viernes, 23 de diciembre de 2011



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En plena contemplación. Ojos cerrados para que no se escape ni un pedacito de música. Disco sonando a buen volumen para que el mundo no interrumpa el esfuerzo por sentir. Ansiedad por el placer anticipado que produce el admirado final. Ese final como un arrullo intenso. Taza de té tibio en la mano, suspendida entre la mesa y los labios, muy quietos. La última frase, compuesta hace más de un siglo, cantada nuevamente, suspendiendo también, el tiempo.

Y la voz a mi lado, nasal y estrepitosa, acompañando la obertura de la bolsa del D’Onofrio con toda la alegría de la navidad: “la verdad, cuando pones esa música, me vienen unas ganas bravazas de empujar panetón”. Y sucede. Un Mascagni interruptus. Uno más. A quién no le ocurre. Sobre todo en estos tiempos de fiestas, comida, regalos, estrés y sobre todo, familia (con la curiosa e inútil ganancia de descubrir que entre esos italianos existía un puente: de pasas y frutas).  


miércoles, 21 de diciembre de 2011


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Entusiastas, desde el TEM, dictamos un aguerrido y pionero curso sobre el campo de estudios de memoria para estudiantes de pre grado de San Marcos. Los sábados por la mañana, con resaca o medio adormilados, ojerosos o legañosos, sin desayunar y hambrientos, allí estuvimos cinco semanas sin fallar. Para ser primera vez, para qué, el curso tiró su gato.

Algo me dejó pensando, hasta hora, que escribo en la madrugada. Los participantes, especialmente los que eran víctimas de la violencia, en repetidas ocasiones se apropiaron de la palabra por largos minutos, y al usarla era difícil contradecirlos, cortarlos, interpelarlos. Su condición de víctimas los legitimaba de tal forma que hacía casi imposible un cuestionamiento a su prédica. Y ello, ya fuere que su prédica sea consistente o no (finalmente qué es eso), hacía muy difícil que se estableciera un diálogo en términos más reflexivos.

Cuando pedían la palabra, lo que pedían y obtenían era la autoridad de la víctima. Su discurso reclamaba un deber y su propio ejemplo, su presencia, encarnaba ese deber cumplido: luchar por la verdad, por la justicia, la memoria pues, como un arma contra la impunidad. “Hacer memoria nos hace ciudadanos, nos ayuda a sanar, nos da agencia… y es nuestra obligación esclarecer lo ocurrido”.

Pero no sólo eran ellos, la mayoría de asistentes había llegado con alguna expectativa de aprender algo más de la memoria como un arma del activismo social.

Dudamos en el poderoso TEM, conversamos sobre qué hacer. No queríamos que nuestro curso cayera en una cadencia de lugares comunes sobre los derechos humanos y la justicia transicional. Tampoco que se agotara en el comentario de la coyuntura política que esta perspectiva suele generar. Queríamos pensar y proponer algunas ideas para que los demás se animaran a explorar más sobre las múltiples memorias, sobre las cambiantes memorias, sobre las viejas memorias y las nuevas y las que parecían antiguas tradiciones pero apenas si tenían meses de vida. En fin. Abrir.

Qué difícil abrir en ese momento. Y qué difícil decir frente a los afectados, que los investigadores y los jóvenes que estaban presentes, futuros investigadores, los acompañaban en su luchas, pero tenían también la obligación de dudar, de criticar, de evaluar las fuentes, de cruzar la información, de seleccionar sus intereses, de ser políticamente incorrectos para obtener hipótesis sugerentes que los motivaran a seguirles el rastro.

Pensamos mucho en eso los chicos y chicas del TEM, mientras evaluábamos la sesión comiendo chifa de menú a 7 soles el plato sin gaseosa. Al final, quizá por ser el viejo del grupo, tuve que decir algo así como “los afectados son dueños de sus experiencias, pero no de lo que podemos reflexionar sobre ellas”. Y creo que es cierto pero al mismo tiempo ¿cómo se puede comprender más sustancialmente una experiencia que alguien que la ha vivido, la ha sentido (y la siente) y que además está allí, pensando sobre esa experiencia, es decir, no está simplemente marchando en las calles?

Como sea, fue un avance. Porque pudimos a partir de entonces hablar más libremente.

Pero aún sigo pensando en la pasión de la exigencia de los familiares. El deber de hacer memoria. Y me sentía algo desamparado ante ese poder de la justicia. Cómo oponerte ante un mandato tan valioso. Pero develar es a veces sinónimo de desnudar, que es dejar indefenso. Si rompes el silencio o el secreto, después, ¿cómo se repara?

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(Cierto, cierto, pero, ¿cómo olvidar a los muertos?)

Dice Cohen: 
"Una anciana nos dio cobijo
nos escondió en el desván
entonces llegaron los soldados
murió sin un susurro
ni siquiera un susurro (...)

El viento está soplando
por entre las tumbas está soplando
pronto llegará la libertad
y saldremos de estas sombras
quiero decir de estas sombras..." 

sábado, 17 de diciembre de 2011

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1998. Primavera. “Saudade es una palabra que no se pude traducir. Es como estar deprimido, como también sentir nostalgia de lo añorado y morirte en eso”. Se retorcía las manos, hacía gestos de tristeza y desesperación para poder expresar la saudade. “Nunca entenderán”, sentenció. El jefe, en realidad el dueño de la ONG, había vivido en Portugal varios años. Y ahora tenía un nuevo motivo para desparramar su vanidad. Era el traductor cultural de Cesária Évora.

Estaban celebrando algún cumpleaños. Y sonaba el CD, lo que también era notable, porque entonces la mayoría de los trabajadores seguía usando radios con toca casetes. El Jefe hacía pocos minutos había gritado a una de las secretarias, luego había torturado psicológicamente a la administradora y había impuesto una reunión de coordinación hasta las 9 de la noche, porque sí. Pero ahora estaba embargado de World Music y se sentía generoso compartiendo su cultura.

Y sonaba la hermosa voz de la mujer de Cabo Verde en este recinto de oenegé limeña. La música suave de su pueblo lejano, historias recientes de pobreza, colonia, esclavos y migrantes. Canciones que sonaban de la casa, cercanas, propias, familiares. Acomodado en su sofá, fumando un puro y en la mano un ron Habana Club, el jefe rebajaba ese vínculo de belleza y herencia, a un símbolo de su poder. Y todo parecía tan normal. Tan cool, rodeado por sus chupes sonrientes.   

-Ya, o sea, una especie de melancolía entonces, tanta vaina ese saudade-.

Rompiendo el hechizo, un practicante, chibolo despeinado y raquítico, gritó con voz de pato. “A ver súbele el volumen, no se escucha bien qué canta esa tía”. El jefe se quedó callado un momento, estupefacto ante ese ataque desde el pueblo ignorante, bárbaro, no cultivado. Una distracción y zas, alguien aprovechó para cambiar de disco. Seguro otro cholo. Eso, gritó el chibolo saliendo a bailar, un poco de chicharra pa’ la gente bacán.  

Todo mejoró sin Cesária Évora esa noche. Al chibolo lo botaron un tiempo  después de esa ONG. Pero muchos años acompañó su soledad con la voz de esa mujer sencilla, de conciertos magníficos que fluían como si estuviera caminando descalza, por la cocina de su casa. Pero no hubo nunca más un intermediario. Todo fue modesto, cálido, callado (aunque musical), como deben ser las cosas cuando son entre familia.


martes, 13 de diciembre de 2011


42

“Esos parecen dos muñecos de trapo, de esos que son para quemar en año nuevo, ¿no tío”. Por sobre mi hombro, una inquieta sobrina fisgonea la maltratada imagen de Luis Pardo y Celedonio Gamarra. Apoyados en barandas de fierro, rodeados por sus captores, los cadáveres siguen allí, en la fría foto, despatarrados, exhibidos en la plaza de armas de Chiquian, hoy mismo, 5 de enero de 1909, eternizados en su escarnio de papel cuché.

Publicada en El Comercio 29.1.1909. Este fragmento tomado de este sitio  


Chiquian, espejito de cielo, dicen sus paisanos. En el lugar donde los bandoleros dieron su última batalla, hay un gran letrero “PTE. LUIS PARDO, CARGA MÁXIMA 36 TN” y las barandas del puente son gruesas y amarillas y están algo cochinas. Cuando se pasa con los buses interprovinciales, no se lee nada porque está muy alto y se cruza rápido.

Los bandoleros fueron rodeados en una cueva, un lugar sin salida, por un invencible contingente de gendarmes venidos desde Lima, la lejana y temible capital. No tenían ninguna esperanza. Cuando pienso en ese instante de decisión: salimos o no salimos, no lo puedo evitar, veo a Robert Redford y Paul Newman, a los derrotados y fatales Butch Cassidy y the Sundance Kid. Así, gringos, recuerdo falsamente a los chiquianos corriendo contra las balas y hacia la muerte.


Vuelvo a mirar la foto. No es como ver fantasmas. La foto parece no poseer más que una dimensión, la del presente repetido, ciego, crudo.

Si mamita, son muñecos para el fin de año, pero sabes, tienen su historia. Y le canto un pedacito de “La andarita”. ¿Te gusta? No me hace caso. Le canto otro pedacito, no me sé bien la letra y eso la divierte. Me mira cachacienta. Ya no está interesada. Está pintando en su cuaderno grande, con plumones. Esa es música para viejos tío. Este año muchísimo más lindo es que quememos un Goku. Y sigue dibujando ya olvidada por completo de mí y mi valse de 100 años de antigüedad.

