martes, 29 de noviembre de 2011



40

Hoy no sale la lancha. No hay lancha.

La multitud de familiares se exalta. ¿Y el agua? ¿Y la comida? ¿Y las medicinas? Avanzan rápidamente hacia el gordo funcionario de la capitanía del puerto. Este no muestra ningún temor. Está acostumbrado a lidiar con estas viejas terrucas. El griterío no lo altera. Sabe que se van a poner a cantar, a meter unas arengas. Por si acaso, porque no es ningún tonto, mira hacia un carrito que está a unos treinta metros, estacionado en la esquina de la plaza.

Las mujeres lo rodean. En sus rostros hay rabia e impotencia. Huelen a comida, a humo, a sudor. Gritan frustradas: sino botan el agua, es la comida que se la roban, o cambian el horario, o reducen los cupos cuando queda mucho espacio en las lanchas, siempre algo para hostilizarnos.

Huelen a culpa. A eso huelen estas viejas locas.     

El gordo las mira impasible. Ahora se quejan, pero ¿por qué no criaron bien a sus hijos para que no se metieran en huevadas?  Estas polleronas que ni saben hablar bien cómo joden ahora. Así debían haber gritado a sus hijos, les hubieran quitado el comunismo a palazos. Y esas otras, las más jóvenes, esas son otras terrucas. O las putas de los presos. Pero se jodieron. No hay lancha. Y punto.

Empiezan a lanzar sus arengas. Ya cansa repetir esta comedia: a ver señoras, por favor, cálmense, no depende de mí, yo no soy dueño de las lanchas. Mejor hacemos una lista con los bidones del agua, y cuando haya alguna lancha, que puede ser por la noche, yo me comprometo a hacerla llegar. Pero ahora no hay lancha.

Ahora cantan. No quieren razonar. Necias. Las dirigentes, esas jóvenes, tienen todo apuntado. Se van a acercar con sus demandas. Todo lo ven pliegos y demandas. Las muy putas. Se acercan. Entregan un papel, pero añaden: una de nosotras va con la lancha a cualquier hora, sino ya sabemos, ustedes botan el agua o nunca la entregan. De acá no nos movemos hasta que salga por lo menos el agua.

Mezclados en este barullo, un montón de niños grita apoyando a sus madres y abuelas. Se agitan, saltan, señalan hacia la costa, hay tantas lanchas allí cerca del muelle, de todos los tamaños, un montón para escoger: veleros, lanchitas de pescadores, bolicheras, hasta barcos hay, ¿cómo no van a poder conseguir unita? ¡Miente, miente ese gordo!

Miente, gritan también desde un grupito que procura mantenerse unido en medio del caos. Van y vienen junto al resto de chiquillos, pero no pierden de vista a su madre. Sienten una ansiedad a estas alturas ya familiar: saben que si se necesitan voluntarias para llevar el agua, o para alguna otra acción heroica, ella se apuntará. Y luego tendrán que esperarla hasta que regrese. Que regrese del mar. De la oscuridad. De la isla. Sana. En esos momentos la odian. Por anormal. Porque no puede ser como todas las otras madres normales.

Pero todo acabó rápido esa mañana de fines del siglo XX, en el puerto de El Callao.

Un par de disparos. El gordo corrió hasta el auto estacionado en la esquina de la plaza. La multitud escapó. Más disparos al aire para asegurarse. Los policías rodearon al gordo. Sano y salvo. Ganador.

En vez de huir, el grupito de hermanos también corrió, pero en sentido contrario al resto de la gente. Sabían dónde buscar. Vieron a su madre materializarse como por arte de magia al lado del carro, coger del pecho al gordo, zarandearlo, increpar a los policías que la miraban asustados (que de pronto  ahora se veían tan muchachitos). Vieron como se quitaba su gorro de colores, de todos los colores del arco iris, y como si fuera una bandera, agitarlo acompañando sus palabras: valientes para disparar a ancianas, abusivos, matones, ¡la visita es un derecho! Por fin, el gordo pudo zafarse y corrió asustado, mudo, pálido, corrió con todas sus fuerzas hacia el edificio de la capitanía, seguido por sus guardias.

Hace 20 años que el gordo salió corriendo hacia algún lugar. Hace 20 años que no llegó la lancha. Otras veces tampoco llegaría. Esa mañana en la isla se quedaron esperando la visita, esperando el agua y la comida. Un año después morirían casi todos. Pero eso entonces no lo sabían. Entonces la sed era simple.

