viernes, 27 de abril de 2012

tomado de acá


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Hay personas que están de paso. Exploran las heridas de la guerra, curiosas, sensibles, asombradas. Entusiastas, ingresan a la vida de la gente, a sus secretos, sus vergüenzas, sus temores, movilizan también, sus esperanzas.

Con su energía, más la ventaja táctica de su distancia de los hechos, su relativa frontera emocional y sus recursos, por un momento apoyan causas complejas. Como estas que ha dejado la guerra en el Perú. Muchas de las contribuciones más interesantes sobre la violencia política han sido obra de peruanistas, por ejemplo.   

Tienen motivos personales muy diversos. Compromiso social, activismo, necesidad académica, trabajo en la cooperación, cuentas que saldar con su pasado, moda intelectual, esnobismo, turismo miseria (su variante el turismo-trauma), o varias cosas mezcladas.

Obviamente, la inmensa mayoría se va. Cumplen su función, terminan su trabajo, sus tesis, sus proyectos o simplemente, desean un cambio en sus vidas. Quizá vayan a algún lugar donde se los necesite más.

Acompañan un trecho. Muchos con gran suceso. Algunos (tengo en la mente a varios) cumplen roles muy significativos. Otros, los menos (pero los más), siempre vuelven. Establecen una relación más profunda con la gente y la comunidad que los acoge como amigos y aliados.

Pero la mayoría simplemente se va. Los que nos quedamos agradecemos el esfuerzo realizado. Nadie espera que se queden a vivir en el  Perú si Europa está allí a la mano.

Pero habiendo conocido ya a muchos de estos amigos, debo confesarles a ellos, que con los años, cada vez más me deja su contacto una sensación amarga. Con cada nuevo europeo o gringo que llega, las ganas de hablar se van haciendo menores.

Es que no sólo se es compañero de ruta, se es también objeto de estudio. Por más participativa que sea la cosa. Porque es un pacto y todos ganamos con esta relación, pero se desgasta el lenguaje al narrar los mismos hechos. Y se desgastan los hechos, al convertirse por momentos, sólo en lenguaje.

Siempre se puede volver a decir lo mismo, repetir. También se pueden decir cosas nuevas, reflexionar, pensar más hondo. Pero eso no genera placer, no necesariamente trae satisfacción. A veces no trae nada.  

El pasado y el presente no son cosas diferentes. Son movimientos de la experiencia. No se puede hacer memoria eternamente si por esto se entiende seleccionar olvidos y recuerdos de barbarie para construir una narrativa, como si la memoria fuera algo anterior al cuerpo, al pensamiento, a la práctica, a las relaciones sociales. Una especie de materia prima cultural que está allí antes que nosotros, para moldearla. Esto es una ingenuidad.   

La memoria no es sólo recuerdos, no es sólo el capital simbólico de los oprimidos. Es una actividad tensa que junto a otros elementos, de los cuales depende, ayuda a poner en juego nuestra identidad. Un elemento de un discurso mayor, que nos hace ser-frente-a-otros en un sistema de jerarquías, prestigios y poder. Y remitir este discurso permanentemente a hechos trágicos (e impunes), nos hace ser frente a los otros, entes vulnerables, sujetos débiles.

Quince años después de mi primer amigo cooperante, siento que he vivido una larga y tácita entrevista. No me arrepiento de haber sido utilizado de ese modo. Debe haber servido de algo, por lo menos un poquito. Y es en realidad inevitable pues la relación casi siempre se estableció desde el inicio en esos términos: tú tienes una vida o unas ideas que transmitir - a mí me interesa elaborarlas= el resultado deberá beneficiar a los que han sido tratados injustamente. Aunque sea de modo indirecto.

Pero quizá si esperaba que en algún momento esta entrevista acabara. Que se diluyera en una conversación donde se pudiera dejar de sentir el uso detrás. Dejar de ser la fuente. Pero será para más adelante. Porque por lo menos por ahora, la entrevista no parece que vaya a terminar.

Así sean los costos y las apuestas. Y claro, nada de andar gimiendo. Pero por qué no, de vez en cuando, alivia escribir un par de cosas que se sienten como verdades. Y ya.    


sábado, 14 de abril de 2012



54

Ese olor no es el suyo. En su momento estelar, ya no huele a ella. Y ella olía con tanta nitidez.

Las flores, los letreros, el café, los saludos. Ella odiaría este momento. Pero acá está, sometida a la familia. A un rito postizo de gente que la quiso mal.

Apenas murió anoche y ya parece una muerta abandonada, como si le hubiera tocado una muerte muy vieja, gastada.

A mi lado alguien dice su nombre. Es extraño porque hablan de ella como si fuera algo remoto, una cosa ajena. Una enfermedad.

Quisiera irme pero la convención me detiene. Así que desde un rincón observo el teatro colectivo, espontáneamente ciego, que no ve sus heridas, su nariz aplastada, sus dedos rotos. Murió de muerte. Nada más. Las manchas de sangre adecuadamente ocultas por el secreto, los chistes de velorio y muchas blondas celestes.

Ella se seca como una momia inexperta.

Creo que estoy loco. Pero lo sé, sé, que por inercia, su cuerpo aún repite el sueño de ayer. Cuando perdida y agotada por la tortura, soñaba morir. Y no lo tolero. Quiero que pare.

Quiero que todos se vayan. Que nos dejen solos. Quisiera tener el valor y gritar: lárguense, no finjan, ahora están por fin tranquilos, se murió la muerta, la maldita, la terruca, la perra, por fin se acabó el miedo. Largo. No tienen que esperar a ver si revive.

Pero no hago nada. Sólo la miro soñar ese eco.

Como un bobo, como un cobarde, cierro los ojos para ver si por algún arte mágico la encuentro en la oscuridad, para ver si ayuda cantarle sobre una laguna paraguaya, o jurar que seré lo que ella quería que fuese.

Pero no hay magia, no hay más que ruido en esta habitación y este calor y estas manos que me golpean la espalda. Es absurdo, lo sé, lo sé, pero igual, siento, siento, y con los ojos cerrados avanzo hacia la salida. Esquivo pésames y brazos y sudor. Y la busco.

Pero no la encuentro. Aún no. Para que descansemos. Para que nunca más vuelva a soñar ese sueño ni ninguno. Para que por una vez se comporte como cualquier persona normal. Y ella solamente se pudra. En paz.