jueves, 4 de agosto de 2011

lugares comunes


8

Me encontré con tres dirigentes de los desplazados en una cafetería oscura y olorosa del centro de Lima. Revisamos un documento, llamamos por teléfono, convenimos en que esa misma tarde les alcanzaría una versión corregida de su proyecto, para que pudieran presentarlo a la entidad estatal que otorga las reparaciones colectivas.

Falta una semana para el cambio de mando, y es imposible que hasta esa fecha el gobierno les de nada. Pero ellos están entusiasmados, de un modo prudente, pero se les nota porque hacen cálculos: alquilar el horno, comprar el ladrillo con tiempo, separar los quemadores. Es la mejor temporada para abrir su negocio, cuando el ladrillo demora en secar y los compradores de las ferreterías están haciendo cola con sus camiones esperando el producto.

Nos despedimos. Insisten en pagar los cafés. Me dicen que cuando el negocio esté funcionando me llevarán para verlo, y será un día especial. Aunque les he pedido que lo tomen con calma, se van por la avenida Emancipación haciendo más cálculos.

Esa tarde les envío el documento a un correo electrónico que no saben usar solos. Pero sus hijos los deben ayudar. Me inquieta haber contribuido a poner nuevas esperanzas donde ya han muerto tantas. Pero los ladrillos, sólidos, rojos, calientes, llenando camiones bajo la lluvia, me da por una vez una intuición que no me parece tan poética como otras, tan retórica, de las reparaciones.

Ladrillos calientes para el alma, escribo en un papelito. La frase definitivamente, no pega.


9

La consulta ha sido un fracaso. Como tantas otras veces me ha pasado, no puedo tomar en serio a esta doctora. Y eso que es agradable y se ve que es inteligente. Me preguntó muchos detalles sobre mi niñez, mis padres, mis recuerdos antiguos. ¿Cómo no se da cuenta que esto es aburrido, que decirlo no hace la diferencia, que ya lo he contado tantas veces? Pero quiere encontrar en mis tragedias la causa de mi cansancio anodino.

Empecé con algunas verdades pero terminé inventando un universo de desgracias. Para que tuviera el suficiente material y pudiera corroborar su ciencia. Siempre busco complacer a la gente, por cortesía. Es un poco estúpido pero así es. Ya con los traumas ordenados y en fichas, me dio una vieja receta nueva. Al final, sólo necesito ese papel. El fracaso no es total.


10

Esperando en la salita de este nuevo consultorio, he conocido a la mujer de mi otra vida. Ojos negros y profundos, pelo desbaratado, algunas canas, de unos treinta años, quizá más. Mira a la ventana con obstinación, casi sin un parpadeo. Está vestida de colores vivos, un poco como yo. Puedo ver su cuello delgado, su blusa, su pecho pecoso, su falda corta, sus medias rojas, todo casual.

Antes de entrar a su cita me observa, se detiene y me pregunta qué tomo. Le respondo. Me menciona su dosis de antipsicóticos. Es absurdo, pero me da vergüenza no estar a la altura de su problema. Se acerca mucho, huele suave, como a leche, a marshmallow. Me mira a los ojos unos segundos, concentrada, como si estuviera buscando algo que ella sabe reconocer.

Vete, me dice al entrar al consultorio. Y desaparece, rauda, mostrándome un último trocito de su falda verde, arrugada, pequeña. He decidido quedarme con este doctor por un tiempo. Pese a que es joven y arrogante. Sin fallar todos los martes.   





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