lunes, 5 de septiembre de 2011

lugares comunes



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¿Cuántos buitres? ¿Se están comiendo a los campesinos tirados en el río? ¿Son trescientos, los están desapareciendo? Con un rostro desencajado, una mujer activista de derechos humanos grita por el teléfono. Del otro lado de la línea, su contacto desde la lejana provincia parece que le informa sobre montañas de muertos, cuerpos quemados, cadáveres arrojados al río, sobrevivientes asesinados en el hospital, gente comida por aves carroñeras.

En la reunión de emergencia en la oficina, ella demanda denunciar el genocidio, exigir al gobierno la derogación de las normas controversiales, apretar ahora en la coyuntura. Es el momento de salir con la pata en alto.

La situación es grave y tensa. El jefe a cargo, K, un tipo culto, de ánimo sereno y dialogante, pregunta por fuentes, pide detalles, cruza información, muy preocupado, pero sin perder la calma. Pide que se llame a los contactos de la Defensoría del Pueblo, a las instituciones aliadas, a los amigos periodistas. Su posición es tajante aunque transmitida en un lenguaje cortés: no haremos nada que ponga en mayor riesgo a la gente, lo primero antes que señalar culpables o atacar al gobierno, es hacer lo poco que se pueda para detener la violencia. Como sea. Y llama al equipo a poner todas sus capacidades para ello.     

Lo interrumpen con reclamos furiosos. Hace tiempo algunos en la oficina y fuera de ella, en el colectivo de derechos, lo desprecian secretamente, lo llaman liberal (como si fuera una mala palabra), pusilánime (porque no saluda cada toma de carreteras automáticamente), ingenuo (porque se rehúsa a caer en la polítiquería mezquina de las ONG). Pero aunque resiente estos golpes, K no se somete. Tiene el respaldo del jefe y de sus colaboradores más cercanos.

Aquella tarde termina de dar sus indicaciones: escuchen, acá en Lima los rumores son sólo palabras, pero en la zona son como gasolina, pueden matar gente, seamos rigurosos. Vuelve a ser interrumpido con histeria ¡Pero los están arrojando al río! Él responde con amabilidad a los gritos: alertemos que existen estas denuncias, enviemos los datos a las autoridades y corroboremos por nuestra cuenta. Y concluye: recuerden, en crisis como estas, el tratamiento de la información puede ser cosa de vida o muerte. No seamos irresponsables.

A las pocas horas los reportes de primera mano desmintieron la versión apocalíptica. Luego se pudo conocer la real dimensión de la tragedia, moderna en su peor forma, una negligencia criminal de autoridades racistas, su desprecio premiado con muertos bajo arma de fuego y golpe de machete.

Tenía razón K pero no había nada que celebrar. No sólo era por la crisis. Había chocado con una cultura que creía ya casi extinta. Una radicalidad lujuriosa, de machacar en caliente. Aquel día (y luego otros) algunos activistas parecían ansiosos de una causa que justificara sus propias necesidades de revancha, de confrontación, de muertos que echarle en cara al poder. Y había en ellos algo temible, como si pudieran ser capaces de todo por agitar su justicia, su versión oscuramente superior de lo justo.


2 comentarios:

  1. Es interesante ver cómo el jefe K contrasta con el clásico señor K. La duda metódica, frente a la duda existencialista.

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  2. Más que duda metódica, las sencillas ganas de ser ecuánime. No es fácil a veces. Sin embargo, sugerente tu comentario, pues cualquiera de los K se desorienta ante la Justicia gigantesca.

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