jueves, 29 de septiembre de 2011

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32

Le cuento a la doctora lo de las canciones tristes.

Ella es todo optimismo. ¿Cuántos años tendrá? Se ve joven. ¿32, 33?, no muchos más. Se arregla el pelo, negro, brillante, con unas canas amarillas por allí flotando en su enredadera. Acomoda sus lentes de marcos negros. Me habla como si hablara con su pata del barrio. Mira, es normal que las canciones tristes o las baladas nos pongan melancólicos a todos. Para eso son, ¿no? Pero lo que pasa con algunos como tú, que están falladitos, es que se han hecho un hábito y lo usan para sentirse mal. Ni se dan cuenta. Solitos se encadenan las cosas para que acaben sufriendo. ¿Entiendes? ¿Quieres una empanada? Es que no he almorzado hasta ahora.

“Falladito” me dice, con una inclinación graciosa, como un saludito oriental, y se le cae la empanada en la falda. Y es como un click. De pronto se ríe, se ríe, no se puede aguantar más, se carcajea con todo su cuerpo. ¿Cómo era? -dice asfixiándose- ¿cómo era? que le llamaban Manuel… que murió en España… y ese niño Luchín… ay dios, que joda no pues, cómo te van a cantar esas huevadas para hacerte dormir. Pobre niño ay mi diosito.

Y se siguió riendo un par de minutos, hecha un chorro de lágrimas, mocos y rubor. Lo malo es que luego fue un terrible rato de pedido de disculpas, de nunca me pasó antes, de avergonzarse por su maltrato. Y yo, nada, que no ha pasado nada, también yo me he reído. Quién no, con esas canciones, con eso de “no hay extensión más grande que mi herida” para arrullar chiquillos, a quién se le ocurre. Y fue peor, porque se volvió a reír. Pero ahora era una risa fea, como un hipo. Con sus manos tapando su boca culpable.

Una tontería. Yo quería seguir con las sesiones pero ella ya no. Y las pocas que habíamos tenido habían sido tan agradables. Eso fue hace tantos años. Hace una semana me la encontré a la salida de un cine en Miraflores, quise saludarla, pero giró y se puso a mirar una vitrina vacía. En fin. Todo por la culpa de Serrat y Víctor Jara. Esos, los favoritos de mi madre cantadora.


miércoles, 28 de septiembre de 2011

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31

Una fiesta organizada por El Partido, a menos de dos meses de las elecciones. En plena campaña veraniega a todo vapor y sudor. Es un evento colorido, con militantes y simpatizantes de provincia, que han llevado a sus familias a comer, bailar y ver a los famosos. Hay un animador profesional, un representante de la dirigencia nacional y varias cantantes folklóricas que inundan de ande y  fuerte volumen el recinto de Los Olivos.

Y los candidatos van apareciendo, desfilan, sonríen, reparten saludos, regalan polos, gorros, banderines, los más pitucos todo un kit de bolso con vasos, lapiceros, gorros… pero los polos son, de lejos, el bien más preciado. La joya de las elecciones. 

El 36 no tiene nada que regalar y sus muchachos reparten volantes y hacen contactos para luego visitar a los comités de campaña en todos los distritos. Esas famosas “bajadas a bases” tan pesadas pero que también son descubrimientos. Su presentación en la fiesta sería un total fracaso, pero lo salva que sea un hombre de la tele. Lo reconocen, la gente se quiere tomar una foto con él. Además, en esta fiesta ancashina, es un paisano. Y el cariño así corre mejor.

Va pasando de mesa en mesa, saludando, brindando, entre bromas y apretones de manos, convenciendo de marcar el 36 para el Congreso de la República. Allí se entretiene a gritos, abrazos y cervezas.

