martes, 15 de enero de 2013

La casa que te dejaron los padres


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Mi hermano está limpiando nuestro cuarto de Villa María. La última vez que nos fuimos de allí fue en 1998, hace quince años. 

Algunas veces, sobre todo en temporadas difíciles, he renegado de ese cuarto umbroso, única herencia que nos dejaron nuestros padres. Es un sitio abandonado, en un lugar remoto, que ni se puede vender. Una herencia inútil porque tampoco viviré allí nunca más. 

Mis padres tan hábiles, tan vitales. Ellos y sus ideas de justicia, su deseo de igualdad y solidaridad urgente, con todo su carisma y sus muchas cualidades de gente de nuevo tipo. Y no poder dejarnos nada más que este cuartucho. Su idea de solidaridad no llegaba hasta ayudarnos a nosotros, sus hijos. Su horizonte de lo que se puede sacrificar, sí. 

Es imposible no pensar así a veces. Es imposible no ceder a la tentación cómoda de echarles la culpa de cada desgracia o fracaso que la vida me fue arrimando. A veces, sobre todo en días así, de limpieza de un cuarto, se hace difícil quererlos. Es como recuperar a un moribundo. Exige que curemos el cuerpo con delicadeza, con silencio, con paciencia. Y que olvidemos. Que olvidemos mucho. 

No sé si llamarle casa al cuartito porque sobre todo funcionó como un refugio, un lugar seguro al que regresamos cada vez que una emergencia nos obligó a huir. Ahora parece tan ingenuo todo. Pero hace un par de décadas escondernos allí, al pie de las lomas de Atocongo, nos creaba la sensación de que estábamos más allá de cualquier peligro, fuera del mapa de Lima, fuera de alcance. 

Mis padres levantaron ese cuarto cuando eran jóvenes, casi jugando. Nunca pensaron vivir allí. Igual que yo ahora. Su casa estaba en algún lugar del futuro, en una utopía romántica que sabían que no llegarían a ver, pero que esperaban nos tocara disfrutarla, y a sus nietos y a los nietos de todos. Pienso que mi hermano va a demorar mucho limpiando ese cuarto. Corriendo hacia la playa, mirando el mar, hace tiempo que supe que la casa que me dejaron mis padres, la muy maldita, no me abandonaría jamás. Porque es la casa que me habita.