domingo, 30 de octubre de 2011

lugares comunes


37


Claro que llega temprano, como le indicaron. Recién bañado. Oliendo a perfume Antonio Banderas. Con una buena combinación de colores desde las medias hasta el polo, sonrisa simpática y modales impecables. Pura vibra positiva y el mp3 a buen volumen, subrayando la imagen de normalidad, de acá no pasa nada.

Y para subrayar más, no usa el ascensor, sube por las escaleras, demostrando vitalidad. Pero no dura. No hay tipo, monse, estándar o galán, que sobreviva a unos pocos días de análisis, radiografías, ecografías, endoscopías, pinchazos, manoseos y a esa sensación de vulnerabilidad y ridículo que trae colgarse una bata abierta por la espalda de talla gigante.

El segundo día aún se esfuerza por llegar a su hora. Es el día de las ecografías y aguantarse las ganas de ir al baño. Que por fin, acaba. Al tercer día ya no le importa el horario, aunque igual se baña y se pone algo de colonia cítrica. Porque la clínica está llena de mujeres y... Pero por la tarde, leen tantas veces en voz alta sus males, han traspasado de mano en mano tantas veces sus fluidos secretos que…

En otras circunstancias le hubiera gustado conversar con esta doctora que se ve simpática, preguntarle por su trabajo, pero luego de la tortura de la sonda, de escucharla ordenar ya, ya no se mueva, tranquilo, ya acabamos. Luego de eso ya qué importa nada. Todas, en recepción, informes, caja, consultorios y laboratorios sólo tienen hacia él una mirada de cosa, de qué desperdicio. O no tienen ninguna mirada, porque están ocupadas con las partes de él que no son él. Trabajando.  

Y haber ido solo, otro punto en contra, porque la enfermera, muy jovencita, una chiquilla menuda, lo recrimina frente al resto de pacientes. Siéntese allí, descanse hasta que se le pase el mareo y ya yo lo voy a llamar para que la doctora le lea todos sus resultados.

Ya con su ropa puesta, busca el mp3 y cierra los ojos. Canción tras canción. Esperando la llamada, cómodo en las bancas acolchadas. Y se duerme. Primero soñando con que ya lo llaman y sobresaltándose. Pero luego, colapsando profundamente. Y encontrarla otra vez: la mujer de cabello enredado, canas amarillas y verdes, que come galletas como el muñeco de Plaza Sésamo, que le canta con voz profunda de bajo una canción que se repite y se repite.

Y se pasa su turno. Se pasan todos los turnos. Y las enfermeras que ya están por irse a sus casas lo descubren, lo despiertan, enfadadas, recriminándolo, la doctora ya se fue, cómo se ha quedado dormido usted, ya tiene que venir mañana señor.

Así que sale a la avenida, un rescoldo del sueño sobreviviendo aún, como un susurro. Levanta la mano para subir al bus. Pero se detiene. Calcula: veinte cuadras, no es tan tarde, sí se puede. Con un ojo mirando hacia el sueño y el otro adivinando la borrosa vía de Jesús María hacia Lince, camina, despacio, Lady Midnight sonando vez tras vez, cuadra a cuadra, 20 veces repetida. Y en algunas repeticiones, está.


miércoles, 26 de octubre de 2011

lugares comunes



36

¿En serio nadie ha hecho una pizarra?

Sara, sorprendida, pasea su mirada por el grupo y cariñosamente recrimina a sus compañeros del Taller de Memoria, al parecer, demasiado modernos.

Miren –dice con paciencia- hacer la pizarra para anunciar nuestro evento quiere decir que hablamos en el idioma del estudiante, así es como se comunican las cosas importantes desde hace décadas en la universidad. Es una tradición.

No hay consenso. Parece un tema secundario, pero se enciende la polémica. Todos en el taller tienen poco tiempo libre. Dedicarle una noche a dibujar letras chuecas en un pizarrón viejo que se mojará con la lluvia no parece razonable. Intentan disuadirla.

Mira Sara, será tradición ¿ya?, pero son feas, no vas a decir que no, se ven como de otra época, todas mal escritas… Eso depende de la gracia que le pongamos. Pero nosotros precisamente no tenemos gracia, no sabemos hacerla. Yo sí sé hacer ah, ustedes que son inútiles señoritos. Pero si se ven, cómo decirlo… marxistoides. No todas son así. No lo niegues Sara, parecen dazibaos de la revolución cultural China. No, no, no, ya no son así, ¿o no Karen, di si ahora también no hay alegres, con figuras y colores, con esas zonzeras que a ti te gustan? Ah, o sea que ponerles algo de diseño es zonzera? No quise decir eso, pero estos hombres pues que no saben nada y sólo critican. Pero ya pues Sara, de verdad, es obvio que son feas. Acá lo obvio es que tú no sabes nada. Bueno, pero además para qué nos vamos a cansar si podemos mandar a imprimir una gigantografía. Ahí está. Eso es lo práctico. Eso es indiscutible, la historia avanza, antes eran pizarras, ahora son afiches. No hay que hacer dramas. Pasemos de una vez al otro punto de la agenda.