Pasado un buen rato, el organizador del evento, viejo zorro de las campañas políticas se acerca a su jefe de campaña, tan inexperto como el candidato en este nuevo mundo de la política real. Lo lleva aparte y le instruye, rápido, con buena fe, con una inexplicable buena fe:

“Qué haces acá –increpa- Mira donde está el hombre. Sácalo de allí. Qué hace chupando con esos borrachos, esos no importan. Llévalo donde las mujeres, ellas son, ellas deciden los votos”.

El jefezuelo de campaña mira, ahora de otro modo, hacia las mujeres. Allí están, ancianas, señoras, muchachas, jóvenes, esperando sentadas en sus sillas de plástico blanco, aburriéndose y viendo a sus esposos comprar cerveza tras cerveza. Esperando que los invitados famosos les brinden atención.

Minutos después el 36 baila con energía con una mancha de damas, que agradecen el reconocimiento. Van y vienen huaynos y se lo disputan en pareja, en ronda, lo adornan de serpentinas, lo rodean, ahora sí fiesta, zapateando tomándolo del brazo, abrazándolo, dándole consejos, tarjetas, prometiendo apoyos. Acogido.

Y ellas se llevan los pequeños volantes, los guardan en sus bolsos, carteras, bolsillos, corpiños, dicen cosas como “iba a votar por el 5 o por el 15 o el 2, pero ahora el otro número será el 36”. Y suenan sinceras. Aunque faltan dos meses. Y de esta noche a la tarde frente al ánfora, hay varias fiestas por delante. 

 (*) Vineta de Juan Arguelles, en Pavada de Tinta


jueves, 22 de septiembre de 2011

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Acuarela de Lizette Insunza "Sola frente al mar".



30

Ella caminó por la playa. Serían las 12 de la noche. Pensó que sus hijos iban a esperarla en vano para cenar salchipapas de a sol cincuenta y discutir de política antes de dormir, como era costumbre. Le hubiera gustado avisarles que no llegaría, pero cómo.

Miro hacia abajo, vio la arena, la espuma que llegaba y se iba, sus pies. Sintió los disparos, los tres en la espalda, como las palmadas de un amigo que se ha esperado mucho.

Se tendió junto al mar, respirando fuerte, pensando en su mamá y en cuánto la extrañaba, con sus canciones y sus remedios de hierbas, respirando aún, mal, mal, una pantomima de respirar. Y en sus hijos. Y la angustia súbita.

Y por primera vez ver la sangre corriendo hacia el océano, abandonándola. Desaguándola. Acabándola. Respiro más. Más. Como sea. Respiró apenas.

“Los crié para esto”. Como si alguien le hubiera soplado el pensamiento en la oreja, bajito. “Ellos comprenden”. Y entonces de nuevo la calma. Y ver que su sangre no la abandonaba, que el océano la acogía sereno, para ser en la mirada de sus descendientes.

Y no cerró los ojos para verlos también. Y por fin, no respiró más.


domingo, 18 de septiembre de 2011

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29

Esa noche, al fracasar, supo que estaba fracasando muy profundo. Sentía que en el futuro no sería fácil encontrar a alguien que sintonizará tan bien con él, con quien se sintiera tan cómodo, lo conociera, lo perdonara y lo quisiera igual.  

Jean era sencillo, un lúcido europeo que comía ensaladas, contaba chistes que no hacían reír y por eso eran graciosos, un tipo de treinta años que creía en el aparato del desarrollo mundial, aunque sin ingenuidad. Su carrera estaba por allí, en alguna de las grandes agencias humanitarias, así que seguiría viajando. Perú era una escala y ya vendrían Somalia, Irán o Guatemala.

Carlos era un cholo de veintitantos comedor de chifa. Su experiencia lo había decepcionado de la gente y su educación toscamente marxista colocaba en el rincón de las sospechas cada proceso que sonara a poderes mundiales. Pero le quedaba un pedacito de fe para seguir trabajando en  derechos humanos suspendiendo su sentido crítico. Y en parte por eso se llevaban tan bien. Porque ambos perdonaban al otro o su fe o su escepticismo, pero en el mismo lenguaje.      

