miércoles, 10 de octubre de 2012

Un lenguaje sin compasión



59

Sentí por primera vez esto cuando en el lugar donde trabajaba entonces, se ganó un caso muy importante para el país ante el sistema interamericano. La conversación con el líder de los familiares no amainaba. No quería valorar lo obtenido. Quería destruir a todos, a los que antes lo humillaron en la comisión de indultos, a los que le negaron apoyo desde las ONG, a los que lo estigmatizaron. Pero sobre todo me alejó de él su deseo insaciable de desenmascarar a otras víctimas del caso porque sospechaba de ellas como posibles informantes de los agentes estatales, o como oportunistas. Su justicia me parecía extremista. Una justicia sin piedad. Porque me parecía que era innecesario, que esas personas habían sido superadas por fuerzas sobre las que no tenían control. Y ya estaban sufriendo mucho, largos años, y que también eran víctimas como él. Y que si fueran ciertas sus sospechas, su calvario estaba agravado por la culpa, por la secuela de la traición. Que no toda la justicia es penal.   

He sentido otra veces lo mismo, en diferentes momentos, ante la actitud tan beligerante de amigos y compañeros de ruta, frente a los rivales políticos. A veces los he visto ganados por un impulso por la confrontación abierta, por un arrebato que marca una línea en la arena que divide a los justos de los demonios. Visiones maniqueas del Estado y sus funcionarios donde a estos sólo se los puede observar como portadores de la trampa. Y donde a veces pareciera que lo que se desea es que todo termine en desgracia y muertos, para confirmar las hipótesis de un estado represor.

Sobre todo me llama a pesar el trato dedicado a los policías, como bultos a los cuales está bien patear, insultar, denigrar; tombos listos para ser usados como propaganda, comic, o ingenioso arte de protesta urbana. He trabajado un poco con policías en mi vida y sé que no son santos. Pero sí sé que saben tener miedo y sí quisieran –los que conocí- que no se los coloque siempre como carne de cañón para herir y ser heridos. Pero a lo que me refiero es a que no importa cómo son en la vida real los “tombos”. Lo importante es que son útiles para consolidar rótulos, para construir enemigos inhumanos.

Es cierto que los políticos y líderes fujimoristas o del Movadef no son sólo rivales políticos, sino que pueden ser más precisamente enemigos de la democracia, y por ello se justifica un tratamiento más duro y una vigilancia más atenta y fuerte. Pero incluso acá, cabe conocer más, hacer un esfuerzo serio y honesto por comprender, y no sólo por patologizar y menospreciar a quienes o participan de estas opciones o a quienes por muy diferentes razones, las apoyan o por lo menos, no las rechazan de plano. A quienes por ejemplo, no son estos líderes. Y no son pocos.  

Quizá les pase a otros. No lo sé. Pero eslóganes como “No olvidamos, no perdonamos”. Esos rótulos tan seguros de sí, de lo que es lo correcto, nunca me han gustado, no me motivan. Tampoco otros como “El olvido está lleno de memoria”, por su vacío ingenuo, su apelación a la simple idea de que el pasado nos cura o que la memoria tiene muchos atributos. U otros eslóganes, heredados de décadas pasadas como “la sangre del pueblo jamás será olvidada”.

Jamás será olvidada. Tanta sangre. Viviendo a nuestro lado. Recuperada retóricamente en cada caminata por Lima. Invocando ¿qué? ¿Que nuestra comunidad se construye sobre un charco de sangre y que nosotros flotamos sobre ella?

No es que no esté de acuerdo en que no será olvidada. Cómo se olvidan en un par de generaciones (o más, como nos enseñan Europa o China o Corea), decenas de miles de crímenes. Ya hemos visto que no se olvidan. ¿Pero que eso sea cierto quiere decir que se transforme automáticamente en nuestro programa? No lo sé.

Y sobre eso, sobre tanta basura y sangre, ¿cómo hacen para flotar sobre ella tantos amigos demócratas? Desde qué lugar limpio piden no olvidar, no perdonar, no reconciliar.

¿Cómo hago yo por ejemplo, para no especular sobre otros con más méritos? Acompaño las actividades convocadas por los familiares, porque sé que tienen razón, porque ante la impunidad pedir justicia es elemental. Pero me entristece el mensaje que compartimos. El de fondo. El que no se refiere al justo reclamo por el agravio y la justa persecución y sanción de los culpables. Me desconcierta el mensaje que tiene que ver con nuestra cultura política, tan feroz. Y por eso acompaño callado.

¿Hay algo así como un exceso de justicia? ¿Es como amar mucho pero al revés? Esa rabia con que se busca la justicia sin ninguna consideración, es algo que me aleja de mis amigos estos días. Una especie de lujuria de justicia, que hace que esta pierda su potencial de re-hacer, de recrear. Y se concentra en su poder para reprobar, sancionar, prohibir, reprimir. No lo sé.  

