martes, 27 de marzo de 2012




53


La memoria es buena porque sana. Pero nadie le pregunta al enfermo de qué quiere curarse. ¿Cómo se cura uno de su propio pasado?

La memoria es buena porque evita que todo se repita. ¿Pero cómo un buen ejemplo impide la tortura? 

La memoria es buena porque sirve a la justicia. ¿La justicia que tarda 30, 50 años para seguir callada, que en el mejor de los casos es una justicia selectiva? A la justicia le iría mejor con menos memoria y más presente.

La memoria sirve a la gente para hacerse visible, para luchar por su inclusión. ¿La memoria como un producto, como un capital, la memoria como una herida que se exhibe?

La memoria cuestiona las verdades oficiales, la memoria reta los discursos hegemónicos. Cada grupo, sobre todo los subalternos, tienen su memoria. Todas valen. Todas las millones de memorias conviviendo en un océano de relativismo. ¿La verdad sólo es un sueño ingenuo pasado de moda?

Las batallas por la memoria, cuántos verdades dejan muertas. Cuántos animales carroñeros alimentan. Gozosos, ejerciendo su tecnología de bondad. O cultivando una versión de arte popular que sí sana, pero a sus cultores.   


miércoles, 21 de marzo de 2012



52

Se despierta a las 4:27 de la mañana. Se asfixia. Busca el vaso de agua en la oscuridad. Permanece sentado a la cabecera de su cama largo rato. El desorden. En su cabeza. ¿Es en su cabeza? Su cabeza, que parece que no tiene un lugar, que está en todos lados. Desorden. Respira hondo. Varias veces. Respira, mal, sin ritmo. Se asfixia torpemente. Su cabeza sin límites. Se atora con el agua. Deja el vaso en la mesa de noche.  

Se sienta en el borde de la cama. No quiere prender la luz de la lámpara. No sabe por qué. Sí sabe por qué. No quiere la verdad de verse sentado a la cama, asustado, patético. En la oscuridad, aún parece que está en el territorio del sueño, todo parece casi falso. La luz trae más desorden. Más. La luz es objetos. Cosas. Ojos.  

Se concentra en respirar. Sabe que no se va a asfixiar, no en serio. Sólo debe calmarse. Se concentra en su cabeza, está entre dos palabras, las dos casi conocidas. Por un momento permanece en ese borde. Pero allí no hay nada, nada, sólo un desorden más denso. Retrocede angustiado. Sabe, sabe, sabe que allí está el quiebre. Sin regreso. En ese borde. Cuando las palabras pierden su significado. Y sólo quedan ruidos en la cabeza. Y es intolerable. Intolerable.   

No quiere regresar a soñar. No quiere soñar nada. Pero debe levantarse a las 8:00am e ir a trabajar. Hace veinte años que hace lo mismo. Se acuesta. Se pone de costado. Se habla a sí mismo, en murmullos, vieja fórmula para recobrar el orden. Costumbre que la exasperaba, que ella sufrió por años con algo de piedad.

Él se pone sus lentes. Se cubre con la manta. Y cierra los ojos. La patita rota de carey marrón le lastima la oreja, pero se deja los lentes puestos. Para verla llegar en el sueño, porque con los años, ya casi no ve nada de lejos.

Ella lo sabía calmar. Acariciaba su nuca. Lo miraba dormir. Y él sabía que ella lo miraba dormir. Y eso era un orden. Ella ocupaba su lugar de la cama, muy quieta. Su olor decía estoy acá y tu estas durmiendo.

Él entre sobresaltos, abraza un lugar vacío.



viernes, 16 de marzo de 2012



51

¿Entonces somos del PPC? ¿Somos de Bedoya? Mi padre me sonrió. Ven, me dijo, y me levantó según su costumbre, lanzándome hasta el techo y capturándome en el aire. No me gustaba que hiciera eso, pero como sabía que él pensaba que me encantaba, lo dejaba hacer.

Me sentó en su cama. Allí, muy serio, pero didáctico, me dio mi primera clase de política. Me explicó la diferencia entre los partidos. Me explicó la izquierda y la derecha. Me explicó la justicia y la injusticia. Me explicó la pobreza y que no era normal. Que tenía causas y que se podían modificar. Me puso muchos ejemplos.

Fue una clase afectiva, porque mi joven padre me contó su izquierda con cariño y pasión. Porque me explicó por qué era nuestra obligación compartir con los que menos tenían y defender a los más débiles. También me explicó por qué debíamos ser amables y cariñosos con los amigos que llegaban a la casa. Porque ellos a veces no tenían que comer ni dónde dormir, y que no era porque fueran unos vagos –como decía mi tío-, sino porque estaban luchando por los pobres. El pueblo nos necesita ¿comprendes? “El pueblo - unido - jamás será vencido”, canturreó, mostrando todos los dientes. Y me enseñó a levantar el brazo. Así, ¿vez?