Por un año fueron inseparables. Se contaron lo más personal y lo más público. Trabajaron, fueron al cine, al teatro, a correr, a montar bicicleta; se quedaron horas viendo televisión; se quedaron dormidos luego de gemir sus desgracias, sus miedos; se quedaron noches y madrugadas bebiendo pisco y atendiendo como mejor podían (por lo general, simplemente escuchando) sus respectivas angustias. Fueron dos desadaptados, cada uno con su estilo y su motivo, acompañándose. 

Jean temía un futuro solitario, ocultando su homosexualidad porque la burocracia europea aún era hipócrita, porque conocía la suerte de otros funcionarios, viejos y gastados por una historia de máscaras o dobles vidas. Recibió una respuesta laboral excelente, que había aguardado mucho. Le dijo a Carlos que quería que viajara con él. Carlos no quería esa separación, no quería su vida empobreciéndose sin Jean. Y por eso cerró los ojos y apostó todo a sentir. Ojalá, pensó, ojalá.

Pero el beso no fue posible. Carlos lloró, porque lo había intentado, pero sabía que no podría ser la pareja de Jean, que no podría acariciarlo ni hacerle el amor. Que era un simple macho unidimensional. Jean lloró porque comprendió que de nada valía el amor que se tenían y porque tendría que irse otra vez, solo. Y se fue.

Tiempo después Carlos escribió algo de esto en un cuento funesto. Allí puso cosas como: “de modo análogo a la queja de Salieri, para qué puso Dios ese amor dentro mío si no me dio el don para cantarlo”. Y acabó el relato con esta joya de lo cursi: “el amor de su vida había sido un hombre, pero él no había podido ser gay. No todos podían ser perfectos”.

Ahora ya no escribe prosa porque fue conociéndose mejor. Ha tenido novias, las ha querido. No sabe si finalmente fue cierto eso de no poder encontrar a alguien tan compatible, que lo quisiera igual que Jean. En realidad cree que no fue así. Pero lo pensó entonces, hace tantos años. Y sonríe al recodarlo, porque lo importante es que en ese momento, al pensarlo, fue cierto.


viernes, 16 de septiembre de 2011

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Edmundo Camana.
Foto de Óscar Medrano. Revista Caretas N° 2022  



28

Lo que quise decir en el seminario de ayer fue esto:

Una foto emblemática de la violencia, como la del señor Camana de Lucanamarca, tiene una ruta, guiada por sus propias reglas, que tienen que ver con el circuito cultural, el afán de conmemorar de las instituciones, las necesidades políticas y hasta la estética.

El señor Camana también tuvo su propia ruta, paralela a la de su famosa foto. Paralela e inversa. La foto se convirtió en el centro simbólico de la muestra Yuyanapak y por ello, de lo más visible del discurso que dejó la Comisión de la Verdad. El protagonista de la foto pasó a un nivel de invisibilidad sólo comparable al de la muerte: su nombre fue cambiado (así que por años su foto no fue su foto), migró a un lugar desconocido, la CVR no recogió su testimonio y nadie más supo de él por un cuarto de siglo.

Existió para lo público, como ciudadano, sólo en dos momentos accidentales y sin prestigio. Cuando le tomaron la foto en 1983, destrozado, y cuando murió en la miseria y su familia intentó usar la foto para obtener algo de provecho.

Las fotos no son las personas y no deben ser tratadas con inocencia. No son las cosas retratadas, tienen sí la cualidad de generar un efecto de realidad que debe ser analizado y contextualizado.

Siento que una de las cosas más perversas que pueden suceder en estos procesos de memoria es lo que sucedió con Camana. Que su imagen deje de pertenecerle, sirva para que otros jueguen el baile de los derechos, hagan activismo o arte o investigación o periodismo, que pase a ser un símbolo poderoso, mientras el personaje real, nada simbólico, de modesta carne y piel, agoniza abandonado.