Las mofas y el escarnio hacia la salud de Fujimori, las bromas sobre su cáncer, sobre su cuerpo, el escrutinio de su intimidad, su lengua con heridas convertida en burla, en slogan y en comics, la humillación de su familia, me apenan.

Es obvio que los fujimoris no son dignos de crédito, que todo su cuadro médico puede ser armado. Es una tradición de este grupo recurrir a la mentira sistemática. Su grupo político y sus aliados en los medios de comunicación se comportan con cinismo y sin escrúpulos. Es válido e imperioso resistir su acometida. 

Pinochet y su comedia, su burla tan hiriente al regresar de Londres a Santiago está fresca en el recuerdo de muchos. Fujimori no debería ser indultado sino lo merece de acuerdo a nuestras normas. No debería tener un trato diferente al de otros peruanos en situación similar, que se consumen en las horribles cárceles que a diario administra el Ministerio de Justicia. Si cabe, todos deberían recibir la misma cuidadosa evaluación. Ese no es mi punto.

Es sólo una duda personal : no quisiera construir mi militancia en los derechos humanos bajo imágenes de crueldad o ligereza. No me reconforta la desgracia de nadie, ni de un culpable atroz. No me motiva salir a  marchar exigiendo que alguien permanezca preso si está enfermo. Me cuesta compartir la satisfacción de los que están tan seguros de su superioridad moral.

Sé, la justicia no se compra en la esquina. Y hay que cuidarla, más en un país donde hay tan poca. Alberto Fujimori, debes pagar tus culpas, y ese lugar es la prisión. ¿Pero nosotros debemos pagar sus culpas también, haciendo de nuestro derecho, una carga, un lenguaje sin compasión?



miércoles, 1 de agosto de 2012

 


58

Se encontraron en la plaza y acompañaron la protesta por un rato. Ambos tenían gripe. Ella más. “Me muero, ahora mismo, seré mártir de la democracia”. Le dolía la cabeza. Como la lucha contra la impunidad no se iba a resolver esa noche, huyeron. 

Comieron salchipapas, luego caminaron, luego se despidieron. Ella regresaba a su país al día siguiente y cuándo se volverían a ver no estaba claro. Quizá nunca más, decía él. Llorón decía ella. ¿No conoces el Skype? 

Todo fue sencillo comiendo salchipapas. Un tema recurrente tras otro. Tal vez porque venían de la protesta, estuvieron métele y métele contra el arte memorioso. Él relajado, con sus clásicos en fin, los chicos hacen lo que pueden. Ella con sus me tienen hasta acá con su arte malaaaazo (se le había pegado malazo). ¿Por qué nadie les dice nada? Así son ustedes los limeñitos pues, no dicen las cosas, son tibios nomás, mollejas, moléculas, ¿cómo era? ¿Será malaguas? Eso, malaguas. Y tú siempre “chicos, chicos”, si son unos viejazos que se montan sobre las víctimas para verse más bonitos, más piolas... O sea ahora yo tengo la culpa por decir que son chicos. Es que tú eres el principal malaguo, ¡el malaguo flaco! 

La salchipapa se acaba lento. Más lento aún si se grita en vez de comer. ¿Oye, ahora ya se te quitó la gripe? No, ¿por qué ah? Si así hubieras gritado en la plaza tomábamos el Palacio. Ah verdad, espera: me duele la cabeza, me muero ay, ¿ahora ya puedo seguir? Sí, pero ¿y si mejor hablamos de Batman 3? No, la voy a ver llegando a Europa en pantalla más grande que todo tu palacio. Ah, yo acá nomás en Risso porque soy del tercer mundo. Puta que eres un subalterno de mierda, me jodes, no me dejas hablar. Puedes hablar, eres hegemónica y blanca y tienes una pantalla de cine del tamaño de Ayacucho, justamente esa es la gracia de ser desarrollada. 

Salieron hacia su departamento. En el camino siguió entusiasmada, con su voz cada vez más parecida a la del Pato Donald, asfixiándose entre frase y frase. Es que ese artesito cómodo, con cara de buena gente, me jodeeee (se le había pegado jode). Es como si hubieran sacado todos el DNI de la superioridad espiritual, puta mare, y te lo pusieran en el marco de cada cuadro. ¿Como una Marca Perú? Sí pes, como una Marca Perú pero no del ceviche sino de lo justo. 

Renegando y riendo llegaron hasta la puerta marrón de siempre. Nada especial había sucedido, sólo la misma conversación de ayer y de anteayer, retomada y recosida. Sólo quedaba decir chau. Y eso se hizo.

Bueno, ya nos vemos. Sí, ya nos vemos. Él empezó a cruzar la calle, para coger el micro que regresa por toda la Arequipa - Bolívar - Católica - San Marcos. Ella se detuvo en el umbral de la puerta. Le gritó ¿Viste el video de Pina? ¿Cuál? El que te regalé. No. Te lo di hace tiempo. Aún no lo vi. 

Lo miró un rato, indecisa. Tosió. Miró hacia la calle. Volvió a toser, buscó aclararse la voz. Pero le salió apenas un murmullo seco, de asmática: cuando yo salte, quiero cerrar los ojos y no estar segura, pero creer que alguien me cogerá, creer, pero no estar segura... ¿me entiendes? 

Él, ya cruzando a prisa la pista húmeda le grita. Lo veré y te cuento, ¿está bien? ¡Está bien! Le grita ella como puede. Y le agarra un ataque de tos. Y entra. Y se acabó. 

El escribe en su blog una tarde “Hay muchos tipos de despedidas, pero quitando las que son de vida o muerte, o las que son contra la voluntad, o como parte de un abuso, en general están sobrevaloradas. Son casi un subgénero menor de las tragedias”. Pero le parece una frase hueca, puro rollo. Y la borra. 

El video de Pina lo había visto hacía meses, a cada rato. Pero había decidió no pensar en ello.




viernes, 29 de junio de 2012




57

Todo el viaje se la pasó saltando, haciendo malabarismos en un borde de la lancha, desafiando a la gravedad y al poderoso balanceo. Otros niños lo veían, algunos se animaban a imitarlo un ratito y luego se asustaban. Reían.

Algunos adultos le pedían que se bajara, que tuviese cuidado. Otros sólo lo miraban desde las bancas de madera, qué pensarían, nosotros acá a punto de vomitar por el mareo, con este limón pegado a la ñata, y este chibolo bailando a mitad del océano.

Al llegar al muelle de la isla siempre era de los que saltaban sin miedo, de los primeros, sin esperar que nadie lo ayudara desde el otro lado, que nadie le tendiera la mano. Él esperaba atento ese momento en que la lancha empujada por una ola bajaba, se pegaba y luego subía raspando borde contra borde, llanta contra llanta, haciendo crujir las maderas del muelle viejísimo y verde, como si quisiera moverlo más allá. Tumbarlo.

La lancha contra el muelle, por unos segundos, poniéndose a nivel para que los pasajeros brincasen. Y se completara el viaje: del Callao a la isla. De la ciudad a los parientes. De la libertad a la prisión.   

Las viejecitas y las mujeres y niños pusilánimes necesitaban que casi las cargasen desde la lancha hacia el muellecito. En el tablado se veían y resplandecían las sonrisas de los presos que ayudaban a descargar los baldes, bidones de agua, costales con alimentos y bultos en general. La visita no era cualquier cosa. No era sólo gente.

Esa mañana algo falló. Él con soltura esperó un buen momento, se inclinó cuando la lancha estuvo cerca y zaz, de pronto había perdido, estaba inútilmente metido entre muelle y lancha, su pierna derecha apretada por las llantas negras que protegen los costados de ambas estructuras.

Alguien desde el muelle lo cogió en el aire, lo levantó, lo sacó antes de que cayera al agua. Su pierna estaba hecha una desgracia. Lloraba. Más de vergüenza que de dolor. Hacía solo un momento era el rey bailarín de los siete mares. El intrépido. Ahora los otros niños lo miraban asustados, bien paraditos en el embarcadero, ya a punto de entrar en filita hacia los pabellones a buscar a sus padres, hermanos, tíos. Y él, torpe, tendido en las maderas, viendo discutir a los presos con los republicanos sobre a quién correspondía atender al herido, o si debía regresar de inmediato al Callao o qué. Qué hacer con este niño bobo.        

Regresó al Callao luego de muchos años, esperando sentir algo, pero no. Nada de sentir. Ningún recuerdo aflorando.

Las lanchas llegan, rodean el faro (que no ha cambiado nada en veinte años), se acomodan, se pegan llanta contra llanta al embarcadero de piedra, meciéndose, crujiendo un poco. Los ocupantes dan una saltito y ya están seguros, y avanzan por el estrecho pasadizo que los sacará hacia esta plaza, de piso rojo y ladrillos limpiecitos.

Hacía mucho frío en el Callao. Tomó unas fotos. Se acercó a la puerta de ingreso para el embarque. Sabe qué es lo que debe recordar: la fila junto a sus hermanos, no separarse, pedirle a alguna mujer mayor que los hiciera pasar como “sus hijos”, cargar algún paquete para parecer aún más de su familia. Avanzar rápido por ese pasadizo de paredes sucias, saltar hacia la lancha que se mueve, acomodarse en algún borde para mirar las otras lanchas, la espuma, el agua. Y avanzar hacia la isla.      

Lo recuerda porque a eso ha ido, pero no ocurre aquello que se llama comúnmente revivir, rememorar. Así fue esa tarde, seca de pasado aunque el lugar era el correcto. Y se fue. Luego vio las fotos en casa. Malas. Como siempre que tomaba fotos, sin destreza. Vio en una de ellas, al fondo, casi invisible por la neblina, un barco enorme.

Esa noche soñó otra noche de regreso al muelle, la oscuridad apretando junto al frío, como una sola sustancia, la lancha buscando el rumbo, sus hermanos pegados a él, cada persona buscando un punto de luz que pudiera ser la del faro, la guía. Miedo en todos, incluido el capitán. Llevaban extraviados tanto tiempo.

De pronto, surgiendo de la nada, colosal, un barco, con sus cadenas poderosas, sus chorros blancos de agua cayendo desde orificios como bocas, su superficie cien veces más grande que la endeble lancha de pescadores sin peces, de gente callada y tensa. Y sus números, enormes, tan grandes como casas, negros, altos, poderosos. Un monstruo alumbrando el océano por un momento.

Y la lancha huyendo. Buscando el faro, el muelle, la ciudad, el Callao, la vida.
Buscando la salida del mar.


martes, 1 de mayo de 2012



56


Desarraigados. La diáspora de los objetos no nos parece algo extraño. Nos dejan sin ruido, sin drama. Desnudos, aprendemos a morir como animales.   

Se van los lentes, la ropa, los libros. Se va la función del nombre y los recuerdos. Se va el sabor, el sueño, la canción más querida. Sin zapatos nos acomodan en filas. Caen sobre nosotros piedras y trozos de pared. Pronto nos abandonan los piojos, lentamente el aire, la saliva, la sangre y por último, ese secreto que nos hacía sentir que éramos especiales.    

Al fondo se escucha el mar. También se va alejando ese fondo. Más fuerte que su rumor es cada minúsculo roce de piel, la carne que se rasca, los líquidos del cuerpo, escurriendo, cosas que antes no sonaban y que en este nuevo conjunto, tienen su melodía.

¿Será buena la muerte que hace renacer las formas antiguas, con sus bordes que son los mismos para afuera y para adentro, con sus bordes blandos que más que empujar abrazan?

¿Será buena la muerte de las cosas extraviadas, sus cadáveres sin luz pegados a los ojos, sus ángulos llenos de sangre y la materia tragada por el deseo de despertar cubiertos de colores y de piel?

Los objetos, cada uno tan repetido y roto.

Y no saber a estas alturas si uno es un objeto o todavía. 


viernes, 27 de abril de 2012

tomado de acá


55


Hay personas que están de paso. Exploran las heridas de la guerra, curiosas, sensibles, asombradas. Entusiastas, ingresan a la vida de la gente, a sus secretos, sus vergüenzas, sus temores, movilizan también, sus esperanzas.

Con su energía, más la ventaja táctica de su distancia de los hechos, su relativa frontera emocional y sus recursos, por un momento apoyan causas complejas. Como estas que ha dejado la guerra en el Perú. Muchas de las contribuciones más interesantes sobre la violencia política han sido obra de peruanistas, por ejemplo.   

Tienen motivos personales muy diversos. Compromiso social, activismo, necesidad académica, trabajo en la cooperación, cuentas que saldar con su pasado, moda intelectual, esnobismo, turismo miseria (su variante el turismo-trauma), o varias cosas mezcladas.

Obviamente, la inmensa mayoría se va. Cumplen su función, terminan su trabajo, sus tesis, sus proyectos o simplemente, desean un cambio en sus vidas. Quizá vayan a algún lugar donde se los necesite más.

Acompañan un trecho. Muchos con gran suceso. Algunos (tengo en la mente a varios) cumplen roles muy significativos. Otros, los menos (pero los más), siempre vuelven. Establecen una relación más profunda con la gente y la comunidad que los acoge como amigos y aliados.

Pero la mayoría simplemente se va. Los que nos quedamos agradecemos el esfuerzo realizado. Nadie espera que se queden a vivir en el  Perú si Europa está allí a la mano.

Pero habiendo conocido ya a muchos de estos amigos, debo confesarles a ellos, que con los años, cada vez más me deja su contacto una sensación amarga. Con cada nuevo europeo o gringo que llega, las ganas de hablar se van haciendo menores.

Es que no sólo se es compañero de ruta, se es también objeto de estudio. Por más participativa que sea la cosa. Porque es un pacto y todos ganamos con esta relación, pero se desgasta el lenguaje al narrar los mismos hechos. Y se desgastan los hechos, al convertirse por momentos, sólo en lenguaje.

Siempre se puede volver a decir lo mismo, repetir. También se pueden decir cosas nuevas, reflexionar, pensar más hondo. Pero eso no genera placer, no necesariamente trae satisfacción. A veces no trae nada.  

El pasado y el presente no son cosas diferentes. Son movimientos de la experiencia. No se puede hacer memoria eternamente si por esto se entiende seleccionar olvidos y recuerdos de barbarie para construir una narrativa, como si la memoria fuera algo anterior al cuerpo, al pensamiento, a la práctica, a las relaciones sociales. Una especie de materia prima cultural que está allí antes que nosotros, para moldearla. Esto es una ingenuidad.   

