sábado, 10 de diciembre de 2011



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Faltan tres semanas para el día de las elecciones. Y se cae la campaña de El Presidente. Las encuestas bien podrían mentir, pero en este caso, para qué hacerse los tontos: caída libre, desastre. Lima, la gran capital que tiene un tercio de los votos del país, le da la espalda.

En un intento desesperado por recuperar puntos, el comando de campaña nacional decide recurrir al viejo método de regalar comida en las zonas más pobres de la ciudad.

El Candidato 36 ha dormido un par de horas, mal, con sobresaltos. Se levanta, con la sensación de apenas haber pestañeado. Se lava la cara. Abre su correo:

“Todos los señores aspirantes al Congreso de la República deben pasar a recoger 1 tonelada de arroz y 2 de azúcar en un depósito a las afueras de la ciudad. Deben distribuir el contenido en bolsas individuales (de 3 kilos) con propaganda y el rostro de El Presidente. Deberán repartir los alimentos en sus bajadas a bases, en sus mítines y todas sus actividades, inscribiendo en un padrón el nombre de cada persona beneficiaria”.

El Candidato 36 relee el mensaje, incrédulo.

Está cansado, misio, harto. Quiere descansar un poco más, algo, y le salen con esta tontería. Piensa un poco en dónde quedará ese almacén a las afueras de la ciudad y no se imagina nada peor en la vida que ir hasta allí para recoger toneladas de algo. Pero reúne fuerzas y llama a su pequeño club de amigos, su raquítico equipo de campaña. Y plantea el tema.

Las reacciones son rápidas, de fastidio, con el sarcasmo de los que ya no esperan nada de los políticos. Repartir comida carajo, qué mediocres. O sea, igual que Fujimori. Cambiar votos por papas. Por arroz y azúcar sería, más bien. Es lo mismo pe gil. Pollito por botella. Que no jodan. ¿No querrán que te metas una cumbia, para que salgas igualito al baile del chino? ¿Y de dónde vamos a sacar un carro para traer esa vaina? Imposible. ¿Quién va a cargar eso? Tres toneladas deben pesar un poco. ¿Nosotros? Entre los tres sumamos un humano estándar. Y uno flacazo. Bah. ¿Ok, decisión? Que se jodan con su comida. Hazte el loco.

Al día siguiente, por la tarde, domingo soleado, el Candidato 36 y sus dos musculosos compañeros se dirigen a las afueras de la ciudad y recogen las toneladas de alimentos. Todavía antes de salir, en la Plaza San José, el Candidato 36 pregunta a su colaborador, en lo que ya va siendo cada vez más un rito que una pregunta real: ¿alcanza la plata para alquilar la movilidad? Claro que no alcanza. Hace rato que se ha acabado lo poco que había en la cuenta. Pero hace rato que la respuesta es siempre igual: algo queda. Ya se verá.

Sentados sobre los sacos de comida, en la parte trasera del camión, mirando al cielo de Lima, regresan sucios y contentos los amigos, hablando de cualquier cosa. Qué raro haber leído recién un poema rumano, o un libro con jurisprudencia de la corte, o un artículo sobre racismo, y estar ahora viajando sobre costales, dando saltos, comiendo polvo. Qué raro puede ser un domingo cualquiera.

Así fue ese verano loco.

En pocos días todo fue repartido. No tuvieron tiempo de felicitarse, apenas un informe apurado, entre tanto ajetreo. ¿Ya está? Sí, ya tienen todo. Ellos van a llenar los padrones y nos los entregaran. Chévere.

Y el Candidato 36 y sus amigos siguieron esas semanas, embarcados en una dura carrera rumbo a la derrota electoral, pero con garra, sin dejar de pelear. Como caballeros. O más bien, como gente normal embarcada en algo.

Las organizaciones de afectados que recibieron los alimentos llevaron todo a su local, separaron una parte para hacer una rifa y pagar algo de su alquiler atrasado. El resto lo dividieron por asentamientos humanos y lo entregaron familia por familia, escrupulosamente. Sin propaganda, sin pedidos. El dirigente, viejo amigo, reía al despedirse: gracias cholitos, pero acá la mayoría igual va a votar por la China ah. Y se rieron juntos, a carcajadas, dándose palmadas en la espalda como ogros flacos. Al diablo viejo, que la gente vote por quien quiera.

El Candidato 36 recibió una felicitación por parte del partido gracias a su eficiencia en la distribución y su compromiso con la campaña de El Presidente. Así que le ofrecieron otras tres toneladas. Y nuevamente, la campaña sirvió para algo. Aunque no para comprar un puto voto.


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