lunes, 8 de agosto de 2011

lugares comunes



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La feria del libro de Lima no es ni chicha ni caviar, ni culta ni popular, una mazamorra con luces blancas que no tiene identidad y que más que un laberinto, es un simple desorden. Como haber juntado cientos de bodeguitas que venden sus panes y fideos, muy pegaditas, repletas de clientes que no pueden detenerse a mirar mucho la mercadería porque todo es angosto y a cada momento está el riesgo de tropezar o tumbar algo.

Claro que igual, pese a que los precios son caros y a que no hay eventos, conferencias o conciertos que valgan gran cosa, vamos. Y compramos. Porque no pasan muchas cosas de este tamaño en Lima. También porque hay todavía tanto provincialismo, que pasear por la feria con las bolsas nuevas, la montañita de libros y el aire de ilustrado, da cierto “caché”. 

Dos cosas sobre todo, desconcertantes (o quizá no, más bien sólo vulgares). Este año se conmemora el centenario del nacimiento de José María Arguedas, escritor que muchos sienten como una clave, compleja, de nuestra identidad siempre prometida. Pocos meses atrás, Mario Vargas Llosa, quizá el peruano más reconocido en el mundo, recibió tras largos años de vaticinios frustrados, el premio Nobel de Literatura. Vargas Llosa y Arguedas, casi cara y sello de una polémica moneda que nos describe, divide y une. Pero la feria se inauguró con la presentación de un libro menor, de un muchacho de la televisión, como a propósito puesto para calzar en el estereotipo del argentino de escándalos fáciles, prosa y verso también, fáciles y abundantes.

En esta feria prácticamente no se ofrecían libros de Arguedas, se podían encontrar preguntando, algunas ediciones antiguas (Todas la sangres, la de Populibros), por allí un solo stand casi invisible, que se amoscó y tenía Los ríos profundos y El Zorro de arriba y el zorro de abajo, pero de muy mala factura. Se programaron un par de eventos marginales. Nada, casi nada más. Sobre Vargas Llosa, menos aún (igual él vende solo).

Dicen que es la feria del libro más exitosa en la historia de Lima, por público y por ganancias. Debe de ser. Pero no tiene corazón. Sólo es un supermercado de libros. 



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