martes, 13 de septiembre de 2011

lugares comunes



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En la puerta del mercado, tomando impulso. El Candidato y sus amigos intercambian un par de bromas, se dan aliento, esperan a ver si llega alguien más del grupo para hacer mancha. Tienen un paquete de volantes, unas banderitas amarradas a tubos de plástico y un par de cientos de cajitas de fósforo. Luego de un rato está claro que no va a llegar nadie más. Así que el Candidato toma aire: “hay que hacerlo, de una vez”. Se mete una tremenda raspada de garganta, típica en él, sonríe, y entra. A la vida real caliente y apretujada de un nuevo mercado de barrio.

Algunas personas lo reconocen, de la televisión, lo saludan; otras lo miran con escepticismo, “uno  más que viene a palabrearnos” se lee en sus sonrisas de compromiso mientras dicen “deje allí el volantito, sobre la yuca”. Así se pasea la comitiva una hora, sin pensar mucho. El Candidato hace chistes, gesticula, se deja llevar, dejando de lado la vergüenza, la sensación de estar haciendo de payaso, el pudor de ser vendedor de sí mismo.

“¡Hey, regalen polos!”

Rodeados de gatos, de moscas, de sudor flotante, siempre pasa lo mismo. Gorros, encendedores, chalecos, eso piden los electores. “¿Qué regalan?”, gritan las señoras acercándose, apresuradas, ganándose entre ellas. Pero luego se decepcionan “estos no regalan nada”, se quejan, otras, más bravas, reclaman: “siquiera algo trajeran para la gente, a hablar nomás vienen, otros sí traen cosas.”

Nada, ellos no regalan nada, su campaña es miserable. Así se suceden los mercados por algunos meses, una fila interminable de mercados limeños, como escaleras en una ruta cochambrosa hacia el ilustre parlamento republicano.

Al final, contados los votos de la derrota, el verano les deja una lección sobre moda cívica: sin polos no eres nada. La democracia se mueve de mano en mano, en una cadena que la produce (la teje), desde los talleres textiles de Gamarra hasta los hogares humildes, donde visten a un niño, uniforman a un pelotero o calientan a un perrito peruano con o sin pelo, pero ya menos calato, con su 36 bien grande estirado en el pecho orgulloso. 


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