miércoles, 21 de diciembre de 2011


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Entusiastas, desde el TEM, dictamos un aguerrido y pionero curso sobre el campo de estudios de memoria para estudiantes de pre grado de San Marcos. Los sábados por la mañana, con resaca o medio adormilados, ojerosos o legañosos, sin desayunar y hambrientos, allí estuvimos cinco semanas sin fallar. Para ser primera vez, para qué, el curso tiró su gato.

Algo me dejó pensando, hasta hora, que escribo en la madrugada. Los participantes, especialmente los que eran víctimas de la violencia, en repetidas ocasiones se apropiaron de la palabra por largos minutos, y al usarla era difícil contradecirlos, cortarlos, interpelarlos. Su condición de víctimas los legitimaba de tal forma que hacía casi imposible un cuestionamiento a su prédica. Y ello, ya fuere que su prédica sea consistente o no (finalmente qué es eso), hacía muy difícil que se estableciera un diálogo en términos más reflexivos.

Cuando pedían la palabra, lo que pedían y obtenían era la autoridad de la víctima. Su discurso reclamaba un deber y su propio ejemplo, su presencia, encarnaba ese deber cumplido: luchar por la verdad, por la justicia, la memoria pues, como un arma contra la impunidad. “Hacer memoria nos hace ciudadanos, nos ayuda a sanar, nos da agencia… y es nuestra obligación esclarecer lo ocurrido”.

Pero no sólo eran ellos, la mayoría de asistentes había llegado con alguna expectativa de aprender algo más de la memoria como un arma del activismo social.

Dudamos en el poderoso TEM, conversamos sobre qué hacer. No queríamos que nuestro curso cayera en una cadencia de lugares comunes sobre los derechos humanos y la justicia transicional. Tampoco que se agotara en el comentario de la coyuntura política que esta perspectiva suele generar. Queríamos pensar y proponer algunas ideas para que los demás se animaran a explorar más sobre las múltiples memorias, sobre las cambiantes memorias, sobre las viejas memorias y las nuevas y las que parecían antiguas tradiciones pero apenas si tenían meses de vida. En fin. Abrir.

Qué difícil abrir en ese momento. Y qué difícil decir frente a los afectados, que los investigadores y los jóvenes que estaban presentes, futuros investigadores, los acompañaban en su luchas, pero tenían también la obligación de dudar, de criticar, de evaluar las fuentes, de cruzar la información, de seleccionar sus intereses, de ser políticamente incorrectos para obtener hipótesis sugerentes que los motivaran a seguirles el rastro.

Pensamos mucho en eso los chicos y chicas del TEM, mientras evaluábamos la sesión comiendo chifa de menú a 7 soles el plato sin gaseosa. Al final, quizá por ser el viejo del grupo, tuve que decir algo así como “los afectados son dueños de sus experiencias, pero no de lo que podemos reflexionar sobre ellas”. Y creo que es cierto pero al mismo tiempo ¿cómo se puede comprender más sustancialmente una experiencia que alguien que la ha vivido, la ha sentido (y la siente) y que además está allí, pensando sobre esa experiencia, es decir, no está simplemente marchando en las calles?

Como sea, fue un avance. Porque pudimos a partir de entonces hablar más libremente.

Pero aún sigo pensando en la pasión de la exigencia de los familiares. El deber de hacer memoria. Y me sentía algo desamparado ante ese poder de la justicia. Cómo oponerte ante un mandato tan valioso. Pero develar es a veces sinónimo de desnudar, que es dejar indefenso. Si rompes el silencio o el secreto, después, ¿cómo se repara?

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(Cierto, cierto, pero, ¿cómo olvidar a los muertos?)

Dice Cohen: 
"Una anciana nos dio cobijo
nos escondió en el desván
entonces llegaron los soldados
murió sin un susurro
ni siquiera un susurro (...)

El viento está soplando
por entre las tumbas está soplando
pronto llegará la libertad
y saldremos de estas sombras
quiero decir de estas sombras..." 

2 comentarios:

  1. Se puede hablar de un taller de memoria impacial, cuando el grupo está afiliado a No a Keiko?

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  2. Desde el TEM buscamos que los nuevos investigadores reconozcan algo que no es obvio siempre: que todos los grupos producen memorias diferentes, cambiantes y legítimas. Y que pueden ser por tanto, todas, objeto de indagación. Todas las expresiones de la memoria, de ronderos, oficiales, soldados, campesinos, "víctimas" o "perpetradores", para decirlo en grandes palabras. Conocer sus procesos es algo que seguramente enriquecerá nuestra comprensión de estos temas.

    Lo que no quiere decir -no confundir los planos- que como TEM seamos imparciales frente a las violaciones a los derechos humanos o los atentados contra la democracia. Allí somos absolutamente parciales.

    Gracias por comentar.

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