En este caso, me cago rotundamente en la madre de todos los símbolos (*).


(*) Las rutas de Edmundo Camana y su foto finalmente se cruzaron. Primero el 2008, cuando Oscar Medrano, el periodista que lo retrató en 1983, lo buscó para demostrar que su foto no era falsa (y le volvió a tomar otra secuencia de fotos). La segunda vez, cuando murió esta vez sí de verdad, el 2009 en el Hospital Militar, donde lo internó el congresista Núñez, un negacionista barato, que lo quería usar para atacar a la CVR.


jueves, 15 de septiembre de 2011

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27

Cómo puedo vencer este sueño que se come mis días, que se los mastica, los acaba. Duermo tanto, y cuando no duermo, estoy apenas medio activo, deshuesado. Con ganas de escaparme para ir a dormir.

Quiero sentir completamente, sentirlas bien, respirar hondo las cosas corrientes, caminar por las calles húmedas, comprar pan, sacar al perro, correr por el parque, trabajar, ver a los amigos, ir al cine, leer. Y lo hago. Todo. Quién lo diría. Pero es como si cada día fuera un milagro endeble, como un espejismo. Con mucha frecuencia solamente duermo. Y me siento culpable porque cómo retroceder luego.

Esta semana he roto todos mis records y un par de días no salí de casa (todo lo que podría producir de ser normal, me dice mi yo castigador, y es una angustia escucharlo, así que un yo que defiende bien, como un líbero certero, un Beckenbauer mental, lo mantienen a raya).

Pero como si fuera alguien más que me dirige sin darme cuenta, también he ido a varias reuniones, a una embajada, he moderado un par de eventos, he escrito un poco de todo, he visto una bella película de Tornatore, he conocido a un nuevo cantante. Así son las cosas, incoherentes pero ciertas. Porque ahora estoy despierto y escribo. Pero pronto dormiré y no sé hasta cuándo.

Porque dormir no es un placer, es un estado del yo. Un estado de miedo al tiempo que corre. Que sobre todo, al correr no me incluye. O me incluye como un ciudadano de segunda categoría.   

Leo lo que acabo de escribir y me siento avergonzado. Me pregunto qué quiero generar, pena, empatía, que me regalen un colchón paraíso. ¿Sonaré como esos dandis de inicios del siglo XX, que se desmoronaban en melancolías huachafas y se esforzaban por sonar decadentes y abúlicos porque era el modo de ser intelectual?

Como sea y como suene, el sueño no me da, viene conmigo, endémico, maldito.

Malditas buenas noches.   



martes, 13 de septiembre de 2011

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26

En la puerta del mercado, tomando impulso. El Candidato y sus amigos intercambian un par de bromas, se dan aliento, esperan a ver si llega alguien más del grupo para hacer mancha. Tienen un paquete de volantes, unas banderitas amarradas a tubos de plástico y un par de cientos de cajitas de fósforo. Luego de un rato está claro que no va a llegar nadie más. Así que el Candidato toma aire: “hay que hacerlo, de una vez”. Se mete una tremenda raspada de garganta, típica en él, sonríe, y entra. A la vida real caliente y apretujada de un nuevo mercado de barrio.

Algunas personas lo reconocen, de la televisión, lo saludan; otras lo miran con escepticismo, “uno  más que viene a palabrearnos” se lee en sus sonrisas de compromiso mientras dicen “deje allí el volantito, sobre la yuca”. Así se pasea la comitiva una hora, sin pensar mucho. El Candidato hace chistes, gesticula, se deja llevar, dejando de lado la vergüenza, la sensación de estar haciendo de payaso, el pudor de ser vendedor de sí mismo.

“¡Hey, regalen polos!”