Sara toma aire, toma un sorbo de su manzanilla. Acomoda sus lentes. Se inclina. Miren, dice con su voz cansada, los alumnos se detienen a leer las pizarras, sí las leen, no es como la publicidad. La pizarra precisamente, así, chueca, con sus horrores ortográficos, con su pobreza de medios, es parte de una identidad. Todos saben que es para decir las cosas importantes.

La escuchan, aún indecisos. Ella termina con el lapidario: “la verdad, no parecen sanmarquinos”.

¿Y bien?

El compañero lo palmea, entusiasmado. Le muestra la obra terminada. Alberto observa cómo ha quedado la pizarra. Grandes letras rojas. Una par de consignas. El llamado a un evento cultural en homenaje a la mujer revolucionaria. En medio de la pizarra, pintado a plumón rojo sobre papel IBM, una mujer con el puño levantado mira hacia adelante, hacia el horizonte, la victoria o el futuro.  

La noche anterior la dibujó. Lo convocaron al dormitorio de estudiantes porque “tú sabes dibujar pes compañero, apoya la causa”. Y la pasó bien con esos muchachos un poco bastos, que le invitaron mandarinas y le hablaron del gran plan del partido, del equilibrio estratégico y varias cosas más. Puso empeño. Quiso plasmar una mujer sencilla, del pueblo, como cualquier mujer valiente que trabaja duro y que se decide a luchar por una causa.

Acabó. Le gustaba esa mujer, bella pero firme. Como a él le gustaban quizá, sin saberlo. Pero estaba satisfecho.  

Quizá por eso no esperaba la andanada de críticas que recibió de inmediato. Era unánime el rechazo. La has hecho muy femenina. No refleja la voluntad de nuestras combatientes. Debe ser más dura. Sobre todo compañero, debe reflejar su “odio de clase”. Le dieron el plumón para corregir. Pero algo así como un confuso sentido de libertad creativa y de amor propio se lo impidió. No lo presionaron, le agradecieron su colaboración y lo despidieron con mucha amabilidad. Aunque él sintió en realidad, condescendencia, algo como “que se puede esperar de este pequeño burgués”.

En la pared de la facultad está pegada su obra, mutilada. Una mujer a la que han agregado a punta de trazos gruesos, con poca destreza, una mirada oscura, un gesto iracundo. Y a la que han quitado toda su belleza. No podía ser una mujer bonita. Debía odiar.

Alberto se despidió. Se alejó callado.  

20 años después, los jóvenes del Taller trabajan hasta muy tarde un jueves por la noche. Plumones, goma, papel, lápiz, bromas, disputas estéticas, fotos. Sacan adelante, siguiendo una vieja tradición, la pizarra más grande que jamás haya visto la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Y aunque en efecto, quedó chueca, se nota que tiene otro espíritu. Apoyada en la pared, dando la bienvenida a la facultad, enorme, parece indicar, para el que sabe ver, que las pizarras también tienen una forma de memoria. Fea. 


viernes, 14 de octubre de 2011

lugares comunes



35

Llegó al café un poco tarde. Ella ya estaba allí, leyendo. No se encontraban desde que terminaron, hacía ya cinco meses. No se habían hablado, ni llamado o escrito; se eliminaron del FB, se bloquearon en el chat. Buscaron dar vuelta a la página del modo más tajante. “Por salud mental” decía él. Ella se concentró en el trabajo, aún más.

Pero sorpresivamente, le escribió un correo muy cortés preguntando si podían verse un ratito, unos minutos, si no era una molestia. Y él dijo cómo crees, no es ninguna molestia. A las cuatro está bien. Sí. Y cruzo todo el tráfico de Lima para llegar sólo 10 minutos tarde al café de siempre.

Rieron mucho. No existió ningún silencio incómodo. La misma química, pero con cuatro meses de cosas que contarse. En cada pausa se miraban, se reconocían. Sonreían. Ella sacó una bolsa verde, dentro, envuelto en papel rojo, un gorro de lana, de muchos colores. “Quiero agradecerte por todo lo que me regalaste”. Sus ojos ahora sí, mirando hacia un lado.

