viernes, 19 de agosto de 2011

lugares comunes



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“Ella me anima a hacer cosas”, dice el Musmuki, comiendo rápido su tamal caliente, pues debe volver al Ministerio y luego, horas después, viajar a alguna provincia a atender un conflicto social o dictar algún taller, viaja tanto que ya no sabe bien a qué. Los amigos se reencuentran luego de buen tiempo y se ponen al día entre bromas, resumiendo sus vidas de los últimos meses.

El “Musmuki” ha dejado de tomar, de comer grasa, de fumar hierba, ha bajado de peso, tiene planes y se ve contento. Ya no repite esa rutina que practicaron juntos por años, de largos fines de semana en los bares cochambrosos del Centro de Lima. Ella lo anima a hacer cosas y a dejar de hacerlas.

“Era una reunión en un municipio, oe Negro, más lejos, que ya no puede quedar algo más allá. Estábamos todos, con el alcalde y los dirigentes del Frente, ya por firmar el acta. Y no sé cómo se enteraron afuera que había dos representantes del Ministerio y la gente vino a lincharnos, así, por las huevas, porque es costumbre nomás. Agarraron a ladrillazos la puerta. Yo me quedé un momento como queriendo pasar piola, como diciendo soy canchero y ‘es sólo un incidente’. Pero el alcalde me dijo, qué haces, corre huevón que van a tumbar la puerta. Así que nos escapamos por atrás, trepamos una tapia y saltamos. Una chica, ágil, me ayudó a trepar y me dijo ¡apura!”

Era ella, que había ido representando a una empresa consultora a la reunión. Desde ese escape de las manos del pueblo no dejaron de salir, hasta ahora, que ya llevan 6 meses viviendo juntos. Los amigos se abrazan, se golpean un poco a la vieja usanza, y quedan para salir en parejas.

El último informe de la Defensoría del Pueblo sobre conflictos sociales no tiene su estadística completa. Le falta un evento que empezó en un remoto distrito de la sierra cuzqueña y que permanece aún en estado latente, en un pequeño departamento del barrio limeño de Chorrillos.


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