Rodeados de gatos, de moscas, de sudor flotante, siempre pasa lo mismo. Gorros, encendedores, chalecos, eso piden los electores. “¿Qué regalan?”, gritan las señoras acercándose, apresuradas, ganándose entre ellas. Pero luego se decepcionan “estos no regalan nada”, se quejan, otras, más bravas, reclaman: “siquiera algo trajeran para la gente, a hablar nomás vienen, otros sí traen cosas.”

Nada, ellos no regalan nada, su campaña es miserable. Así se suceden los mercados por algunos meses, una fila interminable de mercados limeños, como escaleras en una ruta cochambrosa hacia el ilustre parlamento republicano.

Al final, contados los votos de la derrota, el verano les deja una lección sobre moda cívica: sin polos no eres nada. La democracia se mueve de mano en mano, en una cadena que la produce (la teje), desde los talleres textiles de Gamarra hasta los hogares humildes, donde visten a un niño, uniforman a un pelotero o calientan a un perrito peruano con o sin pelo, pero ya menos calato, con su 36 bien grande estirado en el pecho orgulloso. 


miércoles, 7 de septiembre de 2011

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25

Los psicólogos (y similares) llevan largos años trabajando sobre los efectos de la guerra interna. Han llegado con sus prácticas, elaboraciones, talleres, cuestionarios, dibujos, test, grupos de ayuda mutua, espacios de memoria o consultas, a los barrios, las comunidades, las organizaciones de afectados. Muchas instituciones pasaron de un supuesto enfoque clínico a uno comunitario sin haber aplicado a fondo ni lo uno ni lo otro. Pero han adornado los archivos de libros elegantes.

La gente no ha dejado de pedir ayuda. Porque las pesadillas continúan, y el dolor de cabeza y de útero, y los insomnios y la angustia, la sensación de sufrir daño, de tener el cuerpo podrido y la mente loca, los descensos de colores y los tumores que sienten como señales de sus males en la cabeza. Pero muchos, si se les recomienda que vayan a una ONG especializada, se espantan.

Tantos clichés, tantos trabajos superficiales, tantas intervenciones sin control. Debería existir un ISO para los trabajos de derechos, especialmente para los que tienen que ver con algo tan profundo como el alma y la mente. Hoy los pueblos están regados de “pacientes” que un día fueron, antiguos beneficiarios de proyectos ahora abandonados por la ciencia, pero que aprendieron el idioma de los traumados del mundo.


Viñeta en The Rut


lunes, 5 de septiembre de 2011

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24

¿Cuántos buitres? ¿Se están comiendo a los campesinos tirados en el río? ¿Son trescientos, los están desapareciendo? Con un rostro desencajado, una mujer activista de derechos humanos grita por el teléfono. Del otro lado de la línea, su contacto desde la lejana provincia parece que le informa sobre montañas de muertos, cuerpos quemados, cadáveres arrojados al río, sobrevivientes asesinados en el hospital, gente comida por aves carroñeras.

En la reunión de emergencia en la oficina, ella demanda denunciar el genocidio, exigir al gobierno la derogación de las normas controversiales, apretar ahora en la coyuntura. Es el momento de salir con la pata en alto.

La situación es grave y tensa. El jefe a cargo, K, un tipo culto, de ánimo sereno y dialogante, pregunta por fuentes, pide detalles, cruza información, muy preocupado, pero sin perder la calma. Pide que se llame a los contactos de la Defensoría del Pueblo, a las instituciones aliadas, a los amigos periodistas. Su posición es tajante aunque transmitida en un lenguaje cortés: no haremos nada que ponga en mayor riesgo a la gente, lo primero antes que señalar culpables o atacar al gobierno, es hacer lo poco que se pueda para detener la violencia. Como sea. Y llama al equipo a poner todas sus capacidades para ello.     

