viernes, 29 de junio de 2012




57

Todo el viaje se la pasó saltando, haciendo malabarismos en un borde de la lancha, desafiando a la gravedad y al poderoso balanceo. Otros niños lo veían, algunos se animaban a imitarlo un ratito y luego se asustaban. Reían.

Algunos adultos le pedían que se bajara, que tuviese cuidado. Otros sólo lo miraban desde las bancas de madera, qué pensarían, nosotros acá a punto de vomitar por el mareo, con este limón pegado a la ñata, y este chibolo bailando a mitad del océano.

Al llegar al muelle de la isla siempre era de los que saltaban sin miedo, de los primeros, sin esperar que nadie lo ayudara desde el otro lado, que nadie le tendiera la mano. Él esperaba atento ese momento en que la lancha empujada por una ola bajaba, se pegaba y luego subía raspando borde contra borde, llanta contra llanta, haciendo crujir las maderas del muelle viejísimo y verde, como si quisiera moverlo más allá. Tumbarlo.

La lancha contra el muelle, por unos segundos, poniéndose a nivel para que los pasajeros brincasen. Y se completara el viaje: del Callao a la isla. De la ciudad a los parientes. De la libertad a la prisión.   

Las viejecitas y las mujeres y niños pusilánimes necesitaban que casi las cargasen desde la lancha hacia el muellecito. En el tablado se veían y resplandecían las sonrisas de los presos que ayudaban a descargar los baldes, bidones de agua, costales con alimentos y bultos en general. La visita no era cualquier cosa. No era sólo gente.

Esa mañana algo falló. Él con soltura esperó un buen momento, se inclinó cuando la lancha estuvo cerca y zaz, de pronto había perdido, estaba inútilmente metido entre muelle y lancha, su pierna derecha apretada por las llantas negras que protegen los costados de ambas estructuras.

Alguien desde el muelle lo cogió en el aire, lo levantó, lo sacó antes de que cayera al agua. Su pierna estaba hecha una desgracia. Lloraba. Más de vergüenza que de dolor. Hacía solo un momento era el rey bailarín de los siete mares. El intrépido. Ahora los otros niños lo miraban asustados, bien paraditos en el embarcadero, ya a punto de entrar en filita hacia los pabellones a buscar a sus padres, hermanos, tíos. Y él, torpe, tendido en las maderas, viendo discutir a los presos con los republicanos sobre a quién correspondía atender al herido, o si debía regresar de inmediato al Callao o qué. Qué hacer con este niño bobo.        

Regresó al Callao luego de muchos años, esperando sentir algo, pero no. Nada de sentir. Ningún recuerdo aflorando.

Las lanchas llegan, rodean el faro (que no ha cambiado nada en veinte años), se acomodan, se pegan llanta contra llanta al embarcadero de piedra, meciéndose, crujiendo un poco. Los ocupantes dan una saltito y ya están seguros, y avanzan por el estrecho pasadizo que los sacará hacia esta plaza, de piso rojo y ladrillos limpiecitos.

Hacía mucho frío en el Callao. Tomó unas fotos. Se acercó a la puerta de ingreso para el embarque. Sabe qué es lo que debe recordar: la fila junto a sus hermanos, no separarse, pedirle a alguna mujer mayor que los hiciera pasar como “sus hijos”, cargar algún paquete para parecer aún más de su familia. Avanzar rápido por ese pasadizo de paredes sucias, saltar hacia la lancha que se mueve, acomodarse en algún borde para mirar las otras lanchas, la espuma, el agua. Y avanzar hacia la isla.      

Lo recuerda porque a eso ha ido, pero no ocurre aquello que se llama comúnmente revivir, rememorar. Así fue esa tarde, seca de pasado aunque el lugar era el correcto. Y se fue. Luego vio las fotos en casa. Malas. Como siempre que tomaba fotos, sin destreza. Vio en una de ellas, al fondo, casi invisible por la neblina, un barco enorme.

Esa noche soñó otra noche de regreso al muelle, la oscuridad apretando junto al frío, como una sola sustancia, la lancha buscando el rumbo, sus hermanos pegados a él, cada persona buscando un punto de luz que pudiera ser la del faro, la guía. Miedo en todos, incluido el capitán. Llevaban extraviados tanto tiempo.

De pronto, surgiendo de la nada, colosal, un barco, con sus cadenas poderosas, sus chorros blancos de agua cayendo desde orificios como bocas, su superficie cien veces más grande que la endeble lancha de pescadores sin peces, de gente callada y tensa. Y sus números, enormes, tan grandes como casas, negros, altos, poderosos. Un monstruo alumbrando el océano por un momento.

Y la lancha huyendo. Buscando el faro, el muelle, la ciudad, el Callao, la vida.
Buscando la salida del mar.