martes, 21 de febrero de 2012



48

Como siempre, se aseguró que ella tomara sus pastillas, las dos, la blanca y la roja, bandera peruana para hacer patria en el cerebro imperfecto. Ella no se hacía problemas, abría la boca, mostraba su lengua azul, jugueteaba con las pastillas, se las tragaba sin agua. Él pensaba que ella era condescendiente, le recordaba a Jack Nicholson en “Atrapado sin salida”, burlona. Las pastillas para que me quieras más, para estar sana de toda sanidad, le decía. Normalita.

Habían comprado una película francesa, “Recursos Humanos”. El plan era simple: mirar, comer torta de chocolate y desde allí algunas alternativas: sexo o dormir o leer o hablar. Lo que sea estaba bien. Quizá él prefería dormir. Quizá ella más sexo. Pero hablar en la oscuridad acomodándose siempre quedaba ok.

Ella lo miró fijamente y le dijo, marcando bien cada palabra: lo-mejor-será-no-vernos-nunca-más. Luego dejó de mirarlo. Y repitió muchas veces nunca-más, nunca-más, nunca más. Él intentó bromear: ¿sabes que el nunca más está bastante desprestigiado? Ella fue brutal. Me cago en tu nunca más. Y sonrío, mirándolo con profunda malicia: quiero que desaparezcas para que nunca más vuelva a suceder.

Él se fue esa noche. Regresaron al poco tiempo, fueron juntos al médico, le ajustaron el tratamiento, hablaron mucho. Nunca vieron Recursos humanos. Ella lloró mucho su muerte, lleva un pañuelo blanco en la cabeza. Él aún la recuerda, a veces le escribe mensajes de correo. Ella no lee cartas de extraños.

viernes, 17 de febrero de 2012



47

¿Cómo se coloca de nuevo la columna vertebral en su lugar?

Estos días tan lentos, sin futuro, sin posibilidad de que mejoren, sin poder encontrarle un truco, un “gatillador” de vida, como suelen decir huachafamente los amigos memoriosos, cuando quieren decir activador. Antes funcionaban mejor los trucos pero últimamente fallan, con más frecuencia sólo es chapotear en la nada, la inconsistencia, el dolor flojo, sin precisión.

Cosa de ajustar las pastillas, dice el bestia del doctor. Debería ser. Pero tantos años de ajustes significan lo obvio. Esto es así. No hay más que momentos mejores y peores. Y la edad, eso parece estar jugando su rol. Por eso quizá los trucos tan usados, ya no funcionan. Porque los trucos son para engañarme a mí y ya me los conozco todos y antes no importaba. Pero hoy este desaguarse no se detiene.

Fingiendo vivir, trabajando, conversando. Pero en realidad, imitando a alguien que conversa, que trabaja, que camina. Dormir, dormir es la solución. Pero dormir es caer a un mundo de horror, asfixia y sobresalto. Y sin embargo, es lo único posible, pues seguir despierto así, sin energías, dándole vueltas a las mismas ideas fantasmas, al mismo desaliento, es como dormir de otro modo, un sueño podrido. Pero hasta para dormir hay que tomar decisiones. Y cómo. Cómo si no puedo pensar.

Ni siquiera tener la fuerza para desear morir en serio. Sólo pensarlo, soñarlo, acariciar el borde del fin. No es cobardía. Es simple lógica. Es sólo que hasta para morir hace falta un poco de energía, un último esfuerzo vital. Y no hay cómo. Sería como fingir mi suicidio mientras otro que soy yo, pero vulgar y miserable, se muere sin pena ni gloria, sin sentir a plenitud su propia masacre. Debería dormir.

Caminé, usé ese viejo truco de caminar largo rato escuchando música, viendo aparecer los colores en mi mente como si cada uno representara una nota, como faroles de sonido. Pero caminar ya no está funcionando. Veo a cada momento que en cada esquina puedo morir, esa es la forma más sencilla de decirlo. En cada esquina se puede acabar todo. Y cruzar la esquina no tiene relevancia. Solo significa que todavía no. No hay valor alguno en seguir caminando. No hay real valor en sólo existir.

Quizá el nuevo truco consista en no intentar tanto, en tener menos expectativas de normalidad, cada vez menos. Hoy tuve reuniones, fui a comer con amigos por la noche. El esfuerzo fue frustrante. La antigua sensación de no encontrar un contacto, de que esta especie de derrumbe que me ahoga no pase de un chiste, de que sea etiquetado como un mal hábito, casi de un capricho de niño. Esa sensación de separación, con lo vieja que es, siempre duele.

Pero nada es tan fuerte. Es ese dolor que tengo ahora, etéreo y soñoliento, pero que está allí. Para recordarme que pese a todo, es mejor dormir. Porque lo cierto es que en lo sueños siempre muero. Y eso por lo menos ya es vivir algo.

jueves, 16 de febrero de 2012

GÉNESIS

GÉNESIS

viernes, 10 de febrero de 2012

imagen tomada de acá 


46

La luz cede a las seis de la tarde de hace 20 años.

La segunda lancha está a punto de salir de regreso al Callao. Su cargamento de niños y mujeres apiñado mira hacia la reja que dejan atrás. Se va la visita.

Su padre usa esa tarde una chompa celeste, que luego, cuando murió, le dejó como herencia. También le dejó unos libros que aún conserva. No le dejó nada más. Pero los libros son fuertes, de Editorial Progreso, con tapa dura. Siempre los relee. Sobre todo “Poema pedagógico”.

Avanzan hacia la salida, como tantas veces. Todos cantando. Pero él callado siente la mano de su padre como una rama. Manos que son bordes, que unen, que confunden y mezclan, que parece que nunca se sabe dónde empieza y dónde acaba una persona, por la culpa de las manos.

No se dicen nada al llegar a la reja. No se despiden especialmente. Él niño sale, camina hacia el muelle destartalado de la isla. Su padre lo mira desde el otro lado. Le hace el gesto de chau.

Quedándose es una palabra que vale por todas las batallas sobre memorias que se publican con tanto estilo. Quedándose es una forma pueril de decir lo negativo, la mano, el sueño repetido. Usarla es reconocer la derrota: recordar con palabras gastadas aquello que no se gasta.

Al final, tomar la lancha hace 20 años es como tomarla hoy por la mañana. No lleva lejos.