viernes, 14 de octubre de 2011

lugares comunes



35

Llegó al café un poco tarde. Ella ya estaba allí, leyendo. No se encontraban desde que terminaron, hacía ya cinco meses. No se habían hablado, ni llamado o escrito; se eliminaron del FB, se bloquearon en el chat. Buscaron dar vuelta a la página del modo más tajante. “Por salud mental” decía él. Ella se concentró en el trabajo, aún más.

Pero sorpresivamente, le escribió un correo muy cortés preguntando si podían verse un ratito, unos minutos, si no era una molestia. Y él dijo cómo crees, no es ninguna molestia. A las cuatro está bien. Sí. Y cruzo todo el tráfico de Lima para llegar sólo 10 minutos tarde al café de siempre.

Rieron mucho. No existió ningún silencio incómodo. La misma química, pero con cuatro meses de cosas que contarse. En cada pausa se miraban, se reconocían. Sonreían. Ella sacó una bolsa verde, dentro, envuelto en papel rojo, un gorro de lana, de muchos colores. “Quiero agradecerte por todo lo que me regalaste”. Sus ojos ahora sí, mirando hacia un lado.

Él se probó el gorro. Se miró en el espejo. Hizo muecas. Le dijo que era lindo. Ella lo cogió de la  mano, de la izquierda. Él mecánicamente le revisó si se había comido las uñas o jalado la piel de los dedos. “Ya no me jalo los padrastros” se río ella. Le apretó la mano más fuerte: “me voy a Ayacucho, ya acabó mi trabajo acá. Me voy mañana. Quería verte, despedirme”.

Hablaron todavía un rato más. De sus buenos momentos, también de los malos. Pero sus reproches estaban cargados de añoranza, de cariño hasta por las peleas. No se querían ir de la cafetería, porque afuera ya no habría sino la calle, el camino de cada cual. Pidieron una manzanilla más. Pero la manzanilla se acabó. Y salieron.

Se abrazaron, con fuerza. Suerte, suerte en todo. Ella le metió un papelito en el bolsillo. Léelo después por favor, le susurró. Y se separaron. Uno, caminando muy tarde hacia un seminario sobre memoria y violencia, que parecía ahora un evento tan ajeno y extravagante. Otra, hacia su cuartito alquilado, a acabar de ordenar sus pocas cosas, camino ya hacia la lejana provincia donde la esperaba su verdadero hogar.

No voltearon para darse una última mirada, sólo se fueron. Él no ha leído aún el papelito. Está guardado en su billetera, hace ya varios meses. Lo toca de vez en cuando, se asegura que sigue allí. Se trasluce un garrapateo de tinta azul y letra escolar. Sabe, siente, que no debe gastarlo.

No abrir sino en caso de extrema necesidad.  


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