La memoria no es sólo recuerdos, no es sólo el capital simbólico de los oprimidos. Es una actividad tensa que junto a otros elementos, de los cuales depende, ayuda a poner en juego nuestra identidad. Un elemento de un discurso mayor, que nos hace ser-frente-a-otros en un sistema de jerarquías, prestigios y poder. Y remitir este discurso permanentemente a hechos trágicos (e impunes), nos hace ser frente a los otros, entes vulnerables, sujetos débiles.

Quince años después de mi primer amigo cooperante, siento que he vivido una larga y tácita entrevista. No me arrepiento de haber sido utilizado de ese modo. Debe haber servido de algo, por lo menos un poquito. Y es en realidad inevitable pues la relación casi siempre se estableció desde el inicio en esos términos: tú tienes una vida o unas ideas que transmitir - a mí me interesa elaborarlas= el resultado deberá beneficiar a los que han sido tratados injustamente. Aunque sea de modo indirecto.

Pero quizá si esperaba que en algún momento esta entrevista acabara. Que se diluyera en una conversación donde se pudiera dejar de sentir el uso detrás. Dejar de ser la fuente. Pero será para más adelante. Porque por lo menos por ahora, la entrevista no parece que vaya a terminar.

Así sean los costos y las apuestas. Y claro, nada de andar gimiendo. Pero por qué no, de vez en cuando, alivia escribir un par de cosas que se sienten como verdades. Y ya.    


sábado, 14 de abril de 2012



54

Ese olor no es el suyo. En su momento estelar, ya no huele a ella. Y ella olía con tanta nitidez.

Las flores, los letreros, el café, los saludos. Ella odiaría este momento. Pero acá está, sometida a la familia. A un rito postizo de gente que la quiso mal.

Apenas murió anoche y ya parece una muerta abandonada, como si le hubiera tocado una muerte muy vieja, gastada.

A mi lado alguien dice su nombre. Es extraño porque hablan de ella como si fuera algo remoto, una cosa ajena. Una enfermedad.

Quisiera irme pero la convención me detiene. Así que desde un rincón observo el teatro colectivo, espontáneamente ciego, que no ve sus heridas, su nariz aplastada, sus dedos rotos. Murió de muerte. Nada más. Las manchas de sangre adecuadamente ocultas por el secreto, los chistes de velorio y muchas blondas celestes.

Ella se seca como una momia inexperta.

Creo que estoy loco. Pero lo sé, sé, que por inercia, su cuerpo aún repite el sueño de ayer. Cuando perdida y agotada por la tortura, soñaba morir. Y no lo tolero. Quiero que pare.

Quiero que todos se vayan. Que nos dejen solos. Quisiera tener el valor y gritar: lárguense, no finjan, ahora están por fin tranquilos, se murió la muerta, la maldita, la terruca, la perra, por fin se acabó el miedo. Largo. No tienen que esperar a ver si revive.

Pero no hago nada. Sólo la miro soñar ese eco.

Como un bobo, como un cobarde, cierro los ojos para ver si por algún arte mágico la encuentro en la oscuridad, para ver si ayuda cantarle sobre una laguna paraguaya, o jurar que seré lo que ella quería que fuese.

Pero no hay magia, no hay más que ruido en esta habitación y este calor y estas manos que me golpean la espalda. Es absurdo, lo sé, lo sé, pero igual, siento, siento, y con los ojos cerrados avanzo hacia la salida. Esquivo pésames y brazos y sudor. Y la busco.

Pero no la encuentro. Aún no. Para que descansemos. Para que nunca más vuelva a soñar ese sueño ni ninguno. Para que por una vez se comporte como cualquier persona normal. Y ella solamente se pudra. En paz.



martes, 27 de marzo de 2012




53


La memoria es buena porque sana. Pero nadie le pregunta al enfermo de qué quiere curarse. ¿Cómo se cura uno de su propio pasado?

La memoria es buena porque evita que todo se repita. ¿Pero cómo un buen ejemplo impide la tortura? 

La memoria es buena porque sirve a la justicia. ¿La justicia que tarda 30, 50 años para seguir callada, que en el mejor de los casos es una justicia selectiva? A la justicia le iría mejor con menos memoria y más presente.

La memoria sirve a la gente para hacerse visible, para luchar por su inclusión. ¿La memoria como un producto, como un capital, la memoria como una herida que se exhibe?

La memoria cuestiona las verdades oficiales, la memoria reta los discursos hegemónicos. Cada grupo, sobre todo los subalternos, tienen su memoria. Todas valen. Todas las millones de memorias conviviendo en un océano de relativismo. ¿La verdad sólo es un sueño ingenuo pasado de moda?

