domingo, 18 de septiembre de 2011

lugares comunes



29

Esa noche, al fracasar, supo que estaba fracasando muy profundo. Sentía que en el futuro no sería fácil encontrar a alguien que sintonizará tan bien con él, con quien se sintiera tan cómodo, lo conociera, lo perdonara y lo quisiera igual.  

Jean era sencillo, un lúcido europeo que comía ensaladas, contaba chistes que no hacían reír y por eso eran graciosos, un tipo de treinta años que creía en el aparato del desarrollo mundial, aunque sin ingenuidad. Su carrera estaba por allí, en alguna de las grandes agencias humanitarias, así que seguiría viajando. Perú era una escala y ya vendrían Somalia, Irán o Guatemala.

Carlos era un cholo de veintitantos comedor de chifa. Su experiencia lo había decepcionado de la gente y su educación toscamente marxista colocaba en el rincón de las sospechas cada proceso que sonara a poderes mundiales. Pero le quedaba un pedacito de fe para seguir trabajando en  derechos humanos suspendiendo su sentido crítico. Y en parte por eso se llevaban tan bien. Porque ambos perdonaban al otro o su fe o su escepticismo, pero en el mismo lenguaje.      

Por un año fueron inseparables. Se contaron lo más personal y lo más público. Trabajaron, fueron al cine, al teatro, a correr, a montar bicicleta; se quedaron horas viendo televisión; se quedaron dormidos luego de gemir sus desgracias, sus miedos; se quedaron noches y madrugadas bebiendo pisco y atendiendo como mejor podían (por lo general, simplemente escuchando) sus respectivas angustias. Fueron dos desadaptados, cada uno con su estilo y su motivo, acompañándose. 

Jean temía un futuro solitario, ocultando su homosexualidad porque la burocracia europea aún era hipócrita, porque conocía la suerte de otros funcionarios, viejos y gastados por una historia de máscaras o dobles vidas. Recibió una respuesta laboral excelente, que había aguardado mucho. Le dijo a Carlos que quería que viajara con él. Carlos no quería esa separación, no quería su vida empobreciéndose sin Jean. Y por eso cerró los ojos y apostó todo a sentir. Ojalá, pensó, ojalá.

Pero el beso no fue posible. Carlos lloró, porque lo había intentado, pero sabía que no podría ser la pareja de Jean, que no podría acariciarlo ni hacerle el amor. Que era un simple macho unidimensional. Jean lloró porque comprendió que de nada valía el amor que se tenían y porque tendría que irse otra vez, solo. Y se fue.

Tiempo después Carlos escribió algo de esto en un cuento funesto. Allí puso cosas como: “de modo análogo a la queja de Salieri, para qué puso Dios ese amor dentro mío si no me dio el don para cantarlo”. Y acabó el relato con esta joya de lo cursi: “el amor de su vida había sido un hombre, pero él no había podido ser gay. No todos podían ser perfectos”.

Ahora ya no escribe prosa porque fue conociéndose mejor. Ha tenido novias, las ha querido. No sabe si finalmente fue cierto eso de no poder encontrar a alguien tan compatible, que lo quisiera igual que Jean. En realidad cree que no fue así. Pero lo pensó entonces, hace tantos años. Y sonríe al recodarlo, porque lo importante es que en ese momento, al pensarlo, fue cierto.


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