miércoles, 26 de octubre de 2011

lugares comunes



36

¿En serio nadie ha hecho una pizarra?

Sara, sorprendida, pasea su mirada por el grupo y cariñosamente recrimina a sus compañeros del Taller de Memoria, al parecer, demasiado modernos.

Miren –dice con paciencia- hacer la pizarra para anunciar nuestro evento quiere decir que hablamos en el idioma del estudiante, así es como se comunican las cosas importantes desde hace décadas en la universidad. Es una tradición.

No hay consenso. Parece un tema secundario, pero se enciende la polémica. Todos en el taller tienen poco tiempo libre. Dedicarle una noche a dibujar letras chuecas en un pizarrón viejo que se mojará con la lluvia no parece razonable. Intentan disuadirla.

Mira Sara, será tradición ¿ya?, pero son feas, no vas a decir que no, se ven como de otra época, todas mal escritas… Eso depende de la gracia que le pongamos. Pero nosotros precisamente no tenemos gracia, no sabemos hacerla. Yo sí sé hacer ah, ustedes que son inútiles señoritos. Pero si se ven, cómo decirlo… marxistoides. No todas son así. No lo niegues Sara, parecen dazibaos de la revolución cultural China. No, no, no, ya no son así, ¿o no Karen, di si ahora también no hay alegres, con figuras y colores, con esas zonzeras que a ti te gustan? Ah, o sea que ponerles algo de diseño es zonzera? No quise decir eso, pero estos hombres pues que no saben nada y sólo critican. Pero ya pues Sara, de verdad, es obvio que son feas. Acá lo obvio es que tú no sabes nada. Bueno, pero además para qué nos vamos a cansar si podemos mandar a imprimir una gigantografía. Ahí está. Eso es lo práctico. Eso es indiscutible, la historia avanza, antes eran pizarras, ahora son afiches. No hay que hacer dramas. Pasemos de una vez al otro punto de la agenda.

Sara toma aire, toma un sorbo de su manzanilla. Acomoda sus lentes. Se inclina. Miren, dice con su voz cansada, los alumnos se detienen a leer las pizarras, sí las leen, no es como la publicidad. La pizarra precisamente, así, chueca, con sus horrores ortográficos, con su pobreza de medios, es parte de una identidad. Todos saben que es para decir las cosas importantes.

La escuchan, aún indecisos. Ella termina con el lapidario: “la verdad, no parecen sanmarquinos”.

¿Y bien?

El compañero lo palmea, entusiasmado. Le muestra la obra terminada. Alberto observa cómo ha quedado la pizarra. Grandes letras rojas. Una par de consignas. El llamado a un evento cultural en homenaje a la mujer revolucionaria. En medio de la pizarra, pintado a plumón rojo sobre papel IBM, una mujer con el puño levantado mira hacia adelante, hacia el horizonte, la victoria o el futuro.  

La noche anterior la dibujó. Lo convocaron al dormitorio de estudiantes porque “tú sabes dibujar pes compañero, apoya la causa”. Y la pasó bien con esos muchachos un poco bastos, que le invitaron mandarinas y le hablaron del gran plan del partido, del equilibrio estratégico y varias cosas más. Puso empeño. Quiso plasmar una mujer sencilla, del pueblo, como cualquier mujer valiente que trabaja duro y que se decide a luchar por una causa.

Acabó. Le gustaba esa mujer, bella pero firme. Como a él le gustaban quizá, sin saberlo. Pero estaba satisfecho.  

Quizá por eso no esperaba la andanada de críticas que recibió de inmediato. Era unánime el rechazo. La has hecho muy femenina. No refleja la voluntad de nuestras combatientes. Debe ser más dura. Sobre todo compañero, debe reflejar su “odio de clase”. Le dieron el plumón para corregir. Pero algo así como un confuso sentido de libertad creativa y de amor propio se lo impidió. No lo presionaron, le agradecieron su colaboración y lo despidieron con mucha amabilidad. Aunque él sintió en realidad, condescendencia, algo como “que se puede esperar de este pequeño burgués”.

En la pared de la facultad está pegada su obra, mutilada. Una mujer a la que han agregado a punta de trazos gruesos, con poca destreza, una mirada oscura, un gesto iracundo. Y a la que han quitado toda su belleza. No podía ser una mujer bonita. Debía odiar.

Alberto se despidió. Se alejó callado.  

20 años después, los jóvenes del Taller trabajan hasta muy tarde un jueves por la noche. Plumones, goma, papel, lápiz, bromas, disputas estéticas, fotos. Sacan adelante, siguiendo una vieja tradición, la pizarra más grande que jamás haya visto la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Y aunque en efecto, quedó chueca, se nota que tiene otro espíritu. Apoyada en la pared, dando la bienvenida a la facultad, enorme, parece indicar, para el que sabe ver, que las pizarras también tienen una forma de memoria. Fea. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario