| tomado de acá |
55
Hay personas que están de paso. Exploran las heridas de la
guerra, curiosas, sensibles, asombradas. Entusiastas, ingresan a la vida de la
gente, a sus secretos, sus vergüenzas, sus temores, movilizan también, sus esperanzas.
Con su energía, más la ventaja táctica de su distancia de los
hechos, su relativa frontera emocional y sus recursos, por un momento apoyan
causas complejas. Como estas que ha dejado la guerra en el Perú. Muchas de las contribuciones
más interesantes sobre la violencia política han sido obra de peruanistas, por
ejemplo.
Tienen motivos personales muy diversos. Compromiso social, activismo,
necesidad académica, trabajo en la cooperación, cuentas que saldar con su
pasado, moda intelectual, esnobismo, turismo miseria (su variante el turismo-trauma),
o varias cosas mezcladas.
Obviamente, la inmensa mayoría se va. Cumplen su función,
terminan su trabajo, sus tesis, sus proyectos o simplemente, desean un cambio
en sus vidas. Quizá vayan a algún lugar donde se los necesite más.
Acompañan un trecho. Muchos con gran suceso. Algunos (tengo
en la mente a varios) cumplen roles muy significativos. Otros, los menos (pero
los más), siempre vuelven. Establecen una relación más profunda con la gente y
la comunidad que los acoge como amigos y aliados.
Pero la mayoría simplemente se va. Los que nos quedamos
agradecemos el esfuerzo realizado. Nadie espera que se queden a vivir en
el Perú si Europa está allí a la mano.
Pero habiendo conocido ya a muchos de estos amigos, debo
confesarles a ellos, que con los años, cada vez más me deja su contacto una
sensación amarga. Con cada nuevo europeo o gringo que llega, las ganas de
hablar se van haciendo menores.
Es que no sólo se es compañero de ruta, se es también objeto
de estudio. Por más participativa que sea la cosa. Porque es un pacto y todos
ganamos con esta relación, pero se desgasta el lenguaje al narrar los mismos
hechos. Y se desgastan los hechos, al convertirse por momentos, sólo en
lenguaje.
Siempre se puede volver a decir lo mismo, repetir. También
se pueden decir cosas nuevas, reflexionar, pensar más hondo. Pero eso no genera
placer, no necesariamente trae satisfacción. A veces no trae nada.
El pasado y el presente no son cosas diferentes. Son movimientos
de la experiencia. No se puede hacer memoria eternamente si por esto se entiende
seleccionar olvidos y recuerdos de barbarie para construir una narrativa, como
si la memoria fuera algo anterior al cuerpo, al pensamiento, a la práctica, a
las relaciones sociales. Una especie de materia prima cultural que está allí antes
que nosotros, para moldearla. Esto es una ingenuidad.
La memoria no es sólo recuerdos, no es sólo el capital
simbólico de los oprimidos. Es una actividad tensa que junto a otros elementos,
de los cuales depende, ayuda a poner en juego nuestra identidad. Un elemento de
un discurso mayor, que nos hace ser-frente-a-otros en un sistema de
jerarquías, prestigios y poder. Y remitir este discurso permanentemente a
hechos trágicos (e impunes), nos hace ser frente a los otros, entes vulnerables,
sujetos débiles.
Quince años después de mi primer amigo cooperante, siento
que he vivido una larga y tácita entrevista. No me arrepiento de haber sido utilizado
de ese modo. Debe haber servido de algo, por lo menos un poquito. Y es en realidad
inevitable pues la relación casi siempre se estableció desde el inicio en esos
términos: tú tienes una vida o unas ideas que transmitir - a mí me interesa
elaborarlas= el resultado deberá beneficiar a los que han sido tratados
injustamente. Aunque sea de modo indirecto.
Pero quizá si esperaba que en algún momento esta entrevista
acabara. Que se diluyera en una conversación donde se pudiera dejar de sentir
el uso detrás. Dejar de ser la fuente. Pero será para más adelante. Porque por
lo menos por ahora, la entrevista no parece que vaya a terminar.
Así sean los costos y las apuestas. Y claro, nada de andar gimiendo.
Pero por qué no, de vez en cuando, alivia escribir un par de cosas que se
sienten como verdades. Y ya.