Hace poco en un diario apareció una noticia, completamente técnica. Ahora la isla es una isla guanera, se analizaba si podía ser una zona de amortiguamiento y se pedía un buen estudio de impacto ambiental. Así es el tiempo. Como un hechizo. O como una lancha vacía.  


sábado, 19 de noviembre de 2011

lugares comunes


39


Lo peor de estos sueños es su realismo. Si por lo menos hubiera un letrero, como en los dibujos animados: fin del sueño, pasando esta raya, es la vigilia marca ACME.

Ella me habla de cosas cotidianas. Me sonríe, se peina, toma su nescafé. A veces se molesta porque me ve muy relajado, muy señorito, sus ojos marrones brillando, pidiéndome más garra, estar a la altura de los tiempos. Un poco más de compromiso de clase pes chibolo. Pero muchas veces sólo se relaja. Y hablamos de tonteras, de cosas de familia, de canciones viejas, de Serrat, y de planes para cuando la revolución triunfe, realmente no sé qué vas a hacer tú que eres un vago entonces, seré un reaccionario, ni para eso sirves así sin plata, seré un reaccionario de nuevo tipo, los reaccionarios no aceptan cualquier cosa, tu manchita bolchevique si acepta a cualquier huevón ah, me consta, pásame la mantequilla malcriado, ten, gracias, en vez de estudiar historia y cojudeces ya deberías cambiarte a estadística, ¿y si mejor hablamos de las últimas canciones de Perales?, estadísticos, ingenieros, eso vamos a necesitar en el futuro, no poetas, puedo ser cantante, me sé varias bien guerreras, a tu papá habrás salido carajo, igual de inmaduro, grande por las huevas, grande por las huevas, sí, no eras tú la que cantaba en minifalda en la peña Ferrando, calla, eso era cuando era revisionista, ya pásame otro pan, tu pasado te condena, eres un chibolo necio, a ver, cantante un valsesito, a ver.

Y reímos, comiendo pan con margarina a la que llamamos mantequilla.         

Y cada cosa está en su lugar. El tiempo diez años atrás. Y nadie lo sabe. Ni ella ni yo. Sólo vivimos. La realidad en mi cabeza, verdaderamente real.

Me despierto a mitad de alguna conversación banal, sobre la mantequilla, sobre el precio del arroz, sobre un libro, sobre algún futuro plan. Que la conversación no pueda continuar, es absurdo.

Por eso hablo solo. Por eso. Pero sólo parece.  Parece.

viernes, 11 de noviembre de 2011

lugares comunes


38


Nos ayudaron a quitarnos los guantes, me limpié la sangre de la nariz y le di la mano al Chino. No tenía aire para decir nada, sonreía, apenas. Digno.

El profesor Fernández nos pescó peleando fuera del recreo y aplicó su antigua fórmula. Sacó sus viejísimos guantes de box y nos dijo cachaciento: ahora sí, a ver si son tan machitos en frente de todos. Hasta entonces sólo había sido parte del público de estos espectáculos deportivo-pedagógicos. Parado frente al Chino (50 kilos, puro hueso durísimo), de golpe me enfrenté al miedo, la máxima alerta mezclada con la máxima confusión, el barrullo de 40 adolescentes haciendo chacota, gritando consejos. Un gran caos y el sudor por todos lados, sudor en los ojos que no se pueden limpiar por los guantes, agacharse, abrazo, vueltas, sudor, sangre en los labios, muchos brazos, recto, retroceder, sudor, sin campanas salvadoras, sudor y brazos huesudos del Chino. Perdí. Por puntos. El profesor paró la pelea y me miró la nariz. Ya váyanse a lavar, así vas a salpicarnos a todos. Y encima me cagas los guantes.

Un golpe sobre Romerito y la familia entera se encogía, sufriéndolo. Cuando él pegaba, sus golpes eran acompañados por miles haciendo fuerza, un gancho en coro. Había electricidad pero más. Qué, algo, algo que la narración del eterno comentarista panameño había agregado como al vuelo: “el peruano ha sorprendido al mundo, está ganando, le está peleando al famoso niño mimado...” Frente a nuestra tele a blanco y negro de 14 pulgadas, rogábamos que no explotaran las torres de alta tensión y un apagón cortara la transmisión de la pelea. Porque no era una más. En pleno centro del mundo (eso era para nosotros los mocosos el Madison Square Garden entonces) un cholo desconocido estaba fajándose, de igual a igual, con el famoso Bum Bum Mancini. Y podía ganar. Le estaba ganando.    

Perdió. Cómo nos dolió ese octavo round, ese mal golpe, esa caída, ese corte. Y esos brazos levantados del Kid. Reventó la burbuja y otra vez a los apagones, a la leche de soya, a las cuentas para el pan e irla pasando en casa.

