viernes, 2 de septiembre de 2011

lugares comunes




23

Un día notable. Aprovechando el feriado, fuimos por un perro. Algo muy discutido y postergado por años, pues el departamento que compartimos con mis hermanos y mi sobrino es pequeño. Pero un relato sobre unos perros abandonados, más unas fotos del FB, nos movilizaron.

Fuimos en mancha. Yo tomé por primera vez el Metropolitano. Me pareció que dentro de estos buses la cultura combi cedía. Se sentía amplitud, limpieza, no había prepotencias. Como si bastara cambiar de recipiente para que los limeños también cambiaran un poco. Y  llegamos con rapidez al Cono Norte.

Cogimos un taxi hasta la referencia que nos dieron por teléfono: avenida Canta Callao, cruce con Izaguirre, frente al Grifo Petroperú. Buscamos un buen rato la dirección en un barrio sin urbanizar, sin agua potable, colmado de polvo seco. Tocamos la puerta de un caserón destartalado. Aullidos, ladridos, gruñidos, sin duda, ese era el Albergue Marlene. Confieso que un personaje que cuida 60 perros y 20 gatos en un sitio tan precario, me hacía  esperar alguien un poco tronado.

Nos quedamos unos veinte minutos, asistiendo por una ventanita cómoda y pasajera a la vida ruidosa, alocada, olorosa y carente de todo del albergue. Con los perros buscándonos las manos para lamerlas, queríamos llevarnos dos, tres, cuatro (la sensación es que hay que salvar. Y ese mandato es poderoso). Pero Finalmente recobramos la razón y cogimos el cachorrote que había estado enfermo de neumonía, el nuevo Jaky de la casa (*), un tranquilo perro mestizo. No chusco, nada de chusco acá. Mestizo.

Marlene dedica casi todo su tiempo y dinero a cuidar a los animales abandonados. Nos cuenta rápido algunos detalles de su vida cotidiana. Y no habla como mártir ni pidiendo medallas, es práctica, quizá incluso, algo fatalista (“ya que puedo hacer, ya no puedo dejar esto, qué voy a hacer”). Necesita arrocillo (el arroz más molido y barato), menudencia, comprar agua, medicinas, vacunas. “Pero sobre todo que adopten, que se lleven los perros”. Mi hermano la graba un poco desde su celular.

Golpea el suelo a cada momento con una rama de árbol de metro y medio, con la que procura hacer algo de orden. “Hice lo que pude por ti” le dice a Jaky, al despedirnos. Y la dejamos con su rama en la mano, el pelo desordenado, la ropa sucia, la voz cansada, peleando y renegando con los perros, jodida, toda ella como un ejemplo de la diferencia abismal entre un activista buena gente y alguien que se metió al fondo del abismo. Dejándome la intuición de que cierta santidad es posible, pero que no es algo magnífico, de milagros ni levitaciones, sino algo casi vulgar, asunto de gente imperfecta, con su pizca de locura, la necesaria para amar de un modo fatal y absolutamente entregado.  


(*) Desde que somos pequeños, nuestros perros se han llamado igual. Una larga cadena de Jakys con algo de destino trágico. Esta es la primera hembra. 


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