Lo interrumpen con reclamos furiosos. Hace tiempo algunos en la oficina y fuera de ella, en el colectivo de derechos, lo desprecian secretamente, lo llaman liberal (como si fuera una mala palabra), pusilánime (porque no saluda cada toma de carreteras automáticamente), ingenuo (porque se rehúsa a caer en la polítiquería mezquina de las ONG). Pero aunque resiente estos golpes, K no se somete. Tiene el respaldo del jefe y de sus colaboradores más cercanos.

Aquella tarde termina de dar sus indicaciones: escuchen, acá en Lima los rumores son sólo palabras, pero en la zona son como gasolina, pueden matar gente, seamos rigurosos. Vuelve a ser interrumpido con histeria ¡Pero los están arrojando al río! Él responde con amabilidad a los gritos: alertemos que existen estas denuncias, enviemos los datos a las autoridades y corroboremos por nuestra cuenta. Y concluye: recuerden, en crisis como estas, el tratamiento de la información puede ser cosa de vida o muerte. No seamos irresponsables.

A las pocas horas los reportes de primera mano desmintieron la versión apocalíptica. Luego se pudo conocer la real dimensión de la tragedia, moderna en su peor forma, una negligencia criminal de autoridades racistas, su desprecio premiado con muertos bajo arma de fuego y golpe de machete.

Tenía razón K pero no había nada que celebrar. No sólo era por la crisis. Había chocado con una cultura que creía ya casi extinta. Una radicalidad lujuriosa, de machacar en caliente. Aquel día (y luego otros) algunos activistas parecían ansiosos de una causa que justificara sus propias necesidades de revancha, de confrontación, de muertos que echarle en cara al poder. Y había en ellos algo temible, como si pudieran ser capaces de todo por agitar su justicia, su versión oscuramente superior de lo justo.


viernes, 2 de septiembre de 2011

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23

Un día notable. Aprovechando el feriado, fuimos por un perro. Algo muy discutido y postergado por años, pues el departamento que compartimos con mis hermanos y mi sobrino es pequeño. Pero un relato sobre unos perros abandonados, más unas fotos del FB, nos movilizaron.

Fuimos en mancha. Yo tomé por primera vez el Metropolitano. Me pareció que dentro de estos buses la cultura combi cedía. Se sentía amplitud, limpieza, no había prepotencias. Como si bastara cambiar de recipiente para que los limeños también cambiaran un poco. Y  llegamos con rapidez al Cono Norte.

Cogimos un taxi hasta la referencia que nos dieron por teléfono: avenida Canta Callao, cruce con Izaguirre, frente al Grifo Petroperú. Buscamos un buen rato la dirección en un barrio sin urbanizar, sin agua potable, colmado de polvo seco. Tocamos la puerta de un caserón destartalado. Aullidos, ladridos, gruñidos, sin duda, ese era el Albergue Marlene. Confieso que un personaje que cuida 60 perros y 20 gatos en un sitio tan precario, me hacía  esperar alguien un poco tronado.

Nos quedamos unos veinte minutos, asistiendo por una ventanita cómoda y pasajera a la vida ruidosa, alocada, olorosa y carente de todo del albergue. Con los perros buscándonos las manos para lamerlas, queríamos llevarnos dos, tres, cuatro (la sensación es que hay que salvar. Y ese mandato es poderoso). Pero Finalmente recobramos la razón y cogimos el cachorrote que había estado enfermo de neumonía, el nuevo Jaky de la casa (*), un tranquilo perro mestizo. No chusco, nada de chusco acá. Mestizo.

Marlene dedica casi todo su tiempo y dinero a cuidar a los animales abandonados. Nos cuenta rápido algunos detalles de su vida cotidiana. Y no habla como mártir ni pidiendo medallas, es práctica, quizá incluso, algo fatalista (“ya que puedo hacer, ya no puedo dejar esto, qué voy a hacer”). Necesita arrocillo (el arroz más molido y barato), menudencia, comprar agua, medicinas, vacunas. “Pero sobre todo que adopten, que se lleven los perros”. Mi hermano la graba un poco desde su celular.