Perdió. En el penúltimo asalto la esquina de Joe pensó que ya era suficiente. Se habían destruido sin descanso, sistemáticamente, por tercera vez en sus vidas. Apenas si se podían tener en pie. Asfixiados, hinchados, al borde del desmayo, se fueron tambaleando a sus esquinas. Luego se ha sabido que en la esquina de Alí estaban pensando hacer lo mismo, tirar la toalla. Pero la otra esquina se les adelantó. Joe perdió por puesta de trapo. Se acercó al campeón, lo saludó, saltó sobre las sogas, se fue caminando hacia su camerino seguido de su gente. Alí se quedó sentado, ganador pero ido, sin  poder levantarse del banquito de madera para celebrar su mayor triunfo en quizá, la mejor pelea de box de todos los tiempos. Mucho se ha dicho por décadas sobre ellos. Que aunque luego hicieran las paces, Joe nunca perdonó a Alí del todo. Quizá no tanto la derrota, sino la humillación. Que lo hubiera llamado Tío Tom y gorila, que lo hubiera sometido a la comparación: yo bonito-inteligente-progresista, tú feo-torpe-simplón. Alí pidió disculpas. Y Joe que no era un simplón, las aceptó. Pero en una entrevista más bien reciente, Joe Frazier recordó con respeto a sus grandes rivales, pero al final, un destello terrible pareció reconfortarlo: allí está –dijo refiriéndose a Alí y su parkinson- Yo estoy entero, sano. Mírenlo a él. Esos golpes lo destruyeron. Miren quién ganó al final.   

Aún no ha perdido. Pocos saben. Pero en el Perú vive casi anónimo un campeón invicto desde hace 15 años. Ha ganado todos los campeonatos que existen, nacionales, sudamericanos, latinoamericanos, en diferentes categorías. Pero este negocio sucio de agentes, mercados, arreglos, este box de cuerpos machacados y empresarios lujosos, no le dio hasta hoy la oportunidad de entrar al ranking mundial. Quizá porque no vende. Porque es serio y no tiene carisma. Quizá. Hace más de una década fue seleccionado para ir a la olimpiada. Pero fue desembarcado a los pocos días del viaje, por una jugada corrupta que puso a otro en su lugar. Otro al que el campeón había ganado más de una vez. Nadie lo supo. Una mini historia de esas que en el país hay muchas, de abuso e impotencia. Aguantó en silencio la injusticia. Desde entonces sigue reinando, invariablemente el mejor. Pero sin plata, sin cartel, sin relaciones, como cualquier peruanito de Villa María del Triunfo. Allí está. Ahora tiene casi 40 años.

Tendría 17 cuando lo vi por primera vez por la época de mi pelea con el Chino. Entonces él era una joven promesa que llegó al colegio a dar una exhibición como campeón de los “guantes de oro” y de paso, promocionar el gimnasio de un antiguo rival del gran Ringo Bonavena. En el patio del colegio nacional mixto Juan Guerrero Químper, bajo un sol radiante, le dio una catana con sencillez y sin abuso, al temible Asín, que casi le doblaba el peso. Era bueno. Es bueno aún. Trabaja duro para su familia. Da clases y entrena gente. De vez en cuando le programan algunas peleas. Quizá tenga para un par de años más. Podría ser el caso extraordinario de un boxeador extraordinario, que se retire invicto en un país extra- ordinario.   

Una noche en un taxi, escuché al Veco contar desde la radio que amaba el box desde chico. Pero que una jornada en el Luna Park de Buenos Aires cambió su mirada. Terminado el combate, entró al vestuario del derrotado, con la idea de hacerle una nota y darle su saludo. Era un chico al que conocía bien. Un valiente. Un bravo del arroyo. Se acercó. Estaba tendido de espaldas sobre una banca. Semiinconsciente, movía los brazos como una marioneta, como sí aún peleara contra sombras temibles. Y llamaba a su padre. Los chicos pobres, los más pobres de los barrios, triturándose hasta morir para poder salir adelante. Peleando con sombras. Y para el Veco, el box no fue más lo mismo.     

Clint Eastwood, él podría contar la historia de un campeón que aguardó veinte años por una pelea. Un campeón de un país pobre donde su familia, sus amigos y los amigos de sus amigos, esperaron y envejecieron con él, soñando con ese gran momento. Y entonces veríamos esa pelea en las pantallas, épica y sensible, no de doce asaltos, sino asaltada por una vida que es la de los trabajadores de los conos, de nuestros barrios. Y quizá, sea más hermosa que esa que nunca se dio sobre el ring, sino en los cines que también están habitados de leyendas. Como la mía y la del Chino, que perdí por puntos. Injustamente detenida. O quizá al final, sí haya una pelea. Una más.