miércoles, 24 de agosto de 2011

lugares comunes



21

Eran adolescentes, flacos, misios. Se conocieron en la cola para recibir su constancia de ingreso a la universidad. Así que ambos fueron los primeros amigos que tuvieron cada uno en la facultad. Hablaron de Sendero, de ajedrez, del mundial de fútbol, de política, de los Beatles, de historia, de flacas, de libros, de literatura, de sexo, del Alianza y el Municipal, de las barras bravas y el estadio, por horas. Casi los mismos temas que discutirían por años, como si retomaran siempre la misma conversa suspendida, el mismo duelo verbal.

Tano sabía más, era más agudo, con más calle, hablaba inglés (lo que era rarísimo entonces), mucho menos enredado por dudas y complejos que Jota. Devoraba biografías, se prendía de History Channel (las batallas, la épica), releía las novelas del siglo XIX. Se afanaba con todo lo que le pareciera “noble” y se declaraba abiertamente de derecha y conservador, desafiante pero no político, en el San Marcos burdamente zurdo de inicios de los noventa. Defendía al Papa Juan Pablo como un guardia suizo. Y a Vargas Llosa, el odiado. Y no lo tomaba a broma.   

En algún momento Tano lo llevó al Jota a explorar la enorme discoteca de su medio hermano. Cientos de discos compactos nuevecitos, objetos raros, brillantes, conteniendo lo que parecía todo el rock del mundo. Algo totalmente fuera de sus mundos del sector económico E. Grabaron muchas cintas de casete, con antologías que pasarían de mano en mano entre los amigos. Aún parchadas, arrugadas como acordeones, sobreviven algunas (*).

Se emocionaron escuchando y buscando información sobre los Traveling Wilburys, con esa sensación medio avara de estar escuchando algo que pocos conocen. Pero también, luego, con las ganas casi compulsivas de compartir con los camaradas, escuchen carajo, esta es buena, qué es eso, cállate y escucha mierda, qué es esa huevada, ya van a empezar estos gays con sus mariconadas, escucha carajo aprende algo, ya ya a ver pon pues tu basura (…) Oe Tano no jodas mejor pon Pedro Infante o Ivan Cruz, oe borracho no te das cuenta que se han juntado Dylan y Harrison y Lynne y… Y tu mamá. Y Roy Orbison ignorante. Y esos quiénes son, en qué equipo juegan. Mejor pon Chacalón y chupa nomás. No, escuchen un rato carajo.

Tras varios años de sobrevivir en Lima, trabajando de lo que sea y ganando una miseria, Tano se fue de ilegal a España donde se puso a trabajar igual, de lo que sea, de guachimán, pero ganando más. Lo suficiente para mandar para la casa y la mamá.

A veces llama a Jota, irrumpiendo en las noches de Lima, para seguir discutiendo de lo mismo, para burlarse por el Municipal que bajó a segunda división y luego a liga de barrio, porque se aburre a morir dando vueltas a los condominios que vigila por las huevas de madrugada, porque acá no roba nadie, y así, por largo tiempo, como siempre pero viejos, preguntando por los de la promo.

Tano, el mejor guardia de Europa, el que ha leído mejor y con más pasión a esos poetas aburridos de España, el que duerme en una caseta fría de Cataluña soñando quizá con el re encuentro de los Beatles o con la última fuga, la definitiva, a través de todo el océano hasta Lima, de su héroe el invencible Papillon.  


(*) Todavía sonando, trabándose, este casete en su lado A: Sultans of swing, Heart of gold, Against the wind, The tunnel of love, Go your own way. Lado B: Heading for the light, I want back dawn, Like a rolling stones, Layla, Handle with care.       

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