martes, 21 de febrero de 2012



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Como siempre, se aseguró que ella tomara sus pastillas, las dos, la blanca y la roja, bandera peruana para hacer patria en el cerebro imperfecto. Ella no se hacía problemas, abría la boca, mostraba su lengua azul, jugueteaba con las pastillas, se las tragaba sin agua. Él pensaba que ella era condescendiente, le recordaba a Jack Nicholson en “Atrapado sin salida”, burlona. Las pastillas para que me quieras más, para estar sana de toda sanidad, le decía. Normalita.

Habían comprado una película francesa, “Recursos Humanos”. El plan era simple: mirar, comer torta de chocolate y desde allí algunas alternativas: sexo o dormir o leer o hablar. Lo que sea estaba bien. Quizá él prefería dormir. Quizá ella más sexo. Pero hablar en la oscuridad acomodándose siempre quedaba ok.

Ella lo miró fijamente y le dijo, marcando bien cada palabra: lo-mejor-será-no-vernos-nunca-más. Luego dejó de mirarlo. Y repitió muchas veces nunca-más, nunca-más, nunca más. Él intentó bromear: ¿sabes que el nunca más está bastante desprestigiado? Ella fue brutal. Me cago en tu nunca más. Y sonrío, mirándolo con profunda malicia: quiero que desaparezcas para que nunca más vuelva a suceder.

Él se fue esa noche. Regresaron al poco tiempo, fueron juntos al médico, le ajustaron el tratamiento, hablaron mucho. Nunca vieron Recursos humanos. Ella lloró mucho su muerte, lleva un pañuelo blanco en la cabeza. Él aún la recuerda, a veces le escribe mensajes de correo. Ella no lee cartas de extraños.

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