domingo, 30 de octubre de 2011

lugares comunes


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Claro que llega temprano, como le indicaron. Recién bañado. Oliendo a perfume Antonio Banderas. Con una buena combinación de colores desde las medias hasta el polo, sonrisa simpática y modales impecables. Pura vibra positiva y el mp3 a buen volumen, subrayando la imagen de normalidad, de acá no pasa nada.

Y para subrayar más, no usa el ascensor, sube por las escaleras, demostrando vitalidad. Pero no dura. No hay tipo, monse, estándar o galán, que sobreviva a unos pocos días de análisis, radiografías, ecografías, endoscopías, pinchazos, manoseos y a esa sensación de vulnerabilidad y ridículo que trae colgarse una bata abierta por la espalda de talla gigante.

El segundo día aún se esfuerza por llegar a su hora. Es el día de las ecografías y aguantarse las ganas de ir al baño. Que por fin, acaba. Al tercer día ya no le importa el horario, aunque igual se baña y se pone algo de colonia cítrica. Porque la clínica está llena de mujeres y... Pero por la tarde, leen tantas veces en voz alta sus males, han traspasado de mano en mano tantas veces sus fluidos secretos que…

En otras circunstancias le hubiera gustado conversar con esta doctora que se ve simpática, preguntarle por su trabajo, pero luego de la tortura de la sonda, de escucharla ordenar ya, ya no se mueva, tranquilo, ya acabamos. Luego de eso ya qué importa nada. Todas, en recepción, informes, caja, consultorios y laboratorios sólo tienen hacia él una mirada de cosa, de qué desperdicio. O no tienen ninguna mirada, porque están ocupadas con las partes de él que no son él. Trabajando.  

Y haber ido solo, otro punto en contra, porque la enfermera, muy jovencita, una chiquilla menuda, lo recrimina frente al resto de pacientes. Siéntese allí, descanse hasta que se le pase el mareo y ya yo lo voy a llamar para que la doctora le lea todos sus resultados.

Ya con su ropa puesta, busca el mp3 y cierra los ojos. Canción tras canción. Esperando la llamada, cómodo en las bancas acolchadas. Y se duerme. Primero soñando con que ya lo llaman y sobresaltándose. Pero luego, colapsando profundamente. Y encontrarla otra vez: la mujer de cabello enredado, canas amarillas y verdes, que come galletas como el muñeco de Plaza Sésamo, que le canta con voz profunda de bajo una canción que se repite y se repite.

Y se pasa su turno. Se pasan todos los turnos. Y las enfermeras que ya están por irse a sus casas lo descubren, lo despiertan, enfadadas, recriminándolo, la doctora ya se fue, cómo se ha quedado dormido usted, ya tiene que venir mañana señor.

Así que sale a la avenida, un rescoldo del sueño sobreviviendo aún, como un susurro. Levanta la mano para subir al bus. Pero se detiene. Calcula: veinte cuadras, no es tan tarde, sí se puede. Con un ojo mirando hacia el sueño y el otro adivinando la borrosa vía de Jesús María hacia Lince, camina, despacio, Lady Midnight sonando vez tras vez, cuadra a cuadra, 20 veces repetida. Y en algunas repeticiones, está.


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