutina que implique cruzar todo Lima diariamente. Son capitales. Zapatos y medias que no se caigan y no tengan hueco en el talón.

Siempre está atento en este último tramo oscuro. Muchas pandillas circulan y hay que verlas desde lejos, indagar si vienen con ánimo de guerra y según eso, cruzar la pista o no, pero sin mostrar miedo, todo muy controlado. Uno de los rincones del cerebro piensa en zapatos y otro en pandillas y cómo seguir para adelante con el mínimo de esfuerzo, evitando a toda costa tener que retroceder, correr o pelear.

Su chica se ha cansado de sus cambios de ánimo y lo ha dejado, la universidad no ha aceptado su pedido de exoneración de matrícula, hace meses que no consigue chamba, sus tíos quieren que se vaya y desaloje el cuartito. Está de malas. Y se cae. En una zanja que por pensar en zapatos, medias y pandillas, no ha visto entre el desmonte. Se revisa. No se ha roto nada, unos raspones. Está sucio cubierto de tierra muerta a la una de la mañana en una zanja de un metro de profundidad llena de basura y caca de perro en un barrio marginal de El Agustino.

Se levanta. Le duele la rodilla bastante. Pero sólo faltan unas seis cuadras. Se apoya en una piedra y salta hacia afuera. La calle está vacía, nadie ha visto su show. Por más patético que sea, su cerebro llega a pensar algo como “y si me duermo acá, en la zanja”. Cada día es más difícil llegar a casa de los tíos y sentir que se estorba. Esa es la disculpa que el lado digno de su cerebro prepara veloz para perdonarse su lloronería.  

Pero esta noche no podrá resolver ese problema. Debe ir a dormir. Busca algo con qué limpiarse la sangre de sus manos. Las hojas mohosas de un libro contable están cerca. Las arruga, les da la vuelta, lee: 
Debe – Haber – Saldo.

Avanza hacia el cuartito, sube la loma, pasa las canchas de fútbol, cruza el paso a nivel del tren, abre la reja, sin hacer ruido trepa por el techo para no despertar a nadie, abre su puerta y se tiende en la cama. Un rincón de su cerebro sigue en zapatillas y pies que palpitan, ahora libres. Otro sueña con una chica de ojos negros que no conoce pero que él ha fabricado para la hora de dormir. En un rinconcito menor, sigue aferrado. Debe haber saldo, tiene que haber. Ese resto.

Mañana será otro día para caminar.