viernes, 11 de noviembre de 2011

lugares comunes


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Nos ayudaron a quitarnos los guantes, me limpié la sangre de la nariz y le di la mano al Chino. No tenía aire para decir nada, sonreía, apenas. Digno.

El profesor Fernández nos pescó peleando fuera del recreo y aplicó su antigua fórmula. Sacó sus viejísimos guantes de box y nos dijo cachaciento: ahora sí, a ver si son tan machitos en frente de todos. Hasta entonces sólo había sido parte del público de estos espectáculos deportivo-pedagógicos. Parado frente al Chino (50 kilos, puro hueso durísimo), de golpe me enfrenté al miedo, la máxima alerta mezclada con la máxima confusión, el barrullo de 40 adolescentes haciendo chacota, gritando consejos. Un gran caos y el sudor por todos lados, sudor en los ojos que no se pueden limpiar por los guantes, agacharse, abrazo, vueltas, sudor, sangre en los labios, muchos brazos, recto, retroceder, sudor, sin campanas salvadoras, sudor y brazos huesudos del Chino. Perdí. Por puntos. El profesor paró la pelea y me miró la nariz. Ya váyanse a lavar, así vas a salpicarnos a todos. Y encima me cagas los guantes.

Un golpe sobre Romerito y la familia entera se encogía, sufriéndolo. Cuando él pegaba, sus golpes eran acompañados por miles haciendo fuerza, un gancho en coro. Había electricidad pero más. Qué, algo, algo que la narración del eterno comentarista panameño había agregado como al vuelo: “el peruano ha sorprendido al mundo, está ganando, le está peleando al famoso niño mimado...” Frente a nuestra tele a blanco y negro de 14 pulgadas, rogábamos que no explotaran las torres de alta tensión y un apagón cortara la transmisión de la pelea. Porque no era una más. En pleno centro del mundo (eso era para nosotros los mocosos el Madison Square Garden entonces) un cholo desconocido estaba fajándose, de igual a igual, con el famoso Bum Bum Mancini. Y podía ganar. Le estaba ganando.    

Perdió. Cómo nos dolió ese octavo round, ese mal golpe, esa caída, ese corte. Y esos brazos levantados del Kid. Reventó la burbuja y otra vez a los apagones, a la leche de soya, a las cuentas para el pan e irla pasando en casa.

Perdió. En el penúltimo asalto la esquina de Joe pensó que ya era suficiente. Se habían destruido sin descanso, sistemáticamente, por tercera vez en sus vidas. Apenas si se podían tener en pie. Asfixiados, hinchados, al borde del desmayo, se fueron tambaleando a sus esquinas. Luego se ha sabido que en la esquina de Alí estaban pensando hacer lo mismo, tirar la toalla. Pero la otra esquina se les adelantó. Joe perdió por puesta de trapo. Se acercó al campeón, lo saludó, saltó sobre las sogas, se fue caminando hacia su camerino seguido de su gente. Alí se quedó sentado, ganador pero ido, sin  poder levantarse del banquito de madera para celebrar su mayor triunfo en quizá, la mejor pelea de box de todos los tiempos. Mucho se ha dicho por décadas sobre ellos. Que aunque luego hicieran las paces, Joe nunca perdonó a Alí del todo. Quizá no tanto la derrota, sino la humillación. Que lo hubiera llamado Tío Tom y gorila, que lo hubiera sometido a la comparación: yo bonito-inteligente-progresista, tú feo-torpe-simplón. Alí pidió disculpas. Y Joe que no era un simplón, las aceptó. Pero en una entrevista más bien reciente, Joe Frazier recordó con respeto a sus grandes rivales, pero al final, un destello terrible pareció reconfortarlo: allí está –dijo refiriéndose a Alí y su parkinson- Yo estoy entero, sano. Mírenlo a él. Esos golpes lo destruyeron. Miren quién ganó al final.   

Aún no ha perdido. Pocos saben. Pero en el Perú vive casi anónimo un campeón invicto desde hace 15 años. Ha ganado todos los campeonatos que existen, nacionales, sudamericanos, latinoamericanos, en diferentes categorías. Pero este negocio sucio de agentes, mercados, arreglos, este box de cuerpos machacados y empresarios lujosos, no le dio hasta hoy la oportunidad de entrar al ranking mundial. Quizá porque no vende. Porque es serio y no tiene carisma. Quizá. Hace más de una década fue seleccionado para ir a la olimpiada. Pero fue desembarcado a los pocos días del viaje, por una jugada corrupta que puso a otro en su lugar. Otro al que el campeón había ganado más de una vez. Nadie lo supo. Una mini historia de esas que en el país hay muchas, de abuso e impotencia. Aguantó en silencio la injusticia. Desde entonces sigue reinando, invariablemente el mejor. Pero sin plata, sin cartel, sin relaciones, como cualquier peruanito de Villa María del Triunfo. Allí está. Ahora tiene casi 40 años.

Tendría 17 cuando lo vi por primera vez por la época de mi pelea con el Chino. Entonces él era una joven promesa que llegó al colegio a dar una exhibición como campeón de los “guantes de oro” y de paso, promocionar el gimnasio de un antiguo rival del gran Ringo Bonavena. En el patio del colegio nacional mixto Juan Guerrero Químper, bajo un sol radiante, le dio una catana con sencillez y sin abuso, al temible Asín, que casi le doblaba el peso. Era bueno. Es bueno aún. Trabaja duro para su familia. Da clases y entrena gente. De vez en cuando le programan algunas peleas. Quizá tenga para un par de años más. Podría ser el caso extraordinario de un boxeador extraordinario, que se retire invicto en un país extra- ordinario.   

Una noche en un taxi, escuché al Veco contar desde la radio que amaba el box desde chico. Pero que una jornada en el Luna Park de Buenos Aires cambió su mirada. Terminado el combate, entró al vestuario del derrotado, con la idea de hacerle una nota y darle su saludo. Era un chico al que conocía bien. Un valiente. Un bravo del arroyo. Se acercó. Estaba tendido de espaldas sobre una banca. Semiinconsciente, movía los brazos como una marioneta, como sí aún peleara contra sombras temibles. Y llamaba a su padre. Los chicos pobres, los más pobres de los barrios, triturándose hasta morir para poder salir adelante. Peleando con sombras. Y para el Veco, el box no fue más lo mismo.     

Clint Eastwood, él podría contar la historia de un campeón que aguardó veinte años por una pelea. Un campeón de un país pobre donde su familia, sus amigos y los amigos de sus amigos, esperaron y envejecieron con él, soñando con ese gran momento. Y entonces veríamos esa pelea en las pantallas, épica y sensible, no de doce asaltos, sino asaltada por una vida que es la de los trabajadores de los conos, de nuestros barrios. Y quizá, sea más hermosa que esa que nunca se dio sobre el ring, sino en los cines que también están habitados de leyendas. Como la mía y la del Chino, que perdí por puntos. Injustamente detenida. O quizá al final, sí haya una pelea. Una más.      


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