viernes, 10 de febrero de 2012

imagen tomada de acá 


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La luz cede a las seis de la tarde de hace 20 años.

La segunda lancha está a punto de salir de regreso al Callao. Su cargamento de niños y mujeres apiñado mira hacia la reja que dejan atrás. Se va la visita.

Su padre usa esa tarde una chompa celeste, que luego, cuando murió, le dejó como herencia. También le dejó unos libros que aún conserva. No le dejó nada más. Pero los libros son fuertes, de Editorial Progreso, con tapa dura. Siempre los relee. Sobre todo “Poema pedagógico”.

Avanzan hacia la salida, como tantas veces. Todos cantando. Pero él callado siente la mano de su padre como una rama. Manos que son bordes, que unen, que confunden y mezclan, que parece que nunca se sabe dónde empieza y dónde acaba una persona, por la culpa de las manos.

No se dicen nada al llegar a la reja. No se despiden especialmente. Él niño sale, camina hacia el muelle destartalado de la isla. Su padre lo mira desde el otro lado. Le hace el gesto de chau.

Quedándose es una palabra que vale por todas las batallas sobre memorias que se publican con tanto estilo. Quedándose es una forma pueril de decir lo negativo, la mano, el sueño repetido. Usarla es reconocer la derrota: recordar con palabras gastadas aquello que no se gasta.

Al final, tomar la lancha hace 20 años es como tomarla hoy por la mañana. No lleva lejos.

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