Golpea el suelo a cada momento con una rama de árbol de metro y medio, con la que procura hacer algo de orden. “Hice lo que pude por ti” le dice a Jaky, al despedirnos. Y la dejamos con su rama en la mano, el pelo desordenado, la ropa sucia, la voz cansada, peleando y renegando con los perros, jodida, toda ella como un ejemplo de la diferencia abismal entre un activista buena gente y alguien que se metió al fondo del abismo. Dejándome la intuición de que cierta santidad es posible, pero que no es algo magnífico, de milagros ni levitaciones, sino algo casi vulgar, asunto de gente imperfecta, con su pizca de locura, la necesaria para amar de un modo fatal y absolutamente entregado.  


(*) Desde que somos pequeños, nuestros perros se han llamado igual. Una larga cadena de Jakys con algo de destino trágico. Esta es la primera hembra. 


jueves, 1 de septiembre de 2011

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22

Cerca de la una de la mañana. Por fin llega a la primera cuadra de la avenida Riva Agüero. Agotado, quisiera cerrar los ojos y teletransportarse al cuartito que sus tíos le prestan como alojamiento hasta que termine de estudiar. Pero todavía faltan unas cuadras.

Ha caminado desde la universidad porque no le alcanza para los pasajes. Ya está acostumbrado pero hay noches más pesadas que otras. Piensa vagamente en la importancia de los zapatos cómodos, cómo no se los valora realmente hasta que no se tiene una rutina que implique cruzar todo Lima diariamente. Son capitales. Zapatos y medias que no se caigan y no tengan hueco en el talón.

Siempre está atento en este último tramo oscuro. Muchas pandillas circulan y hay que verlas desde lejos, indagar si vienen con ánimo de guerra y según eso, cruzar la pista o no, pero sin mostrar miedo, todo muy controlado. Uno de los rincones del cerebro piensa en zapatos y otro en pandillas y cómo seguir para adelante con el mínimo de esfuerzo, evitando a toda costa tener que retroceder, correr o pelear.

Su chica se ha cansado de sus cambios de ánimo y lo ha dejado, la universidad no ha aceptado su pedido de exoneración de matrícula, hace meses que no consigue chamba, sus tíos quieren que se vaya y desaloje el cuartito. Está de malas. Y se cae. En una zanja que por pensar en zapatos, medias y pandillas, no ha visto entre el desmonte. Se revisa. No se ha roto nada, unos raspones. Está sucio cubierto de tierra muerta a la una de la mañana en una zanja de un metro de profundidad llena de basura y caca de perro en un barrio marginal de El Agustino.

Se levanta. Le duele la rodilla bastante. Pero sólo faltan unas seis cuadras. Se apoya en una piedra y salta hacia afuera. La calle está vacía, nadie ha visto su show. Por más patético que sea, su cerebro llega a pensar algo como “y si me duermo acá, en la zanja”. Cada día es más difícil llegar a casa de los tíos y sentir que se estorba. Esa es la disculpa que el lado digno de su cerebro prepara veloz para perdonarse su lloronería.  

Pero esta noche no podrá resolver ese problema. Debe ir a dormir. Busca algo con qué limpiarse la sangre de sus manos. Las hojas mohosas de un libro contable están cerca. Las arruga, les da la vuelta, lee: 
Debe – Haber – Saldo.

Avanza hacia el cuartito, sube la loma, pasa las canchas de fútbol, cruza el paso a nivel del tren, abre la reja, sin hacer ruido trepa por el techo para no despertar a nadie, abre su puerta y se tiende en la cama. Un rincón de su cerebro sigue en zapatillas y pies que palpitan, ahora libres. Otro sueña con una chica de ojos negros que no conoce pero que él ha fabricado para la hora de dormir. En un rinconcito menor, sigue aferrado. Debe haber saldo, tiene que haber. Ese resto.

Mañana será otro día para caminar.