jueves, 1 de septiembre de 2011

lugares comunes



22

Cerca de la una de la mañana. Por fin llega a la primera cuadra de la avenida Riva Agüero. Agotado, quisiera cerrar los ojos y teletransportarse al cuartito que sus tíos le prestan como alojamiento hasta que termine de estudiar. Pero todavía faltan unas cuadras.

Ha caminado desde la universidad porque no le alcanza para los pasajes. Ya está acostumbrado pero hay noches más pesadas que otras. Piensa vagamente en la importancia de los zapatos cómodos, cómo no se los valora realmente hasta que no se tiene una rutina que implique cruzar todo Lima diariamente. Son capitales. Zapatos y medias que no se caigan y no tengan hueco en el talón.

Siempre está atento en este último tramo oscuro. Muchas pandillas circulan y hay que verlas desde lejos, indagar si vienen con ánimo de guerra y según eso, cruzar la pista o no, pero sin mostrar miedo, todo muy controlado. Uno de los rincones del cerebro piensa en zapatos y otro en pandillas y cómo seguir para adelante con el mínimo de esfuerzo, evitando a toda costa tener que retroceder, correr o pelear.

Su chica se ha cansado de sus cambios de ánimo y lo ha dejado, la universidad no ha aceptado su pedido de exoneración de matrícula, hace meses que no consigue chamba, sus tíos quieren que se vaya y desaloje el cuartito. Está de malas. Y se cae. En una zanja que por pensar en zapatos, medias y pandillas, no ha visto entre el desmonte. Se revisa. No se ha roto nada, unos raspones. Está sucio cubierto de tierra muerta a la una de la mañana en una zanja de un metro de profundidad llena de basura y caca de perro en un barrio marginal de El Agustino.

Se levanta. Le duele la rodilla bastante. Pero sólo faltan unas seis cuadras. Se apoya en una piedra y salta hacia afuera. La calle está vacía, nadie ha visto su show. Por más patético que sea, su cerebro llega a pensar algo como “y si me duermo acá, en la zanja”. Cada día es más difícil llegar a casa de los tíos y sentir que se estorba. Esa es la disculpa que el lado digno de su cerebro prepara veloz para perdonarse su lloronería.  

Pero esta noche no podrá resolver ese problema. Debe ir a dormir. Busca algo con qué limpiarse la sangre de sus manos. Las hojas mohosas de un libro contable están cerca. Las arruga, les da la vuelta, lee: 
Debe – Haber – Saldo.

Avanza hacia el cuartito, sube la loma, pasa las canchas de fútbol, cruza el paso a nivel del tren, abre la reja, sin hacer ruido trepa por el techo para no despertar a nadie, abre su puerta y se tiende en la cama. Un rincón de su cerebro sigue en zapatillas y pies que palpitan, ahora libres. Otro sueña con una chica de ojos negros que no conoce pero que él ha fabricado para la hora de dormir. En un rinconcito menor, sigue aferrado. Debe haber saldo, tiene que haber. Ese resto.

Mañana será otro día para caminar.          


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