Un Goku. Por qué no. Algo así quemaremos en casa si nos animamos. Hace tiempo que estamos ecológicos pero quién sabe. Pero no ataremos a los muñecos a nada. No serán exhibidos así. Sólo arderán libres, con alegría, echando chispas, brillando, iluminando un nuevo año repetido. Y tomaremos fotos. 


sábado, 10 de diciembre de 2011



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Faltan tres semanas para el día de las elecciones. Y se cae la campaña de El Presidente. Las encuestas bien podrían mentir, pero en este caso, para qué hacerse los tontos: caída libre, desastre. Lima, la gran capital que tiene un tercio de los votos del país, le da la espalda.

En un intento desesperado por recuperar puntos, el comando de campaña nacional decide recurrir al viejo método de regalar comida en las zonas más pobres de la ciudad.

El Candidato 36 ha dormido un par de horas, mal, con sobresaltos. Se levanta, con la sensación de apenas haber pestañeado. Se lava la cara. Abre su correo:

“Todos los señores aspirantes al Congreso de la República deben pasar a recoger 1 tonelada de arroz y 2 de azúcar en un depósito a las afueras de la ciudad. Deben distribuir el contenido en bolsas individuales (de 3 kilos) con propaganda y el rostro de El Presidente. Deberán repartir los alimentos en sus bajadas a bases, en sus mítines y todas sus actividades, inscribiendo en un padrón el nombre de cada persona beneficiaria”.

El Candidato 36 relee el mensaje, incrédulo.

Está cansado, misio, harto. Quiere descansar un poco más, algo, y le salen con esta tontería. Piensa un poco en dónde quedará ese almacén a las afueras de la ciudad y no se imagina nada peor en la vida que ir hasta allí para recoger toneladas de algo. Pero reúne fuerzas y llama a su pequeño club de amigos, su raquítico equipo de campaña. Y plantea el tema.

Las reacciones son rápidas, de fastidio, con el sarcasmo de los que ya no esperan nada de los políticos. Repartir comida carajo, qué mediocres. O sea, igual que Fujimori. Cambiar votos por papas. Por arroz y azúcar sería, más bien. Es lo mismo pe gil. Pollito por botella. Que no jodan. ¿No querrán que te metas una cumbia, para que salgas igualito al baile del chino? ¿Y de dónde vamos a sacar un carro para traer esa vaina? Imposible. ¿Quién va a cargar eso? Tres toneladas deben pesar un poco. ¿Nosotros? Entre los tres sumamos un humano estándar. Y uno flacazo. Bah. ¿Ok, decisión? Que se jodan con su comida. Hazte el loco.

Al día siguiente, por la tarde, domingo soleado, el Candidato 36 y sus dos musculosos compañeros se dirigen a las afueras de la ciudad y recogen las toneladas de alimentos. Todavía antes de salir, en la Plaza San José, el Candidato 36 pregunta a su colaborador, en lo que ya va siendo cada vez más un rito que una pregunta real: ¿alcanza la plata para alquilar la movilidad? Claro que no alcanza. Hace rato que se ha acabado lo poco que había en la cuenta. Pero hace rato que la respuesta es siempre igual: algo queda. Ya se verá.

Sentados sobre los sacos de comida, en la parte trasera del camión, mirando al cielo de Lima, regresan sucios y contentos los amigos, hablando de cualquier cosa. Qué raro haber leído recién un poema rumano, o un libro con jurisprudencia de la corte, o un artículo sobre racismo, y estar ahora viajando sobre costales, dando saltos, comiendo polvo. Qué raro puede ser un domingo cualquiera.

Así fue ese verano loco.

En pocos días todo fue repartido. No tuvieron tiempo de felicitarse, apenas un informe apurado, entre tanto ajetreo. ¿Ya está? Sí, ya tienen todo. Ellos van a llenar los padrones y nos los entregaran. Chévere.

Y el Candidato 36 y sus amigos siguieron esas semanas, embarcados en una dura carrera rumbo a la derrota electoral, pero con garra, sin dejar de pelear. Como caballeros. O más bien, como gente normal embarcada en algo.

Las organizaciones de afectados que recibieron los alimentos llevaron todo a su local, separaron una parte para hacer una rifa y pagar algo de su alquiler atrasado. El resto lo dividieron por asentamientos humanos y lo entregaron familia por familia, escrupulosamente. Sin propaganda, sin pedidos. El dirigente, viejo amigo, reía al despedirse: gracias cholitos, pero acá la mayoría igual va a votar por la China ah. Y se rieron juntos, a carcajadas, dándose palmadas en la espalda como ogros flacos. Al diablo viejo, que la gente vote por quien quiera.

El Candidato 36 recibió una felicitación por parte del partido gracias a su eficiencia en la distribución y su compromiso con la campaña de El Presidente. Así que le ofrecieron otras tres toneladas. Y nuevamente, la campaña sirvió para algo. Aunque no para comprar un puto voto.