miércoles, 10 de agosto de 2011

lugares comunes



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Los investigadores tienen buenas intenciones, van por los excluidos. Los excluidos, pese a las frustraciones y a la desconfianza, terminan por acudir a la cita con los investigadores. Y les entregan sus palabras, sus recuerdos, sus temores. Les revelan incluso sus secretos, algunos terribles, donde habita contrahecho, un crimen.

Luego se despiden y continúan sus vidas, cada quien en su lugar. Unos en sus universidades u ONG. Otros en los mismos pueblos donde habita su memoria revivida.

También las palabras grabadas se van, a ocupar algún lugar en un libro, en una conversación entre colegas (en inglés o alemán), en una conferencia, en un aula llena de jóvenes sorprendidos, en una biblioteca donde otras miles de voces callan de otra forma, más ordenada, catalogada y limpia.

Los crímenes secretos, las historias de la guerra que comparten en una comunidad de culpas, muchos pueblos, también siguen sus rutas, ya libres, ya escritas, ya nunca más, secretos. Nadie puede controlar el camino de esa nueva información.

Pero un crimen descubierto siempre vuelve vulnerable a los autores. En el afán de ganar reconocimiento, de recuperar memorias, las comunidades que hablan, las personas que hablan, pueden perder. De diferentes formas (también puede ser, es muy posible, que no pase nada).

Por eso la gringa Karla me cae bien. Como otros, toma las precauciones tradicionales: cambia nombres propios, modifica algunos datos directamente incriminatorios, cumple estrictamente el protocolo ético de su centro de investigación. Pero hace más: deja en la sombra el lugar de los hechos. Y esto ya parece demasiado a sus colegas, que quieren saber la verdad, y ésta necesita de contextos reales, no de regiones imaginarias.

Pero ella se resiste aún. Acabará por ceder a los usos y exigencias de la academia, porque además, todos los otros investigadores conocen en qué zona ha trabajado, así que “para qué tanto misterio si ya todos sabemos”. Pero esa batalla que está dando consigo misma, a veces confusa, en su entreverado espaquechuagringo, merece más atención.


(*) Como escribiera Scorza “para proteger a los justos de la justicia”, en coherencia también, al dilema acá esbozado, hemos cambiado el nombre, no el espíritu, de la gringa Karla.

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