miércoles, 28 de septiembre de 2011

lugares comunes



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Una fiesta organizada por El Partido, a menos de dos meses de las elecciones. En plena campaña veraniega a todo vapor y sudor. Es un evento colorido, con militantes y simpatizantes de provincia, que han llevado a sus familias a comer, bailar y ver a los famosos. Hay un animador profesional, un representante de la dirigencia nacional y varias cantantes folklóricas que inundan de ande y  fuerte volumen el recinto de Los Olivos.

Y los candidatos van apareciendo, desfilan, sonríen, reparten saludos, regalan polos, gorros, banderines, los más pitucos todo un kit de bolso con vasos, lapiceros, gorros… pero los polos son, de lejos, el bien más preciado. La joya de las elecciones. 

El 36 no tiene nada que regalar y sus muchachos reparten volantes y hacen contactos para luego visitar a los comités de campaña en todos los distritos. Esas famosas “bajadas a bases” tan pesadas pero que también son descubrimientos. Su presentación en la fiesta sería un total fracaso, pero lo salva que sea un hombre de la tele. Lo reconocen, la gente se quiere tomar una foto con él. Además, en esta fiesta ancashina, es un paisano. Y el cariño así corre mejor.

Va pasando de mesa en mesa, saludando, brindando, entre bromas y apretones de manos, convenciendo de marcar el 36 para el Congreso de la República. Allí se entretiene a gritos, abrazos y cervezas.

Pasado un buen rato, el organizador del evento, viejo zorro de las campañas políticas se acerca a su jefe de campaña, tan inexperto como el candidato en este nuevo mundo de la política real. Lo lleva aparte y le instruye, rápido, con buena fe, con una inexplicable buena fe:

“Qué haces acá –increpa- Mira donde está el hombre. Sácalo de allí. Qué hace chupando con esos borrachos, esos no importan. Llévalo donde las mujeres, ellas son, ellas deciden los votos”.

El jefezuelo de campaña mira, ahora de otro modo, hacia las mujeres. Allí están, ancianas, señoras, muchachas, jóvenes, esperando sentadas en sus sillas de plástico blanco, aburriéndose y viendo a sus esposos comprar cerveza tras cerveza. Esperando que los invitados famosos les brinden atención.

Minutos después el 36 baila con energía con una mancha de damas, que agradecen el reconocimiento. Van y vienen huaynos y se lo disputan en pareja, en ronda, lo adornan de serpentinas, lo rodean, ahora sí fiesta, zapateando tomándolo del brazo, abrazándolo, dándole consejos, tarjetas, prometiendo apoyos. Acogido.

Y ellas se llevan los pequeños volantes, los guardan en sus bolsos, carteras, bolsillos, corpiños, dicen cosas como “iba a votar por el 5 o por el 15 o el 2, pero ahora el otro número será el 36”. Y suenan sinceras. Aunque faltan dos meses. Y de esta noche a la tarde frente al ánfora, hay varias fiestas por delante. 

 (*) Vineta de Juan Arguelles, en Pavada de Tinta


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