martes, 1 de mayo de 2012



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Desarraigados. La diáspora de los objetos no nos parece algo extraño. Nos dejan sin ruido, sin drama. Desnudos, aprendemos a morir como animales.   

Se van los lentes, la ropa, los libros. Se va la función del nombre y los recuerdos. Se va el sabor, el sueño, la canción más querida. Sin zapatos nos acomodan en filas. Caen sobre nosotros piedras y trozos de pared. Pronto nos abandonan los piojos, lentamente el aire, la saliva, la sangre y por último, ese secreto que nos hacía sentir que éramos especiales.    

Al fondo se escucha el mar. También se va alejando ese fondo. Más fuerte que su rumor es cada minúsculo roce de piel, la carne que se rasca, los líquidos del cuerpo, escurriendo, cosas que antes no sonaban y que en este nuevo conjunto, tienen su melodía.

¿Será buena la muerte que hace renacer las formas antiguas, con sus bordes que son los mismos para afuera y para adentro, con sus bordes blandos que más que empujar abrazan?

¿Será buena la muerte de las cosas extraviadas, sus cadáveres sin luz pegados a los ojos, sus ángulos llenos de sangre y la materia tragada por el deseo de despertar cubiertos de colores y de piel?

Los objetos, cada uno tan repetido y roto.

Y no saber a estas alturas si uno es un objeto o todavía. 


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