Las batallas por la memoria, cuántos verdades dejan muertas. Cuántos animales carroñeros alimentan. Gozosos, ejerciendo su tecnología de bondad. O cultivando una versión de arte popular que sí sana, pero a sus cultores.   


miércoles, 21 de marzo de 2012



52

Se despierta a las 4:27 de la mañana. Se asfixia. Busca el vaso de agua en la oscuridad. Permanece sentado a la cabecera de su cama largo rato. El desorden. En su cabeza. ¿Es en su cabeza? Su cabeza, que parece que no tiene un lugar, que está en todos lados. Desorden. Respira hondo. Varias veces. Respira, mal, sin ritmo. Se asfixia torpemente. Su cabeza sin límites. Se atora con el agua. Deja el vaso en la mesa de noche.  

Se sienta en el borde de la cama. No quiere prender la luz de la lámpara. No sabe por qué. Sí sabe por qué. No quiere la verdad de verse sentado a la cama, asustado, patético. En la oscuridad, aún parece que está en el territorio del sueño, todo parece casi falso. La luz trae más desorden. Más. La luz es objetos. Cosas. Ojos.  

Se concentra en respirar. Sabe que no se va a asfixiar, no en serio. Sólo debe calmarse. Se concentra en su cabeza, está entre dos palabras, las dos casi conocidas. Por un momento permanece en ese borde. Pero allí no hay nada, nada, sólo un desorden más denso. Retrocede angustiado. Sabe, sabe, sabe que allí está el quiebre. Sin regreso. En ese borde. Cuando las palabras pierden su significado. Y sólo quedan ruidos en la cabeza. Y es intolerable. Intolerable.   

No quiere regresar a soñar. No quiere soñar nada. Pero debe levantarse a las 8:00am e ir a trabajar. Hace veinte años que hace lo mismo. Se acuesta. Se pone de costado. Se habla a sí mismo, en murmullos, vieja fórmula para recobrar el orden. Costumbre que la exasperaba, que ella sufrió por años con algo de piedad.

Él se pone sus lentes. Se cubre con la manta. Y cierra los ojos. La patita rota de carey marrón le lastima la oreja, pero se deja los lentes puestos. Para verla llegar en el sueño, porque con los años, ya casi no ve nada de lejos.

Ella lo sabía calmar. Acariciaba su nuca. Lo miraba dormir. Y él sabía que ella lo miraba dormir. Y eso era un orden. Ella ocupaba su lugar de la cama, muy quieta. Su olor decía estoy acá y tu estas durmiendo.

Él entre sobresaltos, abraza un lugar vacío.



viernes, 16 de marzo de 2012



51

¿Entonces somos del PPC? ¿Somos de Bedoya? Mi padre me sonrió. Ven, me dijo, y me levantó según su costumbre, lanzándome hasta el techo y capturándome en el aire. No me gustaba que hiciera eso, pero como sabía que él pensaba que me encantaba, lo dejaba hacer.

Me sentó en su cama. Allí, muy serio, pero didáctico, me dio mi primera clase de política. Me explicó la diferencia entre los partidos. Me explicó la izquierda y la derecha. Me explicó la justicia y la injusticia. Me explicó la pobreza y que no era normal. Que tenía causas y que se podían modificar. Me puso muchos ejemplos.

Fue una clase afectiva, porque mi joven padre me contó su izquierda con cariño y pasión. Porque me explicó por qué era nuestra obligación compartir con los que menos tenían y defender a los más débiles. También me explicó por qué debíamos ser amables y cariñosos con los amigos que llegaban a la casa. Porque ellos a veces no tenían que comer ni dónde dormir, y que no era porque fueran unos vagos –como decía mi tío-, sino porque estaban luchando por los pobres. El pueblo nos necesita ¿comprendes? “El pueblo - unido - jamás será vencido”, canturreó, mostrando todos los dientes. Y me enseñó a levantar el brazo. Así, ¿vez?

Recuerdo que entonces, a los 5 años y medio, me parecía que a nosotros nos faltaban muchas cosas y que no teníamos mucho que compartir. Pero le creí. Le creí todo lo que me dijo. Me dio un golpecito en el hombro y me mandó a dormir. Me regaló un volante y un chicle. Me advirtió que no me lo fuera a tragar.

Partí el chicle por la mitad y le alcancé una parte a mi hermano menor, que ya estaba medio dormido, con su moco eterno en la nariz. Antes de apagar la luz le di una última miradita al volante, de letras negras (no, no eran rojas, estoy seguro de eso).

Pensé que cualquiera se podía confundir entre PPC y PCP, sólo con cambiar el orden de las letras. “Mañana le diré a mi papá que su partido debe cambiar de nombre”. Me sorprendía que algo tan simple, no lo hubieran resuelto hace tiempo. Quise llamarlo en ese momento y decirle mi idea, pero mis ojos se cerraban. Lo llegué a llamar un par de veces. Pero ya estaba soñando. Y no vino.

domingo, 4 de marzo de 2012



50

La envidia cómo mueve mi mundo. Desde que escuché cantar a Salgueiro no vivo en paz (decir esto es en realidad exagerado, pero es mejor decirlo así para no perder el tiempo buscando las palabras exactas). Lo cierto es que intento mejorar mi técnica. Primero lo hice llevando clases, luego, sin mucho tiempo y plata para invertir, practicando de modo artesanal en el hogar. Algo debo haber mejorado, pues mis hermanos se quejan menos de mis ensayos. Pero no soy tan tonto. Sé que jamás cantaré así. No es sólo practicar, es talento. No por mucho practicar con ecuaciones descubres la teoría de la relatividad. 