Él se probó el gorro. Se miró en el espejo. Hizo muecas. Le dijo que era lindo. Ella lo cogió de la  mano, de la izquierda. Él mecánicamente le revisó si se había comido las uñas o jalado la piel de los dedos. “Ya no me jalo los padrastros” se río ella. Le apretó la mano más fuerte: “me voy a Ayacucho, ya acabó mi trabajo acá. Me voy mañana. Quería verte, despedirme”.

Hablaron todavía un rato más. De sus buenos momentos, también de los malos. Pero sus reproches estaban cargados de añoranza, de cariño hasta por las peleas. No se querían ir de la cafetería, porque afuera ya no habría sino la calle, el camino de cada cual. Pidieron una manzanilla más. Pero la manzanilla se acabó. Y salieron.

Se abrazaron, con fuerza. Suerte, suerte en todo. Ella le metió un papelito en el bolsillo. Léelo después por favor, le susurró. Y se separaron. Uno, caminando muy tarde hacia un seminario sobre memoria y violencia, que parecía ahora un evento tan ajeno y extravagante. Otra, hacia su cuartito alquilado, a acabar de ordenar sus pocas cosas, camino ya hacia la lejana provincia donde la esperaba su verdadero hogar.

No voltearon para darse una última mirada, sólo se fueron. Él no ha leído aún el papelito. Está guardado en su billetera, hace ya varios meses. Lo toca de vez en cuando, se asegura que sigue allí. Se trasluce un garrapateo de tinta azul y letra escolar. Sabe, siente, que no debe gastarlo.

No abrir sino en caso de extrema necesidad.  


lunes, 10 de octubre de 2011

lugares comunes


34

Ha estado semanas, meses, soportando. Atendiendo la enfermedad de la anciana que ahora suda y se queja desde su catre. Corre la cortina que separa el dormitorio de la sala y se sienta un momento a descansar. Mira hacia fuera, hacia el barrio podrido y criollo donde pelean unos perros. Cierra los ojos. Han regresado de una última sesión de diálisis. Una sesión de tortura.    

Los mocosos alborotan para ver a la abuelita. Quieren darle una tarjeta donde dice que se ponga bien pronto. Pero hay rabia en su corazón. Rabia negra que la aturde, porque necesita ayuda y no hay. Y los bota. Largo, dejen descansar a la abuelita. Vayan a jugar a la calle. Ya fuera. Y les cierra la cortina, justo a tiempo, porque la vieja se incorpora bruscamente, con el dolor en el rostro, la boca abierta. Simplemente sufriendo. Sin remedio. Buscando a la hija sólo para que le sostenga el brazo. Porque no se pude hacer nada más. 

La deja otra vez dormida. Sale a caminar un poco, una vuelta a la manzana. Quisiera explotar y mandar a la mierda a su familia, a su esposo el político que no gana un sol y se pasa de una reunión a un mitin, a su tío que se la pasa de los caballos a la timba, a su hermano que se mantiene al margen, a sus hijos que no han lavado los platos, a los primos, tías, madrinas, padrinos, compadres que no existen más que para mandar saludos, los mierdas.

Pero no, tiene que resolver, encontrar cama, conseguir plata para la próxima diálisis, rogar, hacer colas, subir y bajar, meter mil papeleos. Y luego la parte del cuerpo. Lavarla, vestirla, llevarla, traerla. Escuchar cómo la vieja se queja bajito, aguantando, porque la conoce y sabe que no quiere molestar a nadie. Porque sabe que ha generado un problema imposible de resolver en esta casa miserable y se siente culpable. Y ella se siente más culpable porque es cierto.  

Regresa. Limpia la frente de la anciana. Luego va al cuarto que comparte con los críos, los arropa, les canta algo, los ve dormir. No han hecho su tarea. Quiere despertarlos, castigarlos hasta que acaben toda la tarea. Pero se aguanta. Mejor descansar de una vez. Mañana la anciana habrá muerto. Pero aún no lo sabe. Por eso se alista, prepara la comida, revisa las recetas, deja las cosas en orden. Listas para empezar una nueva batalla. Como si mañana fuera a ser un día normal. Un día completamente nuevo y entero.  


martes, 4 de octubre de 2011



33

Aunque el local no está lleno, la expositora, una psicóloga arrogante, lee su power point muy seria. Recita que “dar testimonio es reparador en sí mismo”, y sigue adelante con otras frases pop memory, bien recibidas por el público. Es curioso imaginar que la gente de algunos pueblos masacrados debe ser la más sana del mundo: han dado sus testimonios decenas de veces en decenas de años. Parece que en su desgracia está arropada, cual oruga, su escuálida sanación.