sábado, 6 de agosto de 2011

lugares comunes


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Esta noche moderé una mesa sobre periodismo, violencia política e izquierda. Escuchaba atento a mis dos invitados, cada uno contando y reflexionando con mucha soltura, como otros comen y beben. Los jóvenes universitarios, desde las bancas, escuchaban atentos la sabiduría de estos viejos militantes de la izquierda. Hay una diferencia de cuarenta años entre el auditorio y los ponentes. Al final todos quedaron contentos, algunos chicos hasta se tomaron fotos. No puedo dejar de pensar que es cómo pararse al lado de unas reliquias. Sobrevivientes de una era completamente otra. Unidos un momento por las palabras con todos estos jóvenes, aunque el idioma no sea exactamente el mismo. 


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Desde hace mucho tiempo, en los trabajos que he tenido, repiten mucho que hablar cura las heridas del alma. Es una metáfora simplona pero con éxito entre la gente de buena fe. Pienso en el escorbuto, en las tripulaciones agobiadas hasta la muerte cruzando los océanos hace sólo un par de siglos. Si tus encías sangran, hablar debe ser doloroso. Supongo que esta imagen es demasiado cruda para tener buen suceso en las oficinas.


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En países como este, que ya han pasado por su guerra, sus largos años de olvido, su dictadura y su comisión de la verdad: que han impulsado un puñado de juicios y la progresiva burocratización de la justicia y la reparación, a la larga indetenibles, los grupos intelectuales muestran cierta ansiedad.

Se suele escuchar en talleres y conferencias cosas como “el informe de la comisión de la verdad sólo es un índice que debemos llenar”, o “hay que profundizar en el tema de la memoria”. Y aunque esto me parece razonable, es como si llevara dos o tres décadas de retraso. Muchas víctimas han pasado a otros temas, o han muerto o están muy ancianas. Pero hay que ir a rescatarlas de la amnesia o del atraso.

Hay un cuento de Asimov, el de los monos alienígenas, que vigilan y esperan que los terrícolas nos matemos para llegar con su ciencia a descontaminar, rescatar sobrevivientes y mejorar la nueva sociedad. Ellos están convencidos de ser la raza más bondadosa del universo. Pero el terrícola, un tipo corriente, que cogieron para analizar, les dice “son buitres”.

Esta noche que estoy sentado en la sala de la Universidad Católica, oyendo a los técnicos de la justicia transicional hablar con tanto brío, veo una tecnología que comparto, pero que muy en el fondo, me parece envilecida. Toda una disciplina y sus expertos constituyéndose pulcra, para ir tras los pueblos que se han matado en exceso.  


  

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