Pero como la envidia es poderosa y creativa, ha buscado modos de desplazar mi frustración. Debo cantar como Salgueiro o aproximarme a ese nivel, al hacer cosas al alcance de mis fuerzas. Últimamente me concentro mucho en caminar. Caminar bien, con estilo, derecho, sin empujar a nadie, fluyendo por las veredas como una nota fluye del diafragma a los labios del luso. Quise hacer lo mismo con el respirar. Pero es más difícil. Mientras más me concentro en respirar peor me sale. Y me asfixio. Más de lo que ya es común que me asfixie desde mi niñez.

Pero no importa, no todo tiene que salir bien. Como proyecto tengo lo de saludar. Ya lo estoy planificando. Dentro de un tiempo, seré un gran saludador, con todos los registros del saludo social y comercial dominados. Por ahora debo caminar, perfeccionarme, hasta que mis cien pasos hasta la panadería sean una analogía modesta del magnífico falsete del final de “Lagrima”.

Y quizá un día alguien muy sensible, un alter ego improbable, comente al verme pasar con mi bolsa de plaza vea: ése pata cuando camina canta un bello fado.


jueves, 1 de marzo de 2012



49


Esta noche me fui al cine solo. No es que no lo haya hecho muchas veces antes, pero sobre todo ha sido en cine clubes. No fue bueno mi malo, fue algo raro. Quizá el error fue ir al festivo cine de citas del Centro Comercial Risso. Pero sobre todo, comprar canchita y coca cola. Si compras el combo dos, entonces sí, parece que está pasando algo a medias. La canchita está pensada para compartir.

La cajera ya había empezado mal. “¿Una entrada?”, remarcó algo desconcertada. Pero no hice caso. Subí, hice cola, compré, me senté en un buen lugar, miré, me conmoví, como siempre intenté recordar el nombre de las canciones que me gustaron, por fin, salí.

La avenida Arenales a media noche. Hice un gran esfuerzo de voluntad para superar mi timidez y regalarle la canchita que casi no comí a una señora que pedía dinero en la acera. Regresé a casa, saqué a mi perra, la vi correr por el parque. Volví a casa. Vi como entrevistaban en la tele a un viejo amigo al que frecuento ahora poco y sentí orgullo. Lo extrañé. Le escribí un mensaje felicitándolo. Me llamó. No contesté porque vencer dos veces la timidez en tan poco tiempo ya era demasiado. Y más aún por el teléfono. Ese instrumento temible.

Luego prendí la tele y vi el final de otra película, que siempre agarro empezada. Sus canciones, tan buenas, me motivaron a escribir esto. Las busqué en Internet.

Fue una buena noche después de todo, si pudo acabar con una bella canción. Iré a ver las películas ganadoras del Oscar, solo o acompañado, no importa, lo difícil fue empezar. Pero por si acaso, evitaré la excesiva energía de Risso. Ojalá y hubiera un cine de pueblo cerca. Como el de Cinema Paradisso. O como la filmoteca del Museo de Arte en los 90, cuando perdidos en la inmensa sala que me daba alergía, 10 personas veían desperdigadas, por unos cuantos soles, algún retazo de lo que entonces no sabían, serían sus recuerdos.

martes, 21 de febrero de 2012



48

Como siempre, se aseguró que ella tomara sus pastillas, las dos, la blanca y la roja, bandera peruana para hacer patria en el cerebro imperfecto. Ella no se hacía problemas, abría la boca, mostraba su lengua azul, jugueteaba con las pastillas, se las tragaba sin agua. Él pensaba que ella era condescendiente, le recordaba a Jack Nicholson en “Atrapado sin salida”, burlona. Las pastillas para que me quieras más, para estar sana de toda sanidad, le decía. Normalita.

Habían comprado una película francesa, “Recursos Humanos”. El plan era simple: mirar, comer torta de chocolate y desde allí algunas alternativas: sexo o dormir o leer o hablar. Lo que sea estaba bien. Quizá él prefería dormir. Quizá ella más sexo. Pero hablar en la oscuridad acomodándose siempre quedaba ok.

Ella lo miró fijamente y le dijo, marcando bien cada palabra: lo-mejor-será-no-vernos-nunca-más. Luego dejó de mirarlo. Y repitió muchas veces nunca-más, nunca-más, nunca más. Él intentó bromear: ¿sabes que el nunca más está bastante desprestigiado? Ella fue brutal. Me cago en tu nunca más. Y sonrío, mirándolo con profunda malicia: quiero que desaparezcas para que nunca más vuelva a suceder.

