sábado, 17 de diciembre de 2011

43




43

1998. Primavera. “Saudade es una palabra que no se pude traducir. Es como estar deprimido, como también sentir nostalgia de lo añorado y morirte en eso”. Se retorcía las manos, hacía gestos de tristeza y desesperación para poder expresar la saudade. “Nunca entenderán”, sentenció. El jefe, en realidad el dueño de la ONG, había vivido en Portugal varios años. Y ahora tenía un nuevo motivo para desparramar su vanidad. Era el traductor cultural de Cesária Évora.

Estaban celebrando algún cumpleaños. Y sonaba el CD, lo que también era notable, porque entonces la mayoría de los trabajadores seguía usando radios con toca casetes. El Jefe hacía pocos minutos había gritado a una de las secretarias, luego había torturado psicológicamente a la administradora y había impuesto una reunión de coordinación hasta las 9 de la noche, porque sí. Pero ahora estaba embargado de World Music y se sentía generoso compartiendo su cultura.

Y sonaba la hermosa voz de la mujer de Cabo Verde en este recinto de oenegé limeña. La música suave de su pueblo lejano, historias recientes de pobreza, colonia, esclavos y migrantes. Canciones que sonaban de la casa, cercanas, propias, familiares. Acomodado en su sofá, fumando un puro y en la mano un ron Habana Club, el jefe rebajaba ese vínculo de belleza y herencia, a un símbolo de su poder. Y todo parecía tan normal. Tan cool, rodeado por sus chupes sonrientes.   

-Ya, o sea, una especie de melancolía entonces, tanta vaina ese saudade-.

Rompiendo el hechizo, un practicante, chibolo despeinado y raquítico, gritó con voz de pato. “A ver súbele el volumen, no se escucha bien qué canta esa tía”. El jefe se quedó callado un momento, estupefacto ante ese ataque desde el pueblo ignorante, bárbaro, no cultivado. Una distracción y zas, alguien aprovechó para cambiar de disco. Seguro otro cholo. Eso, gritó el chibolo saliendo a bailar, un poco de chicharra pa’ la gente bacán.  

Todo mejoró sin Cesária Évora esa noche. Al chibolo lo botaron un tiempo  después de esa ONG. Pero muchos años acompañó su soledad con la voz de esa mujer sencilla, de conciertos magníficos que fluían como si estuviera caminando descalza, por la cocina de su casa. Pero no hubo nunca más un intermediario. Todo fue modesto, cálido, callado (aunque musical), como deben ser las cosas cuando son entre familia.


No hay comentarios:

Publicar un comentario