Recuerdo que entonces, a los 5 años y medio, me parecía que a nosotros nos faltaban muchas cosas y que no teníamos mucho que compartir. Pero le creí. Le creí todo lo que me dijo. Me dio un golpecito en el hombro y me mandó a dormir. Me regaló un volante y un chicle. Me advirtió que no me lo fuera a tragar.

Partí el chicle por la mitad y le alcancé una parte a mi hermano menor, que ya estaba medio dormido, con su moco eterno en la nariz. Antes de apagar la luz le di una última miradita al volante, de letras negras (no, no eran rojas, estoy seguro de eso).

Pensé que cualquiera se podía confundir entre PPC y PCP, sólo con cambiar el orden de las letras. “Mañana le diré a mi papá que su partido debe cambiar de nombre”. Me sorprendía que algo tan simple, no lo hubieran resuelto hace tiempo. Quise llamarlo en ese momento y decirle mi idea, pero mis ojos se cerraban. Lo llegué a llamar un par de veces. Pero ya estaba soñando. Y no vino.

domingo, 4 de marzo de 2012



50

La envidia cómo mueve mi mundo. Desde que escuché cantar a Salgueiro no vivo en paz (decir esto es en realidad exagerado, pero es mejor decirlo así para no perder el tiempo buscando las palabras exactas). Lo cierto es que intento mejorar mi técnica. Primero lo hice llevando clases, luego, sin mucho tiempo y plata para invertir, practicando de modo artesanal en el hogar. Algo debo haber mejorado, pues mis hermanos se quejan menos de mis ensayos. Pero no soy tan tonto. Sé que jamás cantaré así. No es sólo practicar, es talento. No por mucho practicar con ecuaciones descubres la teoría de la relatividad. 


Pero como la envidia es poderosa y creativa, ha buscado modos de desplazar mi frustración. Debo cantar como Salgueiro o aproximarme a ese nivel, al hacer cosas al alcance de mis fuerzas. Últimamente me concentro mucho en caminar. Caminar bien, con estilo, derecho, sin empujar a nadie, fluyendo por las veredas como una nota fluye del diafragma a los labios del luso. Quise hacer lo mismo con el respirar. Pero es más difícil. Mientras más me concentro en respirar peor me sale. Y me asfixio. Más de lo que ya es común que me asfixie desde mi niñez.

Pero no importa, no todo tiene que salir bien. Como proyecto tengo lo de saludar. Ya lo estoy planificando. Dentro de un tiempo, seré un gran saludador, con todos los registros del saludo social y comercial dominados. Por ahora debo caminar, perfeccionarme, hasta que mis cien pasos hasta la panadería sean una analogía modesta del magnífico falsete del final de “Lagrima”.

Y quizá un día alguien muy sensible, un alter ego improbable, comente al verme pasar con mi bolsa de plaza vea: ése pata cuando camina canta un bello fado.


jueves, 1 de marzo de 2012



49


Esta noche me fui al cine solo. No es que no lo haya hecho muchas veces antes, pero sobre todo ha sido en cine clubes. No fue bueno mi malo, fue algo raro. Quizá el error fue ir al festivo cine de citas del Centro Comercial Risso. Pero sobre todo, comprar canchita y coca cola. Si compras el combo dos, entonces sí, parece que está pasando algo a medias. La canchita está pensada para compartir.

La cajera ya había empezado mal. “¿Una entrada?”, remarcó algo desconcertada. Pero no hice caso. Subí, hice cola, compré, me senté en un buen lugar, miré, me conmoví, como siempre intenté recordar el nombre de las canciones que me gustaron, por fin, salí.

La avenida Arenales a media noche. Hice un gran esfuerzo de voluntad para superar mi timidez y regalarle la canchita que casi no comí a una señora que pedía dinero en la acera. Regresé a casa, saqué a mi perra, la vi correr por el parque. Volví a casa. Vi como entrevistaban en la tele a un viejo amigo al que frecuento ahora poco y sentí orgullo. Lo extrañé. Le escribí un mensaje felicitándolo. Me llamó. No contesté porque vencer dos veces la timidez en tan poco tiempo ya era demasiado. Y más aún por el teléfono. Ese instrumento temible.

Luego prendí la tele y vi el final de otra película, que siempre agarro empezada. Sus canciones, tan buenas, me motivaron a escribir esto. Las busqué en Internet.

Fue una buena noche después de todo, si pudo acabar con una bella canción. Iré a ver las películas ganadoras del Oscar, solo o acompañado, no importa, lo difícil fue empezar. Pero por si acaso, evitaré la excesiva energía de Risso. Ojalá y hubiera un cine de pueblo cerca. Como el de Cinema Paradisso. O como la filmoteca del Museo de Arte en los 90, cuando perdidos en la inmensa sala que me daba alergía, 10 personas veían desperdigadas, por unos cuantos soles, algún retazo de lo que entonces no sabían, serían sus recuerdos.