viernes, 23 de diciembre de 2011



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En plena contemplación. Ojos cerrados para que no se escape ni un pedacito de música. Disco sonando a buen volumen para que el mundo no interrumpa el esfuerzo por sentir. Ansiedad por el placer anticipado que produce el admirado final. Ese final como un arrullo intenso. Taza de té tibio en la mano, suspendida entre la mesa y los labios, muy quietos. La última frase, compuesta hace más de un siglo, cantada nuevamente, suspendiendo también, el tiempo.

Y la voz a mi lado, nasal y estrepitosa, acompañando la obertura de la bolsa del D’Onofrio con toda la alegría de la navidad: “la verdad, cuando pones esa música, me vienen unas ganas bravazas de empujar panetón”. Y sucede. Un Mascagni interruptus. Uno más. A quién no le ocurre. Sobre todo en estos tiempos de fiestas, comida, regalos, estrés y sobre todo, familia (con la curiosa e inútil ganancia de descubrir que entre esos italianos existía un puente: de pasas y frutas).  


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