miércoles, 1 de agosto de 2012

 


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Se encontraron en la plaza y acompañaron la protesta por un rato. Ambos tenían gripe. Ella más. “Me muero, ahora mismo, seré mártir de la democracia”. Le dolía la cabeza. Como la lucha contra la impunidad no se iba a resolver esa noche, huyeron. 

Comieron salchipapas, luego caminaron, luego se despidieron. Ella regresaba a su país al día siguiente y cuándo se volverían a ver no estaba claro. Quizá nunca más, decía él. Llorón decía ella. ¿No conoces el Skype? 

Todo fue sencillo comiendo salchipapas. Un tema recurrente tras otro. Tal vez porque venían de la protesta, estuvieron métele y métele contra el arte memorioso. Él relajado, con sus clásicos en fin, los chicos hacen lo que pueden. Ella con sus me tienen hasta acá con su arte malaaaazo (se le había pegado malazo). ¿Por qué nadie les dice nada? Así son ustedes los limeñitos pues, no dicen las cosas, son tibios nomás, mollejas, moléculas, ¿cómo era? ¿Será malaguas? Eso, malaguas. Y tú siempre “chicos, chicos”, si son unos viejazos que se montan sobre las víctimas para verse más bonitos, más piolas... O sea ahora yo tengo la culpa por decir que son chicos. Es que tú eres el principal malaguo, ¡el malaguo flaco! 

La salchipapa se acaba lento. Más lento aún si se grita en vez de comer. ¿Oye, ahora ya se te quitó la gripe? No, ¿por qué ah? Si así hubieras gritado en la plaza tomábamos el Palacio. Ah verdad, espera: me duele la cabeza, me muero ay, ¿ahora ya puedo seguir? Sí, pero ¿y si mejor hablamos de Batman 3? No, la voy a ver llegando a Europa en pantalla más grande que todo tu palacio. Ah, yo acá nomás en Risso porque soy del tercer mundo. Puta que eres un subalterno de mierda, me jodes, no me dejas hablar. Puedes hablar, eres hegemónica y blanca y tienes una pantalla de cine del tamaño de Ayacucho, justamente esa es la gracia de ser desarrollada. 

Salieron hacia su departamento. En el camino siguió entusiasmada, con su voz cada vez más parecida a la del Pato Donald, asfixiándose entre frase y frase. Es que ese artesito cómodo, con cara de buena gente, me jodeeee (se le había pegado jode). Es como si hubieran sacado todos el DNI de la superioridad espiritual, puta mare, y te lo pusieran en el marco de cada cuadro. ¿Como una Marca Perú? Sí pes, como una Marca Perú pero no del ceviche sino de lo justo. 

Renegando y riendo llegaron hasta la puerta marrón de siempre. Nada especial había sucedido, sólo la misma conversación de ayer y de anteayer, retomada y recosida. Sólo quedaba decir chau. Y eso se hizo.

Bueno, ya nos vemos. Sí, ya nos vemos. Él empezó a cruzar la calle, para coger el micro que regresa por toda la Arequipa - Bolívar - Católica - San Marcos. Ella se detuvo en el umbral de la puerta. Le gritó ¿Viste el video de Pina? ¿Cuál? El que te regalé. No. Te lo di hace tiempo. Aún no lo vi. 

Lo miró un rato, indecisa. Tosió. Miró hacia la calle. Volvió a toser, buscó aclararse la voz. Pero le salió apenas un murmullo seco, de asmática: cuando yo salte, quiero cerrar los ojos y no estar segura, pero creer que alguien me cogerá, creer, pero no estar segura... ¿me entiendes? 

Él, ya cruzando a prisa la pista húmeda le grita. Lo veré y te cuento, ¿está bien? ¡Está bien! Le grita ella como puede. Y le agarra un ataque de tos. Y entra. Y se acabó. 

El escribe en su blog una tarde “Hay muchos tipos de despedidas, pero quitando las que son de vida o muerte, o las que son contra la voluntad, o como parte de un abuso, en general están sobrevaloradas. Son casi un subgénero menor de las tragedias”. Pero le parece una frase hueca, puro rollo. Y la borra. 

El video de Pina lo había visto hacía meses, a cada rato. Pero había decidió no pensar en ello.