Él se fue esa noche. Regresaron al poco tiempo, fueron juntos al médico, le ajustaron el tratamiento, hablaron mucho. Nunca vieron Recursos humanos. Ella lloró mucho su muerte, lleva un pañuelo blanco en la cabeza. Él aún la recuerda, a veces le escribe mensajes de correo. Ella no lee cartas de extraños.

viernes, 17 de febrero de 2012



47

¿Cómo se coloca de nuevo la columna vertebral en su lugar?

Estos días tan lentos, sin futuro, sin posibilidad de que mejoren, sin poder encontrarle un truco, un “gatillador” de vida, como suelen decir huachafamente los amigos memoriosos, cuando quieren decir activador. Antes funcionaban mejor los trucos pero últimamente fallan, con más frecuencia sólo es chapotear en la nada, la inconsistencia, el dolor flojo, sin precisión.

Cosa de ajustar las pastillas, dice el bestia del doctor. Debería ser. Pero tantos años de ajustes significan lo obvio. Esto es así. No hay más que momentos mejores y peores. Y la edad, eso parece estar jugando su rol. Por eso quizá los trucos tan usados, ya no funcionan. Porque los trucos son para engañarme a mí y ya me los conozco todos y antes no importaba. Pero hoy este desaguarse no se detiene.

Fingiendo vivir, trabajando, conversando. Pero en realidad, imitando a alguien que conversa, que trabaja, que camina. Dormir, dormir es la solución. Pero dormir es caer a un mundo de horror, asfixia y sobresalto. Y sin embargo, es lo único posible, pues seguir despierto así, sin energías, dándole vueltas a las mismas ideas fantasmas, al mismo desaliento, es como dormir de otro modo, un sueño podrido. Pero hasta para dormir hay que tomar decisiones. Y cómo. Cómo si no puedo pensar.

Ni siquiera tener la fuerza para desear morir en serio. Sólo pensarlo, soñarlo, acariciar el borde del fin. No es cobardía. Es simple lógica. Es sólo que hasta para morir hace falta un poco de energía, un último esfuerzo vital. Y no hay cómo. Sería como fingir mi suicidio mientras otro que soy yo, pero vulgar y miserable, se muere sin pena ni gloria, sin sentir a plenitud su propia masacre. Debería dormir.

Caminé, usé ese viejo truco de caminar largo rato escuchando música, viendo aparecer los colores en mi mente como si cada uno representara una nota, como faroles de sonido. Pero caminar ya no está funcionando. Veo a cada momento que en cada esquina puedo morir, esa es la forma más sencilla de decirlo. En cada esquina se puede acabar todo. Y cruzar la esquina no tiene relevancia. Solo significa que todavía no. No hay valor alguno en seguir caminando. No hay real valor en sólo existir.

Quizá el nuevo truco consista en no intentar tanto, en tener menos expectativas de normalidad, cada vez menos. Hoy tuve reuniones, fui a comer con amigos por la noche. El esfuerzo fue frustrante. La antigua sensación de no encontrar un contacto, de que esta especie de derrumbe que me ahoga no pase de un chiste, de que sea etiquetado como un mal hábito, casi de un capricho de niño. Esa sensación de separación, con lo vieja que es, siempre duele.

Pero nada es tan fuerte. Es ese dolor que tengo ahora, etéreo y soñoliento, pero que está allí. Para recordarme que pese a todo, es mejor dormir. Porque lo cierto es que en lo sueños siempre muero. Y eso por lo menos ya es vivir algo.

jueves, 16 de febrero de 2012

GÉNESIS

GÉNESIS

viernes, 10 de febrero de 2012

imagen tomada de acá 


46

La luz cede a las seis de la tarde de hace 20 años.

La segunda lancha está a punto de salir de regreso al Callao. Su cargamento de niños y mujeres apiñado mira hacia la reja que dejan atrás. Se va la visita.

Su padre usa esa tarde una chompa celeste, que luego, cuando murió, le dejó como herencia. También le dejó unos libros que aún conserva. No le dejó nada más. Pero los libros son fuertes, de Editorial Progreso, con tapa dura. Siempre los relee. Sobre todo “Poema pedagógico”.

Avanzan hacia la salida, como tantas veces. Todos cantando. Pero él callado siente la mano de su padre como una rama. Manos que son bordes, que unen, que confunden y mezclan, que parece que nunca se sabe dónde empieza y dónde acaba una persona, por la culpa de las manos.

No se dicen nada al llegar a la reja. No se despiden especialmente. Él niño sale, camina hacia el muelle destartalado de la isla. Su padre lo mira desde el otro lado. Le hace el gesto de chau.

Quedándose es una palabra que vale por todas las batallas sobre memorias que se publican con tanto estilo. Quedándose es una forma pueril de decir lo negativo, la mano, el sueño repetido. Usarla es reconocer la derrota: recordar con palabras gastadas aquello que no se gasta.

Al final, tomar la lancha hace 20 años es como tomarla hoy por la mañana. No lleva lejos.