miércoles, 10 de octubre de 2012

Un lenguaje sin compasión



59

Sentí por primera vez esto cuando en el lugar donde trabajaba entonces, se ganó un caso muy importante para el país ante el sistema interamericano. La conversación con el líder de los familiares no amainaba. No quería valorar lo obtenido. Quería destruir a todos, a los que antes lo humillaron en la comisión de indultos, a los que le negaron apoyo desde las ONG, a los que lo estigmatizaron. Pero sobre todo me alejó de él su deseo insaciable de desenmascarar a otras víctimas del caso porque sospechaba de ellas como posibles informantes de los agentes estatales, o como oportunistas. Su justicia me parecía extremista. Una justicia sin piedad. Porque me parecía que era innecesario, que esas personas habían sido superadas por fuerzas sobre las que no tenían control. Y ya estaban sufriendo mucho, largos años, y que también eran víctimas como él. Y que si fueran ciertas sus sospechas, su calvario estaba agravado por la culpa, por la secuela de la traición. Que no toda la justicia es penal.   

He sentido otra veces lo mismo, en diferentes momentos, ante la actitud tan beligerante de amigos y compañeros de ruta, frente a los rivales políticos. A veces los he visto ganados por un impulso por la confrontación abierta, por un arrebato que marca una línea en la arena que divide a los justos de los demonios. Visiones maniqueas del Estado y sus funcionarios donde a estos sólo se los puede observar como portadores de la trampa. Y donde a veces pareciera que lo que se desea es que todo termine en desgracia y muertos, para confirmar las hipótesis de un estado represor.

Sobre todo me llama a pesar el trato dedicado a los policías, como bultos a los cuales está bien patear, insultar, denigrar; tombos listos para ser usados como propaganda, comic, o ingenioso arte de protesta urbana. He trabajado un poco con policías en mi vida y sé que no son santos. Pero sí sé que saben tener miedo y sí quisieran –los que conocí- que no se los coloque siempre como carne de cañón para herir y ser heridos. Pero a lo que me refiero es a que no importa cómo son en la vida real los “tombos”. Lo importante es que son útiles para consolidar rótulos, para construir enemigos inhumanos.

Es cierto que los políticos y líderes fujimoristas o del Movadef no son sólo rivales políticos, sino que pueden ser más precisamente enemigos de la democracia, y por ello se justifica un tratamiento más duro y una vigilancia más atenta y fuerte. Pero incluso acá, cabe conocer más, hacer un esfuerzo serio y honesto por comprender, y no sólo por patologizar y menospreciar a quienes o participan de estas opciones o a quienes por muy diferentes razones, las apoyan o por lo menos, no las rechazan de plano. A quienes por ejemplo, no son estos líderes. Y no son pocos.  

Quizá les pase a otros. No lo sé. Pero eslóganes como “No olvidamos, no perdonamos”. Esos rótulos tan seguros de sí, de lo que es lo correcto, nunca me han gustado, no me motivan. Tampoco otros como “El olvido está lleno de memoria”, por su vacío ingenuo, su apelación a la simple idea de que el pasado nos cura o que la memoria tiene muchos atributos. U otros eslóganes, heredados de décadas pasadas como “la sangre del pueblo jamás será olvidada”.

Jamás será olvidada. Tanta sangre. Viviendo a nuestro lado. Recuperada retóricamente en cada caminata por Lima. Invocando ¿qué? ¿Que nuestra comunidad se construye sobre un charco de sangre y que nosotros flotamos sobre ella?

No es que no esté de acuerdo en que no será olvidada. Cómo se olvidan en un par de generaciones (o más, como nos enseñan Europa o China o Corea), decenas de miles de crímenes. Ya hemos visto que no se olvidan. ¿Pero que eso sea cierto quiere decir que se transforme automáticamente en nuestro programa? No lo sé.

Y sobre eso, sobre tanta basura y sangre, ¿cómo hacen para flotar sobre ella tantos amigos demócratas? Desde qué lugar limpio piden no olvidar, no perdonar, no reconciliar.

¿Cómo hago yo por ejemplo, para no especular sobre otros con más méritos? Acompaño las actividades convocadas por los familiares, porque sé que tienen razón, porque ante la impunidad pedir justicia es elemental. Pero me entristece el mensaje que compartimos. El de fondo. El que no se refiere al justo reclamo por el agravio y la justa persecución y sanción de los culpables. Me desconcierta el mensaje que tiene que ver con nuestra cultura política, tan feroz. Y por eso acompaño callado.

¿Hay algo así como un exceso de justicia? ¿Es como amar mucho pero al revés? Esa rabia con que se busca la justicia sin ninguna consideración, es algo que me aleja de mis amigos estos días. Una especie de lujuria de justicia, que hace que esta pierda su potencial de re-hacer, de recrear. Y se concentra en su poder para reprobar, sancionar, prohibir, reprimir. No lo sé.  

Las mofas y el escarnio hacia la salud de Fujimori, las bromas sobre su cáncer, sobre su cuerpo, el escrutinio de su intimidad, su lengua con heridas convertida en burla, en slogan y en comics, la humillación de su familia, me apenan.

Es obvio que los fujimoris no son dignos de crédito, que todo su cuadro médico puede ser armado. Es una tradición de este grupo recurrir a la mentira sistemática. Su grupo político y sus aliados en los medios de comunicación se comportan con cinismo y sin escrúpulos. Es válido e imperioso resistir su acometida. 

Pinochet y su comedia, su burla tan hiriente al regresar de Londres a Santiago está fresca en el recuerdo de muchos. Fujimori no debería ser indultado sino lo merece de acuerdo a nuestras normas. No debería tener un trato diferente al de otros peruanos en situación similar, que se consumen en las horribles cárceles que a diario administra el Ministerio de Justicia. Si cabe, todos deberían recibir la misma cuidadosa evaluación. Ese no es mi punto.

Es sólo una duda personal : no quisiera construir mi militancia en los derechos humanos bajo imágenes de crueldad o ligereza. No me reconforta la desgracia de nadie, ni de un culpable atroz. No me motiva salir a  marchar exigiendo que alguien permanezca preso si está enfermo. Me cuesta compartir la satisfacción de los que están tan seguros de su superioridad moral.

Sé, la justicia no se compra en la esquina. Y hay que cuidarla, más en un país donde hay tan poca. Alberto Fujimori, debes pagar tus culpas, y ese lugar es la prisión. ¿Pero nosotros debemos pagar sus culpas también, haciendo de nuestro derecho, una carga, un lenguaje sin compasión?



1 comentario:

  1. Muy lúcido artículo, la compasión es la marca fundamental de la justicia

    ResponderEliminar